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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

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ISAAC GOLDEMBERG

Escritor - Poeta

 
 

Drama de los Niños trabajadores del Perú

 

Francisco Cabrera

 

Es difícil caminar por las calles de Lima, no sólo el tráfico, o el miedo a que te arranchen el celular; es difícil no ver niños pequeños, entre 2 y 12 años, vendiendo caramelos pasados, pegados por el sol a su envoltura, a menos de 10 céntimos (1 penny), tratando de limpiar las lunas de los autos en lo que cambia la luz del semáforo, mirando un auto donde dentro están un papá, una mamá y en el asiento de atrás dos niños de su edad, que juegan y se ríen rumbo al colegio. En este encuentro nadie tiene tiempo para la vergüenza, los niños del auto no la conocen, los niños de la calle no se la pueden permitir. Son las 11 de la mañana y es complicado no preguntarte por qué no están en el colegio, ¿pero sabes qué es más difícil?s

 

Salir de una fiesta rumbo a tu casa de madrugada y ver, otra vez, a estos niños de las mismas edades, ya no vendiendo caramelos o cantando en las calles, sino pidiendo dinero en las esquinas, solos. Puedes verlos caminando y jugando con ramas, cartones y demás porquerías que hacen de juguetes. A veces alguien mayor los supervisa de lejos, otras no. A veces están contentos, con ojeras, pero contentos, otras drogados.

 

El uso de terokal (pegamento industrial y doméstico, mortalmente tóxico) es un común denominador entre los niños de Lima. Les das dinero, un sol; si estás muy emocionado 5 soles, aunque sabes que lo más seguro es que se lo den al hombre grande que los vigila y explota, que les pega si no consiguen una cantidad decente. Muchas veces el castigo es quedarse a dormir en la calle. Sabes también que es muy probable que se droguen con ese dinero, ¿pero qué haces?, ¿llevar comida en el auto para estos encuentros? Sí, sería una opción, pero no habría mucha diferencia.

 

¿Causas que originan el problema? Pobreza, desocupación, falta o mala calidad de la educación o lejanía de la escuela con respecto al hogar del niño, desconocimiento de sus derechos y de las leyes, etcétera, etcétera, etcétera. Para entender este problema social debemos aclarar los siguientes conceptos: mendicidad, trabajo infantil y explotación infantil.

 

Mendicidad se refiere a los niños que piden limosna. Trabajo infantil, según Giangi Ichibotto, es cualquier actividad de un menor de edad que contribuye a la satisfacción de las necesidades materiales. Mientras que en la explotación infantil  se violan los derechos humanos básicos de un niño, incluyendo el derecho a la educación, derecho a no ser explotado y abusado, y el derecho a ser excluido de trabajos que son dañinos para su desarrollo físico, mental, espiritual y moral.

 

Aquí no se habla de niños que laboran algunas horas para ganar dinero para sus propios gastos, o que trabajan como aprendices o que ayudan a sus familias. Hablamos de niños que laboran de forma regular en fábricas, en pequeños negocios, en construcción, en minas y en agricultura; llegando, incluso, a estar  involucrados en actividades marginales. Existe, además, una cantidad importante de niños trabajadores que pasan inadvertidos, como los que se dedican a labores domésticas sin ser remunerados. Un terrible panorama, en el que dejo de lado la explotación sexual, ya que merecería un análisis aparte.

 

Hace unos años haciendo un trabajo para la Universidad entrevisté a uno de los principales representantes del MANTHOC (Movimiento de Adolescentes y Niños  Trabajadores Hijos de Obreros Cristianos). Un niño de 12 años que parecía haber estudiado más que yo (me encontraba en uno de los últimos años de Derecho). No sólo parecía un hombre mayor que yo, tenía un discurso coherente, usaba palabras rebuscadas, su mirada era seria y precisa, sus movimientos eran los de un político, me hablaba de lo orgulloso que estaba de ser un niño trabajador, reclamando, además, que el Estado Peruano no le daba facilidades para trabajar. Este era su punto de vista, no el de todos los niños del MANTHOC. Aunque no dejaba de tener razón, pues el trabajo infantil es muy difícil de abolir, sería más simple regularlo.

