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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

España, aparta de mí este Cáliz


 

 

I

HIMNO A LOS VOLUNTARIOS DE LA REPUBLICA

 

 

Voluntario de España, miliciano

de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,

cuando marcha a matar con su agonía

mundial, no sé verdaderamente

qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,

lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo

a mi pecho que acabe, al que bien, que venga,

y quiero desgraciarme;

descúbrome la frente impersonal hasta tocar

el vaso de la sangre, me detengo,

detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto

con las que se honra el animal que me honra;

refluyen mis instintos a sus sogas,

humea ante mi tumba la alegría

y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame,

desde mi piedra en blanco, déjame,

solo,

cuadrumano, más acá, mucho más lejos,

al no caber entre mis manos tu largo rato extático,

quiebro con tu rapidez de doble filo

mi pequeñez en traje de grandeza!

 

Un día diurno, claro, atento, fértil

¡oh bienio, el de los lóbregos semestres suplicantes,

por el que iba la pólvora mordiéndose los codos!

¡oh dura pena y más duros pedernales!

!oh frenos los tascados por el pueblo!

Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de cólera

y soberanamente pleno, circular,

cerró su natalicio con manos electivas;

arrastraban candado ya los déspotas

y en el candado, sus bacterias muertas...

 

¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas

de dolores con rejas de esperanzas,

de dolores de pueblos con esperanzas de hombres!

¡Muerte y pasión de paz, las populares!

 

¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendmosnos!

Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los vientos

y de llave las tumbas en tu pecho,

tu frontal elevándose a primera potencia de martirio.

 

El mundo exclama: " ¡Cosas de españoles!" Y es verdad.

Consideremos,

durante una balanza, a quema ropa,

a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio muerto

o a Cervantes, diciendo: "Mi reino es de este mundo, pero

también del otro": ¡punta y filo en dos papeles!

Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando ante un espejo,

a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano

tuvo un sudor de nube el paso llano

o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros

o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía

a Teresa, mujer que muere porque no muere

o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con Teresa...

(Todo acto o voz genial viene del pueblo

y va hacia él, de frente o transmitidos

por incesantes briznas, por el humo rosado

de amargas contraseñas sin fortuna)

Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura,

agitada por una piedra inmóvil,

se sacrifica, apártase,

decae para arriba y por su llama incombustible sube,

sube hasta los débiles,

distribuyendo españas a los toros,

toros a las palomas...

 

Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética armoníía

acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente,

tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu gana

dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición,

a tu enemigo!

 

¡Liberador ceñido de grilletes,

sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la extensión,

vagarían acéfalos los clavos,

antiguo, lento, colorado, el día,

nuestros amados cascos, insepultos!

 

¡Campesino caído con tu verde follaje por el hombre,

con la inflexión social de tu meñique,

con tu buey que se queda, con tu física,

también con tu palabra atada a un palo

y tu cielo arrendado

y con la arcilla inserta en tu cansancio

y la que estaba en tu uña, caminando!

¡Constructores

agrícolas, civiles y guerreros,

de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito

que vosotros haríais la luz, entornando

con la muerte vuestros ojos;

que, a la caída cruel de vuestras bocas,

vendrá en siete bandejas la abundancia, todo

en el mundo será de oro súbito y el oro,

fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de sangre,

y el oro mismo será entonces de oro!

 

¡Se amará todos los hombres

y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes

y beberán en nombre

de vuestras gargantas infaustas!

Descansarán andando al pie de esta carrera,

sollozarán pensando en vuestras órbitas, venturosos

serán y al son de vuestro atroz retorno, florecido, innato,

ajustarán mañana sus quehaceres, sus figuras soñadas y cantadas!

 

¡Unos mismos zapatos irán bien al que asciende

sin vías a su cuerpo

y al que baja hasta la forma de su alma!

¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán!

¡Verán, ya de regreso, los ciegos

y palpitando escucharán los sordos!

¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios!

¡Serán dados los besos que no pudisteis dar!

¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga

traerá pedacitos de pan al elefante encadenado

a su brutal delicadeza; volverán

los niños abortados a nacer perfectos, espaciales

y trabajarán todos los hombres,

engendrarán todos los hombres,

comprenderán todos los hombres!

