Llegó a su máximo
esplendor durante el reinado del Inka Wiraqocha,
quien gobernó el Cusco como un rey bondadoso, manso
y querido por sus súbditos. Su decadencia se inicia
cuando el Inka Wiraqocha huye cobardemente,
abandonando el Cusco ante la invasión militar del
poderoso Estado Chanka, comandado por un ambicioso
rey llamado Uscovilca, y se refugia en esta
ciudadela convertida desde entonces en su residencia
permanente.
Kusi, uno de los
hijos menores de Wiraqocha, sin oír los consejos de
su padre, quien le pedía someterse humildemente a
los Chankas, hace frente al ejército invasor y lo
derrota en sendas y sangrientas batallas. Desde ese
momento Kusi Yupanki, asume virtualmente el poder,
crea su propio ejército y el Consejo Real de
Wiraqocha se somete a él.
El lugar en el que
Wiraqocha se refugió ante el ataque Chanka fue
denominado como “El mirador de la tristeza” (Llaki
qawana). En la actualidad los cuzqueños lo denominan
“Lugar desde donde se mira el rayo”
(Kaqya qawana).
Luego del triunfo, el
joven Kusi ofreció con humildad el botín de guerra a
su padre Wiraqocha, quien con desprecio respondió
que su hijo y sucesor Urko, un ebrio empedernido y
depravado sexual, debía recibir dicho botín. Kusi
Yupanqui, ofendido por el desplante de su padre,
vociferó con indignación:
“...que
él no había ganado victoria para que se lo pisasen
semejantes mujeres como eran Ynga Urco y los demás
sus hermanos..."
(Juan de Betanzos)
Resentido por el
desplante que su padre le había hecho, Kusi volvió
al Cusco para consolidar su poder y dedicarse a la
reconstrucción y embellecimiento de la ciudad. Pero
también planificó en secreto la muerte de su
principal rival: su hermano Urko. Hecho que se llevó
a cabo poco tiempo después.
Wiraqocha fuertemente
conmovido y triste por el asesinato de Urko, su más
querido hijo; decidió quedarse para siempre en su
ciudadela y no ver más a su joven y victorioso hijo
Kusi Yupanki, a quien odiaba en lo más profundo de
su ser.
Solamente una hábil
estrategia de su Consejo Real, hizo salir a
Wiraqocha de su refugio para visitar el Cusco: Le
dijeron que su hijo Kusi lo “invitaba” para que
observase personalmente la transformación que había
realizado en su principal ciudad.
Una vez en el Cusco,
Wiraqocha aun sorprendido por la victoria de su hijo
ante los Chankas, resignado ya por la muerte de su
hijo preferido y sucesor Urko y admirado por el
poder alcanzado por su despreciado hijo, al ver la
gran transformación de la ciudad del Cusco, nombró a
su hijo Kusi: con el apelativo PACHAKUTEQ (“El
transformador del mundo”).
Sin embargo, Kusi no
quiso esperar más tiempo para convertirse en rey y
rápidamente arrancó la borla de la cabeza de su
padre y se la colocó él mismo, haciéndose reconocer
desde ese momento como rey absoluto, adoptando el
apelativo que su padre le había dado: PACHAKUTEQ.
Humilló vilmente a su
padre, haciéndolo arrodillarse frente a él y pedirle
perdón por sus desplantes. Seguidamente lo castigó
ordenándole beber gran cantidad de chicha inmunda.
Finalmente lo desterró a vivir hasta su muerte en su
“centro de esparcimiento”, ahora convertido en su
morada de tristeza y desamparo.
El Inka Pachakuteq,
de esa manera hacía conocer su auténtica
personalidad de rey déspota, cruel y vengativo.
Luego de haber
padecido diez años de soledad y humillación, el rey
Wiraqocha falleció. Su hijo Pachakuteq ordenó, en
desprecio a su padre, el total despoblamiento y
abandono de la ciudadela llamada Llaki qawana (Que
hoy conocemos como Machupicchu).
Así se inició el
deterioro de las hermosas edificaciones de
Machupiqchu, siendo paulatinamente cubiertas por una
densa vegetación. Sólo quedarían en la memoria de
algunos de sus pobladores, quienes fueron
transmitiendo sigilosamente su existencia, sólo
a su descendientes, como una lejana y triste
realidad.
El año 1900, un
campesino local llamado Agustín Lizárraga, se
atrevió a visitar las ruinas, quedando profundamente
impresionado por la grandiosidad de sus
edificaciones. Pero no se atrevió a revelar su
descubrimiento durante diez años, por temor a ser
considerado loco o ser castigado por develar un
secreto de Estado.
Finalmente, el año
1911, el explorador norteamericano Hiram Bingham,
profesor de la Universidad de Yale, fue informado
por el campesino Lizárraga de la existencia de la
ciudadela Inka, perdida en un cerro llamado
Machupicchu y guiado hasta dicho lugar. Su sorpresa
fue inmensa e inmediatamente se adjudicó el
descubrimiento y lo comunicó orgullosamente a su
sede.
Seguidamente se
apropió de gran cantidad de los tesoros que halló
(más de 5000 piezas), los cuales envió y/o se llevó
a los EE. UU.
Hoy las autoridades
peruanas están tratando de recuperar ese valioso
patrimonio histórico del Perú.
Del
autor:
Julio Valdivia Carrasco, nació en Ayacucho - Perú,
el año de 1941. Estudió filosofía en la Universidad
Nacional de San Cristóbal de Huamanga - Ayacucho.
Ejerció la docencia universitaria en varias
universidades del Perú, entre ellas la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos. Fue uno de los
fundadores de la Facultad de Ciencias Histórico -
Sociales y Educación de la Universidad Nacional
Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque, donde ejerció el
Decanato de dicha Facultad.
Retirado
ya de la docencia, en la actualidad prosigue sus
investigaciones en el campo de la filosofía, las
ciencias sociales y la historia.
Sus
obras:
• “Pachakuteq:
Historia Secreta de un Inka Rey” (Editado)
• “Gramática esencial
del idioma quechua” (Editado)
• “Los reyes inkas
del Perú” (Sin editar).
Contacto:
jvc400@hotmail.com