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ANECDOTAS

PUNTO DE CONVERGENCIA

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Algo sobre la Plaza San Martín

 

Por: “El Cochero del Virrey”

 

 

 

En diciembre pasado, apurado por la nostalgia  y aprovechando que mis mágicos caballos se hallaban descansados como para atravesar varios almanaques, en esos viajes a través del tiempo a los que me tienen acostumbrado, partí hacia el siglo XIX.

 

A pesar de mi edad, las sacudidas  de tan agitados viajes, más que molestias me producen un entusiasmo pueril maravilloso. Eso sí, me acompaña siempre el temor de aparecer en el lugar menos indicado, como en la ocasión que surgí de repente en la Plaza Mayor, minutos antes de que se diera inicio a una corrida de toros obligándome a desaparecer en el acto luego de ajochar a mis desesperados y voladores caballos salvándome de ser el plato central de una chicharronada organizada por la Santa Inquisición.

 

En esta ocasión arribe en la calle Iturrizaga y gracias a Dios no venia en ese momento ningún tren que apurara mi andar, ya que por aquella calle hoy cerrada  al trafico de vehículos y que hasta hace algunos años era destinada al comercio de libros y cassettes, era como  todas las otras calles que forman parte del jirón Quilca, ruta del ferrocarril ingles Lima-Callao. Me tope con algunas carretas que trasladan chala, y dos o tres jinetes con  hermosas monturas. Casi al doblar la esquina, una limeña acompañada de su robusta y morena servidora, atravesó la calle sosteniendo su coqueto manto con una mano blanca y regordeta, alzando con la otra  la aspaventosa falda para descubrir un piececito arqueado, pequeño, femenino, excitante; levanta la vista y me sonríe con desparpajo de picara inocencia acelerando mi añoso y sin embargo, travieso corazón. El movimiento es el de un día de labor, y  ahora solo queda,  comenzar a vivir.

 

El hambre aprieta y el lugar donde aparecí no puede ser más oportuno, ya que les confesaré que desde mi llegada con Pizarro hace más de cuatrocientos años, época en que aún no ejercía mi profesión de cochero, sino de marino, no he tomado desayuno más sabrosos que los preparados donde el gringo Drago. Enrumbo hacia la esquina y volteando a la izquierda hacia la plazuela de San Juan de Dios, diviso  el familiar y polvoriento cartel de letras verdes y  fondo blanco  Café “8 de Setiembre” situado en la esquina de San Cristóbal del, tren y  la calle Boza (7ma. cuadra del jirón de la Unión) en sus afueras hay estacionados varios coches de colegas, a la  espera de los pasajeros que llegan con  frecuencia del Callao. Entro como a mi casa, ya que el “8 de setiembre” es como el club de los transportistas de la época, su clientela se compone de una gran cantidad de cocheros, maquinistas, empleados del tren, además de los pasajeros que van y vienen del Callao. Carlitos Drago me saluda con su marcado acento italiano alzando el brazo por encima de la  pecera de pececillos multicolores ubicada sobre el mostrador, la cual es su orgullo por  ser novedad para la época.

 

El rum rum de la conversación no se interrumpe a pesar  del traqueteo de los coches que se retiran o llegan al café y el ruido altisonante de las torna mesas de la estación que giran para cambiar la dirección del viaje de las locomotoras. Todo un escenario para atacar el hambre con chicharrones de Lima, tamales, un picante de lo que sea que Drago los prepara mejor que nadie, buñuelos, frutas de sartén chorreando almíbar y  oliendo a canela y clavo, mezclándose con el aroma del humeante café y el lejano perfume de jazmines, azahares y madres selvas que se cuela de las cercanas huertas limeñas. Olor a Lima.

 

Un refrán de la época, veraz por cierto, dice,”barriga llena corazón contento”.  

 

Acompañe mis alimentos con el “guarapo”, que es la caña fermentada, bebida tan limeña como que de ella deriva el mote de “guarapero” para referirse a los borrachitos de “chingana” que posteriormente existieron y como bajativo tome mi  piscacho.

 

Algo picadito, me adormite arañando con mis tacos el gastado piso de ladrillos. A través de las rejas de los ventanales del café que daban a la lateral de la Estación San Juan de Dios, observaba a los caballos y mulas, que parecían reflexionar sobre la política nacional. Parece mentira que mañana mas tarde, el cuadro que observaba, sería la congestionada Plaza San Martín. Los terrenos donde hoy se encuentra la plaza, pertenecieron al hospital de San Diego, fundado el 11 de noviembre de 1601; gracias a la donación de Don Cristóbal Sánchez de Bilbao y su esposa Doña María Esquivel, en el que fueron hospedados los religiosos de la orden de San Juan de Dios en 1607, quedando al correr de los años como administradores del nosocomio hasta la promulgación del Decreto Supremo del 17 de enero de 1850, firmado por don Manuel Bartolomé Ferreyros de la Mata, Ministro de Relaciones Exteriores, Justicia y Asuntos Eclesiásticos, el que entregaba el terreno a la Beneficencia para que lo empleara del modo que más conviniera al bien público, siendo su destino el de convertirse en la Estación San Juan de Dios, construcción que se inició el mismo año, inaugurándose con el primer viaje del ferrocarril inglés, el 17 de mayo de 1851.