 

¡Obrero, salvador, redentor nuestro,

perdónanos, hermano, nuestras deudas!

Como dice un tambor al redoblar, en sus adagios:

qué jamás tan efímero, tu espalda!

qué siempre tan cambiante, tu perfil!

 

¡Voluntario italiano, entre cuyos animales de batalla

un león abisinio va cojeando!

¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu pecho universal!

¡Voluntarios del sur, del norte, del oriente

y tú, el occidental, cerrando el canto fúnebre del alba!

¡Soldado conocido, cuyo nombre

desfila en el sonido de un abrazo!

¡Combatiente que la tierra criara, armándote de polvo,

calzándote de imanes positivos,

vigentes tus creencias personales,

distinto de carácter, íntima tu férula,

el cutis inmediato,

andándote tu idioma por los hombros

y el alma coronada de guijarros!

¡Voluntario fajado de tu zona fría,

templada o tórrida,

héroes a la redonda,

víctima en columna de vencedores:

en España, en Madrid, están llamando

a matar, voluntarios de la vida!

 

¡Porque en España matan, otros matan

al niño, a su juguete que se para,

a la madre Rosenda esplendorosa,

al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo

y al perro que dormía en la escalera.

¡Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,

a su indefensa página primera!

Matan el caso exacto de la estatua,

al sabio, a su bastón, a su colega,

al barbero de al lado - me cortó posiblemente -,

pero buen hombre y, luego, infortunado;

al mendigo que ayer cantaba enfrente,

a la enfermera que hoy pasó llorando,

al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus rodillas...

 

¡Voluntarios,

por la vida, por los buenos, matad

a la muerte, matad a los malos!

¡Hacedlo por la libertad de todos,

del explotado, del explotador,

por la paz indolora - la sospecho

cuando duermo al pie de mi frente

y más cuando circulo dando voces -

y hacedlo, voy diciendo,

por el analfabeto a quien escribo,

por el genio descalzo y su cordero,

por los camaradas caídos,

sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino!

 

Para que vosotros,

voluntarios de España y del mundo, viniérais,

soñé que era yo bueno, y era para ver

vuestra sangre, voluntarios...

De esto hace mucho pecho, muchas ansias,

muchos camellos en edad de orar.

Marcha hoy de vuestra parte el bien ardiendo,

os siguen con cariño los reptiles de pestaña inmanente

y, a dos pasos, a uno,

la dirección del agua que corre a ver su límite antes que arda.

 


 

II

BATALLAS

 

 

Hombre de Extremadura,

oigo bajo tu pie el humo del lobo,

el humo de la especie,

el humo del niño,

el humo solitario de dos trigos,

el humo de Ginebra, el humo de Roma, el humo de Berlín

y el de París y el humo de tu apéndice penoso

y el humo que, al fin, sale del futuro.

¡Oh vida! ¡¡oh tierra! ¡oh España!

¡Onzas de sangre,

metros de sangre, líquidos de sangre,

sangre a caballo, a pie, mural, sin diámetro,

sangre de cuatro en cuatro, sangre de agua

y sangre muerta de la sangre viva!

 

Extremeño, ¡oh no ser aún ese hombre

por el que te mató la vida y te parió la muerte

y quedarse tan solo a verte así, desde este lobo,

cómo sigue arando en nuestros pechos!

¡Extremeño, conoces

el secreto en dos voces, popular y táctil,

del cereal: que nada vale tanto

como una gran raíz en trance de otra!

¡Extremeño acodado, representado al alma en su retiro,

acodado a mirar el caber de una vida en una muerte!

 

¡Extremeño y no haber tierra que hubiere

el peso de tu arada, ni más mundo

que el color de tu yugo entre dos épocas; no haber

el orden de tus póstumos ganados!

¡Extremeño, dejásteme

verte desde este lobo, padecer,

pelear por todos y pelear

para que el individuo sea un hombre,

para que los señores sean hombres,

para que todo el mundo sea hombre, y para

que hasta los animales sean hombres,

el caballo, un hombre,

el reptil, un hombre,

el buitre, un hombre honesto,

la mosca, un hombre, y el olivo, un hombre

y hasta el ribazo, un hombre

y el mismo cielo, todo un hombrecito!

