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Un Velorio Lúdico
Por: “El Cochero del Virrey”
De los juegos de prendas que se acostumbraba en el Perú hasta mediados del siglo pasado, hay uno que me relatara un viejo amigo y compañero de trabajo, y que me llamó mucho la atención por sus características pero sobre todo por la circunstancia en que se practicaba. Este pasatiempo se jugaba en los asientos mineros de Cerro de Pasco, sólo en ocasión de los velatorios.
Los desconsolados parientes y vecinos empezaban a llegar a la casa del difunto, llevando todos sin excepción algo para pasar la noche; una botella de caña, un kilo de coca con cal, una botella de café, galletas, etc. El ataúd era proporcionado usualmente por la empresa minera, donde trabajaba algún miembro de la familia, y si por alguna situación esto no ocurría, la comunidad se encargaba de su compra, aliviando de esta responsabilidad a los deudos.
A las siete u ocho de la noche, el pueblo íntegro se encontraba reunido con el "finadito, y es entonces cuando se daba inicio a la singular distracción. Se procedía a realizar una liberal elección de voto directo, en la que se elegía al alcalde del velorio, cargo, que a pesar de lo democrático del asunto, recaía siempre en una persona mayor que casi siempre era la misma.
Las primeras acciones del flamante alcalde, consistían en nombrar a tres o cuatro gendarmes que lo auxiliaban en su misión. De inmediato, encargaba a uno de ellos realizar un inventario de lo donado. Luego el alcalde se dirigía a los apesadumbrados asistentes exponiendo las reglas: Nadie debe dormirse en el velatorio, ni hablar en voz alta, ni decir palabra soez que esto es falta muy grave. Es obligatorio solicitar la autorización del alcalde para retirarse de la sala, cuantas veces fuere necesario, ya sea para ir al baño o cualquier actividad que hubiere de realizarse. No debe olvidarse el saludo cortés en cada entrada al ambiente y la despedida en cada salida.
En alguna circunstancia, por ejemplo, alguien tenia la desgracia de olvidar descubrirse la cabeza al ingresar y esta falta era castigada con dureza, es decir, llegaba el momento en que los castigos se daban hasta por "quítame estas pajas".
El alcalde, después de la información de las reglas procedía a separar hombres de mujeres, detalle interesante de este juego en el que se manifestaba la competencia de los sexos que frente a frente vigilaban atentos cualquier quebranto o violación de los preceptos establecidos, por parte del grupo opositor, complementando la labor de los gendarmes que eran los oficialmente encargados del descubrimiento de las faltas de cualquiera de los bandos.
Cuando todos estaban ubicados, el difunto en su ataúd al centro, las mujeres en un frente los hombres en el contrario y los gendarmes estratégicamente distribuidos en la sala, se aproximaba al alcalde el gendarme encargado del inventario, que sentado en lugar preferencial ordenaba la lectura de la lista de donaciones: El señor tal donó un kilo de coca y una bolsa de cal, la señora fulana trajo un kilo de arroz, el señor mengano entrega dos kilos de azúcar, el señor zutano vino con dos botellas de caña, la señora perencejo aportó una fuente de cancha y un kilo de queso y así hasta finalizar con la lectura que tenía por objetivo evidenciar a los que más llevaron ya sea por cariño a la familia, por el temor de ser tildados de amarretes o simplemente por palanganas; los que poco llevaron aguardaban a reivindicar su honor con el próximo muerto.
Las denuncias producían las protestas o disculpas de los acusados, que tenían el derecho de ejercitar su defensa o delegar la misma a un "abogado", el que era usualmente elegido entre los parlanchines, o mejor hablados del campamento. Pasada la media noche y entre tragos de caña y el chacchar de la coca con cal y ceniza, era servido el yacuchupe, padre del chupe criollo, que es una sopa acompañaba con salsa de huacatay, queso y ají, colación que se paladeaba sin interrumpir el juego, que por el contrario se enriquecía con nuevas circunstancias que denunciar. En el transcurrir del tiempo la parodia de acusaciones y litigios convertían la reunión en un entretenido pasatiempo; eso sí, dentro de las pautas de una extravagante formalidad.
Los castigos tenían el cometido de cubrir faltantes en las provisiones destinadas a la ocasión o simplemente incrementar la despensa de los deudos que para eso se informaba al alcalde de las carencias que se iban produciendo en el suceder de las atenciones: "... don Fortunato es castigado a traer cuatro paquetes de galletas de soda, por la falta de haber bostezado delante del difunto... don Hilario se traerá una botella de caña, para recuperar su sombrero, que ha sido prendado por quedarse dormido..."
La partida al cementerio se realizaba en un ambiente de total embriaguez, la que no impedía un cortejo ordenado dentro de los cánones establecidos por la tradición. Los más "chatos" adelante y los "grandazos" atrás, el alcalde, cuyo mandato no concluía hasta horas después de haber enterrado al "finadito", verificaba que los afligidos acompañantes estuvieran dispuestos para el recorrido que comprendía de tres o cuatro kilómetros que los separaba del cementerio y además debidamente pertrechados de nuevas donaciones.
En la entrada del campo santo, una comisión se encargaba de recibir los donativos y de entregar a cada doliente su ración de coca y cal.
A la salida del entierro, cada uno de los asistentes debía de arrojar su bola de coca y recibir a cambio su jarro de caña con cerveza. El no tener la bola, lo hacia acreedor al infractor de un doble jarro. Este último trago era bebido con cierto apresuramiento, para luego tomar asiento en unos "poltrones", es decir piedras grandes situadas a las afueras del camposanto a la espera de más caña, esta vez hervida con "yerbas aromáticas, bebida esta que aun conocemos como "calentito”. Cuando todos los dolientes se encontraban bien ubicados, el alcalde oteaba hacia los Apus (los cerros que son sagrados en la cultura andina) y anunciaba que el espíritu del difunto ya se encontraba llegando a la cima de los picos para encontrarse con sus seres queridos que se le adelantaron en el viaje al más allá.
Interesante despedida que nos entregan las ricas y plurales tradiciones de nuestro pueblo.
Juan Carlos Arroyo Ferreyros
Atocongo 1989 |
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