 

El tren ingresa a la estación, viniendo por la calle Iturrizaga, atravieza la calle San Juan de Dios y cruza el portón que abre él guardavía don Manuel Gálvez, colocando delante de los rieles el disco rojo, anunciando que el tren va a entrar o salir. Don Manuel es un personaje interesante ya que su trabajo consiste en estar sentado esperando los movimientos del tren, dándose tiempo para enterarse de la vida y milagros de los vecinos como también de hechos históricos; presenció por ejemplo la muerte de uno de los hermanos Gutiérrez, Silvestre (en el año 1872) que fue perseguido por la turba y asesinado cuando intentaba huir al Callao. La muerte de Silvestre provoca la ira de su hermano Marcelino que ordenó en represalia la ejecución del coronel Balta, Presidente de la República. Este hecho desemboca en los asesinatos del propio Marcelino y de sus hermanos Marceliano y Tomás.

 

Ya tendremos oportunidad de conversar con el guardavía Gálvez y que éste nos cuente de las tantas cosas que ha visto. Pero volvamos a la descripción que veníamos realizando, el perímetro exterior de la estación se conforma por la calle Faltriquera del Diablo que en una moderada diagonal atravieza lo que hoy es la Plaza San Martín en su Extremo Sur. Esta calle desembocaba en la desaparecida plazuela de la Micheo, en el extremo norte la calle San Cristóbal llamada con el añadido... del tren, para diferenciarla de su homónima de los Barrios Altos (7ma. Cuadra del jirón Paruro), se posa casi sobre la totalidad de la superficie de los actuales portales. En el lado este, en la calle de La Encarnación (8va. cuadra del jirón Carabaya), donde se ubica el cine Metro se encontraba el antiguo convento de La Encarnación y la estación del mismo nombre. La Av. Nicolás de Piérola, aún no existía. Y en el frente del lado oeste, las Plazoletas de La Micheo y la de San Juan de Dios, unidas por la calle del mismo nombre.

 

En el año de 1906 el estado firma un contrato de permuta con la compañía de ferrocarriles de Lima, con el objeto de darle a los terrenos un uso acorde con la política de modernización de la ciudad y es luego de muchos proyectos abortados, que el presidente Leguia inaugura por fin la Plaza San Martín el 27 de julio   de 1921, como parte del programa de celebraciones del primer centenario de nuestra independencia. Al centro de la Plaza se encuentra el monumento al Generalísimo Don José de San Martín, obra escultórica del maestro español, don Mariano Benliure, el cual muestra una belleza y arrogancia tan natural, que hacen de ella sin duda una de las mejores esculturas de la ciudad.

 

La plaza fue diseñada con exquisito gusto, la diferencia de niveles en sus cuatro lados le dan una característica especial. El ya fallecido abogado Carlos Enrique Ferreyros Urmeneta, me comentó alguna vez que la ubicación de las torna mesas de la estación, fueron  motivo de la inspiración de los diseñadores y causa de los felices desniveles.

 

Comentaremos que el “Hotel Bolívar”, que se encuentra enclavado y  aun arrogante en la plaza, tenía destinado el nombre de “Hotel Ayacucho”, en homenaje a la batalla de la independencia, pero algún enterado comentó a Don Augusto B. Leguía, que Ayacucho significaba "Rincón de los muertos", y ese nombre para un hotel no era el apropiado. Leguía (según Ernesto Ascher) contestó de inmediato que frente a San Martín sólo podía haber un Bolívar, se llamará pues Hotel Bolívar, y así fue.

 

Extendernos en la historia del Hotel Bolívar es interesante, pero no es el tema; sin embargo, diremos que fue inaugurado en el centenario de la Batalla de Ayacucho en 1924 y que los primeros años de funcionamiento, los hizo con sólo cuatro pisos y  no con seis como hoy en día, ya que estos últimos se construyeron posteriormente.

 

La plaza San Martín es indiscutiblemente uno de los lugares más característicos de nuestra ciudad, es merito de  la gestión municipal del Doctor Alberto Andrade Carmona su remodelación, pero no nos esperancemos que las autoridades sean las que velen por su mantenimiento. Copiemos las cosas útiles de otros pueblos y conformemos una asociación que se encargue del mantenimiento y conservación de la plaza, al estilo de “Los amigos de la calle Corrientes” que existe casualmente en la tierra de don José.

 

 

Juan Carlos Arroyo Ferreyros

Jcaf18@hotmail.com

     
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