 

Luego, retrocediendo desde Talavera,

en grupos de a uno, armados de hambre, en masas de a uno,

armados de pecho hasta la frente,

sin aviones, sin guerra, sin rencor,

el perder a la espalda

y el ganar más abajo del plomo, heridos mortalmente de honor,

locos de polvo, el brazo a pie,

armando por las malas,

ganando en español toda la tierra,

retroceder aun ¡y no saber

dónde poner su España,

dónde ocultar su beso de orbe,

dónde plantar su olivo de bolsillo!

 

Mas desde aquí, más tarde,

desde el punto de vista de esta tierra,

desde el duelo al que fluye el bien satánico,

se ve la gran batalla de Guérnica.

¡Lid a prori, lid de las almas débiles

contra los cuerpos débiles, lid en que el niño pega,

sin que le diga nadie que pegara,

bajo su atroz diptongo

y bajo su habilísimo pañal,

y en que la madre pega con su grito, con el dorso de una lágrima

y en que el enfermo pega con su mal, con su pastilla y a su hijo

y en que el anciano pega

con sus canas, sus siglos y su palo

y en que pega el presbítero con dios!

¡Táitos defensores de Guérnica!

¡Oh débiles. ¡Oh suaves ofendidos,

que os eleváis, crecéis,

y llenáis de poderosos débiles el mundo!

 

¡En Madrid, en Bilbao, En Santander,

los cementerios fueron bombarderos,

y los muertos inmortales,

de vigilantes huesos y hombro eterno, de las tumbas,

los muertos inmortales, de sentir, de ver, de oir

tan bajo al mal, tan muertos a los viles agresores,

reanudaron entonces sus penas inconclusas,

acabaron de llorar, acabaron

de sufrir, acabaron de vivir,

acabaron, en fin, de ser inmortales!

 

¡Y la pólvora fue, de pronto, nada,

cruzándose los signos y los sellos,

y la explosión salióle al paso un paso,

y al vuelo a cuatro patas, otro paso

y al cielo apocalíptico, otro paso

y a los siete metales, la unidad,

sencilla, justa, colectiva, eterna!

 

¡Málaga sin padre ni madre,

ni piedrecilla, ni horno, ni perro blanco!

¡Málaga sin defensa, donde nació mi muerte dando pasos

y murió de pasión mi nacimiento!

¡Málaga caminando tras de tus pies, en éxodo,

bajo el mal, bajo la cobardía, bajo la historia cóncava, indecible,

con la yema en tu mano: ¡tierra orgánica!

y la clara en la punta del cabello ¡todo el caso!

¡Málaga huyendode padre a padre, familiar, de tu hijo a tu hijo,

a lo largo del mar que huye del mar,

a través del metal que huye del plomo,

al ras del suelo que huye de la tierra

y a las órdenes, ¡ay!

de la profundidad que te quería!

 

¡Málaga a golpes a fatídico coágulo, a bandidos, a infiernazos,

a cielazos, andando sobre duro vino, en multitud,

sobre la espuma lila, de uno en uno,

sobre huracán estático y más lila,

y al compás de las cuatro órbitas que aman

y de las dos costillas que se matan!

¡Málaga de mi sangre diminuta

y mi coloración a gran distancia,

la vida sigue con tambor a tus honores alazanes,

con cohetes, a tus niños eternos

y con silencio a tu último tambor,

con nada, a tu alma,

y con más nada, a tu esternón genial!

¡Málaga no te vayas con tu nombre!

¡Que, si te vas, toda, hacia tí, infinitamente toda en son total,

concorde con tu tamaño fijo en que me aloco,

con tu suela feraz y su agujero

y tu navaja antigua atada a tu hoz enferma

y tu madero atado a un martillo!

¡Málaga literal y malagüeña,

huyendo a Egipto, puesto que estáás clavada

alargando en sufrimiento idéntico tu danza

resolviéndose en ti el volumen de la esfera,

perdiendo tu botijo, tus cánticos, huyendo

con tu España exterior y tu orbe innato!

¡Málaga por derecho propio

y en el jardín biológico, más Málaga!

¡Málaga en virtud

del camino, en atención al lobo que te sigue

y en razón del lobezno que te espera!

¡Málaga, que estoy llorando!