 

Mientras el niño seguía con su discurso, recordé las palabras de una psicóloga que había entrevistado semanas atrás. “Un niño que trabaja desde tan pequeño se salta una etapa de su desarrollo, es decir crece incompleto, guarda en su memoria el recuerdo de no haber sido cuidado como es debido”. Eso era pensé, no estoy frente a un niño, estoy frente a un adulto con cuerpo de niño ¿era esto posible?

 

Para entonces, sentía que era yo quien estaba siendo entrevistado por el niño. Hasta que decidí hacer una prueba. Le pregunte al niño de doce años que hablaba como de 40 lo siguiente: ¿Qué piensas de los niños que tienen tu edad y no tienen que trabajar, solo tienen que ir al colegio y jugar cuando quieran? En ese momento se quedó callado tratando de resolver la interrogante como si fuera un político ante una complicada pregunta sobre sus intimidades. No hubo espacio para el discurso, no le salían las palabras, y por un instante pude ver su verdadera mirada o la que había perdido. Vi a un niño de doce años que ha sido víctima de la sociedad, de la pobreza y el descuido, un niño asustado que al no saber qué hacer ni qué decir. Era sólo un chiquillo que, sin discursos aprendidos para consolar su dolor, era como cualquier otro niño.

 

Luego de un momento, con cierto resentimiento me dijo: “bueno, estos niños, no sé cómo llamarlos ¿afortunados?, yo me considero afortunado también porque sé muchas cosas, estos niños no saben lo que es ganar cosas con su propio esfuerzo, no saben ser responsables, no saben nada, que será de ellos cuando crezcan”. ¿Qué le podía decir a un niño ante tal respuesta? Esos niños seguro tendrán, injustamente, más oportunidades que tú en la vida y lo más probable es que se desarrollen más que tú. No, no le podía decir eso. Quizás podía decirle  que dada sus condiciones de líder y de orador debía esforzarse más en estudiar, debían invertir en él para hacerlo un gran líder, cosa que sabemos no iba a pasar, o finalmente podía abrazarlo para que llore (me dí cuenta que estaba a punto de hacerlo) sólo un abrazo lo hubiese quebrado, pero no.

 

Es difícil comprometerse con algo tan grande, porque si te pones a pensar en la real dimensión del problema, la próxima vez que veas a un niño, no le darás un sol o cinco soles, te bajarás del auto y le darás tu saco y tu dinero y no será suficiente. Tendrías que revisarlo a ver si no está golpeado, tendrías que ver si no tiene marcas de correas en la espalda , tendrías que llevarlo al hospital, tendrías que llevarlo a su casa conocer a sus papás, hablar con ellos, conseguirle trabajo, conseguirle psicólogo, matricularlo en el colegio, darle comida, afecto, nunca terminarías.

 

Tendrías que hacerte cargo del problema y hacerte cargo es algo muy trabajoso, así que me quedé quieto, volví a hablar de la parte legal y antes de irme le pregunté: Entonces, ¿prefieres trabajar o no? “Prefiero trabajar” me dijo, con enorme orgullo. “Ok, (le dije) ahora despídete mirando a la cámara”:

 

“Mi nombre es Manuel Calderón, tengo 12 años y estoy orgulloso de ser un niño trabajador” (esto acompañado de una sonrisa de niño).

 

Finalmente, para mí, hablar de trabajo infantil es igual que hablar de explotación infantil, puede haber diferencias legales, de conceptos, pero moralmente ningún niño debería trabajar. No sé si me fui de ese lugar mejor o peor, solo sé que me fui distinto.

 

Más de dos millones de niños trabajadores en el Perú:

 

- Lavaderos de oro

- Ladrilleras

- Picapedreros

- Camales

- Construcción

- Metalurgia

- Procesamiento de Hoja de coca

- Pirotecnia

- Basura

- Minería

- Agricultura

- Servicio Doméstico

- Trabajo Callejero

     
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