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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

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ISAAC GOLDEMBERG

Escritor - Poeta

 
 

La noche que me acosté con el Diablo

 

I was round when Jesus Christ

Had his moment of doubt and pain

Made damn sure that Pilate

Washed his hands and sealed his fate

Pleased to meet you

Hope you guess my name

But what’s puzzling you

Is the nature of my game

The Rolling Stones

 

 

Mi nombre es Pablo y estudio literatura en la Universidad George Washington del Distrito de Columbia. Mis padres se mudaron de Argentina a Estados Unidos por sus trabajos en el Banco Interamericano de Desarrollo y al final terminamos quedándonos todos aquí. Mi nombre es Pablo y jamás he creído en el diablo, siempre me burlé de su ridícula caricatura, la de un de un hombre viejo con cuernos y un trinche. Nunca creí en el diablo hasta que uno se apoderó de mi alma y  de mi cuerpo.

 

¿Tenía razón Baudelaire cuando dijo que el mejor truco del diablo es hacernos creer que no existe? El diablo ―y ahora lo sé muy bien― tiene muchas caras: puede ser un niño abandonado  por su madre alcohólica y que un día se convertirá en Charles Manson, un criminal enfermo; o un pintor frustrado de baja estatura, un genocida y maestro de la manipulación que algún día la humanidad conocerá como Adolfo Hitler. ¿Es cierto que los artistas más talentosos y los líderes más crueles de la historia estaban poseídos por fuerzas extrañas? ¿Quién o qué inspira a los genios y perversos? ¿En qué pensaba Rimbaud cuando escribió Una Temporada en el Infierno? ¿Cómo Nietzsche se atrevió a decir que “Dios ha muerto” y aún hoy es considerado un gran filósofo?

 

¿Por qué fui elegido? ¿Por qué si no soy brillante ni tampoco perverso? No podría matar una araña sin sentir remordimiento. ¿Por qué ella me escogió? Sí, el diablo no es un hombre viejo con cuernos y un trinche, por el contrario, tiene una apariencia sutilmente femenina. La conocí en una noche de  tragos en un bar de Washington DC cerca de la Columbia Road. La noche en que me acosté con el diablo ella no vino a tentarme o pedirme que le invite de tomar un Bloody Mary. No, la noche que la conocí sentí un deseo irrefrenable de acercarme a ella. Esa noche mi mejor amigo, Pedro, me advirtió entre otras cosas: “Esa ramera sólo te traerá problemas, amigo. Es la más bella monstruosidad que jamás he tenido y vive dentro de mí. Es mi delirio”. Pese a advertírmelo yo no desistí en mi intento, y finalmente Pedro ―entre cervezas ―me dijo que ambos podíamos tenerla y eso me sorprendió. Inicialmente dudé pero la oferta era tentadora. “Ambos podemos compartirla pero eso sí, tendrás que pagar su precio”, me dijo Pedro con una sonrisa de hielo. Esa noche la quería para mí a toda costa y la tuve luego de beberme varias cervezas y whiskies. La noche que me acosté con el diablo sus caricias fueron interminables, el metálico aroma de su amor y sus besos asesinos fueron míos. Cada dólar pagado valió la pena. Sin embargo ahora advierto que ella es como una punzada en el corazón y tiene un frío aliento siberiano similar a una bala cuando hace un orificio en la carne dejando a su paso una estela de muerte.

 

Fui débil con ella y me resigné. Fui una oveja, un convertido y luego un fanático; la adoré al punto que no me hubiese importado que ella me matara ¿Por qué la elegí? ¿Quizás porque parecía elegante y distinguida? ¿Tal vez porque Pedro decía que ella lo hacía delirar y quise sentir igual? ¿O tal vez  porque gente de clase media y yuppies como yo debemos darnos esos lujos en bares exclusivos? A veces creo que mi obsesión surgió cuando Pedro me dijo que ella lo hacía sentir como un rey, un dios y un esclavo al mismo tiempo. Pide y se te concederá. Pedí mi parte y me fue dado. La noche que me acosté con el diablo, ella estaba frente a mí dominándome y sólo después que ella supo que podría poseerme en cualquier momento entonces copulamos. Probé cada parte de su figura: exótica, tóxica, afilada, brillosa, y su piel de extremadamente blanca palidez. Sí, mi amigo tenía razón, yo también me sentí como un dios, como un rey, pero con una corona dolorosa: un Cristo excéntrico con espinas metálicas sobre la cabeza y dentro de ella. Después experimenté la cruz pesada de la esclavitud.