¡Málaga, que lloro y lloro!

 


 

 

III

 

 

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

"¡Viban los compañeros! Pedro Rojas",

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre.

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos compañeros pronto!

 

Palo en que han colgado su madero,

lo han matado;

¡Lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

 

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

Registrándole, muerto, sorprendiéndole

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

 

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

 

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres,

sus pedazos.

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España y volvió a escribir con el dedo en el aire:

"¡Viban los compañeros! Pedro Rojas"

Su cadáver estaba lleno de mundo.

 


 

IV

 

 

Los mendigos pelean por España,

mendigando en París, en Roma, en Praga

y refrendando así, con mano gótica, rogante,

los pies de los Apóstoles, en Londres, en New York, en México.

Los pordioseros luchan suplicando infernalmente

a Dios por Santander,

la lid en que ya nadie es derrotado.

Al sufrimiento antiguo

danse, encarnízanse en llorar plomo social

al pie del individuo,

y atacan a gemidos, los mendigos,

matando con tan solo ser mendigos.

 

Ruegos de infantería,

en que el arma ruega del metal para arriba,

y ruega la ira, más acá de la pólvora iracunda.

Tácitos escuadrones que disparan,

con cadencia mortal, su mansedumbre,

desde un umbral, desde sí mismos, ¡ay! desde sí mismos.

Potenciales guerreros

sin calcetines al calzar el trueno,

satánicos, numéricos,

arrastrando sus títulos de fuerza,

migaja al cinto,

fusil doble calibre: sangre y sangre.

¡El poeta saluda al sufrimiento armado!

 


 

 

V

IMAGEN ESPAÑOLA DE LA MUERTE

 

 

¡Ahí pasa! ¡Llamadla! ¡Es su costado!

¡Ahí pasa la muerte por Irún;

sus pasos de acordeón, su palabrota,

su metro del tejido que te dije,

su gramo de aquel peso que he callado!... ¡si son ellos!

 

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome en los rifles,

como que sabe bien dónde la venzo,

cuál es mi maña grande, mis leyes preciosas, mis códigos terribles.

 

¡Llamadla! Ella camina exactamente como un hombre entre las fieras,

se apoya de aquel brazo que se enlaza a nuestros pies

cuando dormimos en los parapetos

y se para a las puertas elásticas del sueño.

 

¡Gritó! ¡Gritó! ¡Gritó su grito nato, sensorial!

Gritará de vergüenza, de ver cómo ha caído entre las plantas,

de ver cómo se aleja de las bestias,

de oir cómo decimos: ¡Es la muerte!

¡De herir nuestros más grandes intereses!

(Porque elabora su hígado la gota que te dije, camarada; porque se como el alma del vecino)

¡Llamadla! Hay que seguirla

hasta el pie de los tanques enemigos,

que la muerte es un ser serio a la fuerza,

cuyo principio y fin llevo grabados

a la cabeza de mis ilusiones,

por mucho que ella corra el peligro corriente

que tú sabes

y que haga como que hace que me ignora.

 

¡Llamadla! No es un ser, muerte violenta,

sino, apenas, lacónico suceso;

más bien su modo tira, cuando ataca,

tira a tumulto simple, sin órbitas ni cánticos de dicha;

más bien tira su tiempo audaz a céntimo impreciso

y sus sordos quilates a déspotas aplausos.

Llamadla que en llamándola con saña, con figuras,

se la ayuda a arrastrar sus tres rodillas,

como a veces,

a veces duelen, punzan facciones enigmáticas, globales,

como, a veces, me palpo y no me siento.

 

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome,

con su coñac, su pómulo moral,

sus pasos de acordeón, su palabrota.

¡Llamadla! No hay que perderle el hilo en que la lloro.

¡De su olor para arriba, ¡ay! de mi polvo, camarada!

¡De su pus para arriba, ¡ay! de mi férula, teniente!

¡De su imán para abajo, ¡ay! de mi tumba!

 


 

 

VI

CORTEJO TRAS LA TOMA DE BILBAO

 

 

Herido y muerto, hermano,

criatura veraz, republicana, están andando en tu trono,

desde que tu espinazo cayó famosamente;

están andando, pálido, en tu edad flaca y anual,

laboriosamente absorta ante los vientos.