 

Cuando me marché a casa aún seguía poseído por ella. Apenas pude subir al quinto piso del departamento que pagan mis padres no sin antes caerme en las escaleras un par de veces. Tras intentos vanos finalmente pude abrir la puerta. Fui directo a mi habitación y entré a tientas. Prendí un cigarro y su tibia luz iluminó la habitación en la que un poster de Black Sabbath era lo único que estaba en su sitio. Mis libros y mi ropa arrinconada en el suelo amenazaban con echar raíces. En la oscuridad mis ojos divisaron un libro de tapa dura que tenía brillantes letras doradas; me acerqué para ver el título utilizando el cigarrillo como linterna y confirmé lo que pensaba: era “El Túnel” de Sábato, aquel túnel oscuro y solitario de Castel.

 

(El personaje) era ahora de alguna manera mío también. Abrí la ventana de mi habitación y me encontré gritando “¡Soy Dios! ¡Maldita ramera! ¡Soy Dios! ¡Gracias ramera, por convertirme en Dios!”. Entonces caminé hacia mi cama y  caí desplomado perdiendo el sentido.

 

Desperté casi al medio día, la cabeza me pesaba. Intentaba en vano ordenar mis ideas pero nada tenía sentido. Sabía que probablemente miles ―se me ocurría que hasta millones― habían copulado con ella, sabía lo peligroso de estar sometido a su voluntad pero pensé que podría manejar la situación. Además el placer puro de tenerla era mayor a cualquier miedo. Con el transcurrir de los días aunque seguía cautivado concluí que ella no sólo estaba tomando mi cuerpo sino también mi alma y cada aliento mío. Me sentía agotado pero igual quería estar a su lado. En vano traté una vez de alejarme de ella, su ausencia no me permitía dormir, ni comer, levantarme de la cama, ni siquiera bañarme. Falté a  clases casi dos semanas.

 

Después de la medianoche y durante muchos días miraba las luces de neón del barrio chino desde mi departamento. Sentía que esas luces me miraban y oía voces que  hablaban conmigo, recriminándome: Hola, nosotros no somos clasemedieros excéntricos, por eso estamos trabajando toda la noche. Estaba aterrado; pensaba que las personas que trabajaban en el barrio chino estaban haciendo algo más que trabajar. ¿Sólo eso hacían? ¿No estarían planeando quitarme todo lo que era mío? ¿No estarían confabulando para destruirme mientras intentaba dormir? Quizás alguien estaba conspirando para matarme. Esas noches me sentí tan sólo bailando una danza de paranoia, que el sentimiento incierto de no valer nada me destruía, y apenas  encontraba consuelo caminando por el centro de la ciudad, como un perro perdido esperando que al final de cada esquina pudiese encontrar a mi amo, simplemente con oler sus ropas u oliendo el pavimento buscando su rastro; pero mi amo ―la entidad demoníaca que me poseía― estaba inubicable. Cuántas veces creí ver que se acercaba pero era mi imaginación. Estaba sólo y era difícil aceptar que no podría verla de nuevo si no tenía dinero. “Tendrás que pagar su precio.” Las palabras de Pedro vinieron a mi mente.

 

Me sentía como una moneda sucia en el pavimento rogando que alguien me recogiera, era un títere de carne y hueso, su títere y no lo soportaba más. “Me mataré,” me decía a veces pero sabía que nunca me pegaría un tiro en la cabeza o me cortaría la garganta. “Seamos honestos,” me dije “No puedo ver sangre”. Convencido de que era un zombi, una persona sin voluntad, huí de casa asustado de mí mismo y de mis pensamientos. ¿Quién me está diciendo que me mate? ¿Quién me está diciendo que acabe con todo esto de una vez? Es ella. Tiene que ser ella.

 

Cuando abandoné mi departamento puse quinientos dólares en la mesa para cubrir la renta y apenas traje una Biblia conmigo. Le faltaban páginas que había usado para fumar mariguana pero al fin y al cabo todavía parecía una Biblia y olía como tal.

 

Han pasado dos semanas desde que escapé y me escondí. Aún estoy atónito porque especulé que el diablo no me dejaría ir jamás pero no sucedió así. Ella nunca vino por mí. Todo este tiempo fui yo el que estuvo detrás de ella. Aún creo escuchar su voz en la noche diciendo “Mátate. Hazlo por mí”. “¿No me quieres más dentro tuyo?” Todavía peleo con esas voces  y me enfrento pero no lo hago sólo. Conocí otras personas que también fueron poseídos por el mismo diablo. Ella los engañó astutamente igual que a mí pero usó una apariencia y un nombre diferente;  el diablo ―y  ahora lo sé muy bien ― tiene muchas caras y muchos nombres. Algunas personas le llaman Belcebú, Satán o Lucifer. Hasta Eric Clapton le compuso una canción y la llamó simplemente cocaína. Yo ―ahora que no quiero recordarla― sólo le digo “diablo”.

     
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