 

Guerrero en ambos dolores,

siéntate a oir, acuéstate al pie del palo súbito,

inmediato de tu trono;

voltea;

están las nuevas sábanas, extrañas;

están andando, hermano, están andando.

 

Han dicho: "¡Cómo! ¡Dónde!...", expresándose

en trozos de paloma,

y los niños suben sin llorar a tu polvo.

Ernesto Zúñiga, duerme con la mano puesta,

con el concepto puesto,

en descanso tu paz, en paz tu guerra.

 

Herido mortalmente de vida, camarada,-

camarada jinete,

camarada caballo entre hombre y fiera,

¡tus huesecillos de alto y melancólico dibujo

forman pompa española, poma

laureada de finísimos andrajos!

 

Siéntate, pues, Ernesto,

oye que están andando, aquí, en tu trono,

desde que tu tobillo tiene canas.

¿Qué trono?

¡Tu zapato derecho! ¡Tu zapato!

 


 

 

VII

 

 

Varios días del aire, compañeros,

muchos días el viento cambia de aire,

el terreno, de filo,

de nivel el fusil republicano.

Varios días España está española.

 

Varios días el mal

moviliza sus órbitas, se abstiene,

paraliza sus ojos escuchándolos.

Varios días orando con sudor desnudo,

los milicianos cuélganse del hombre.

Varios días, el mundo, camaradas,

el mundo está español hasta la muerte.

Varios días ha muerto aquí el disparo

y ha muerto el cuerpo en su papel de espíritu

y el alma es ya nuestra alma, compañeros.

Varios días el cielo,

éste, el del día, el de la pata enorme.

 

Varios días, Gijón;

muchos días, Gijón;

mucho tiempo, Gijón;

mucha tierra, Gijón;

mucho hombre, Gijón

y mucho dios, Gijón.

muchísimas Españas ¡ay! Gijón.

 

Camaradas,

Varios días el viento cambia de aire.

 


 

 

VIII

 

 

Aquí,

Ramón Collar,

prosigue tu familia soga a soga,

se sucede,

en tanto que visitas, tú, allá, a las siete espadas, en Madrid,

en el frente de Madrid.

 

¡Ramón Collar, yuntero

y soldado hasta yerno de tu suegro,

marido, hijo limítrofe del viejo Hijo del Hombre!

Ramón de pena, tú, Collar valiente,

paladín de Madrid y por cojones: ¡Ramonete,

aquí,

los tuyos piensan mucho en tu peinado!

 

¡Ansiosos, ágiles de llorar, cunado la lágrima!

¡Y cuando los tambores, andan; hablan

delante de tu buey, cuando la tierra!

 

¡Ramón! ¡Collar! ¡A tí! Si eres herido,

no seas malo en sucumbir; ¡refrénate!

Aquí,

tu cruel capacidad está en cajitas;

aquí,

tu pantalón oscuro, andando el tiempo,

sabe ya andar solísimo, acabarse;

aquí,

¡Ramón, tu suegro, el viejo,

te pierde a cada encuentro con su hija!

¡Te diré que han comido aquí tu carne,

sin saberlo,

tu pecho, sin saberlo,

tu pie;

pero cavilan todos en tus pasos coronados de polvo!

 

¡Han rezado a Dios,

aquí;

se han sentado en tu cama, hablando a voces

entre tu soledad y tus cositas;

no sé quién ha tomado tu arado, no sé quien

fué a tí, ni quien volvió de tu caballo!

 

¡Aquí, Ramón Collar, en fin, tu amigo!

¡Salud, hombre de Dios, mata y escribe!

 


 

 

IX

PEQUEÑO RESPONSO A UN HEROE DE LA REPUBLICA

 

 

Un libro quedó al borde de su cintura muerta,

un libro retoñaba de su cadáver muerto.

Se llevaron al héroe,

y corpórea y aciaga entró su boca en nuestro aliento;

sudamos todos, el ombligo a cuestas;

caminantes las lunas nos seguían;

también sudaba de tristeza el muerto.

 

Y un libro, en la batalla de Toledo,

un libro, atrás un libro, arriba un libro, retoñaba del cadáver.

Poesía del pómulo morado, entre el decirlo

y el callarlo,

poesía en la carta