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Ven
acá mi compañera;
ven
tú, mi dulce andarita,
tú
sola, sola, solita,
que
me traes la quimera
de
aquella mi edad primera,
que
en el campo deslizada,
junto
a mi madre amada
y de
mi padre querido,
era
semejante al nido
que
hace el ave en la enramada.
Ven,
consuela al solitario
que
por jalcas y oconales,
sin
hallar fin a sus males,
va
arrastrando su calvario.
Fue
el destino temerario
al
empujarme inclemente,
como
por rauda pendiente,
desde
lo alto del peñón
se
desgaja algún pedrón
que
rueda y cae inconsciente.
A mi
padre lo mataron,
mi
madre murió de pena;
ella,
tan buena, ¡tan buena!
¡Ellos
que tanto me amaron!
Con
ambos me arrebataron
lo
más que en el mundo quise.
Pero
aún la suerte me dice:
"Ama,
adora a una mujer",
que
hube también de perder...
pues
nací para infelice.
De
entonces, ¿qué hube de hacer?
Odiar
a los que me odiaron;
matar
a los que mataron
lo
que era el ser de mi ser;
en
torno mío no ver
sino
la maldad humana;
esa
maldad cruel, insana,
que
con el débil se estrella,
que
al desvalido atropella
y de
su crimen se ufana.
Por
eso yo quiero al niño;
por
eso yo amo al anciano;
y al
pobre indio, que es mi hermano,
le
doy todo mi cariño.
No
tengo el alma de armiño
cuando sé que se le explota;
toda
mi cólera brota
para
su opresor, me indigna
como
la araña maligna
que
sé aplastar con mi bota.
Yo
aborrezco la injusticia;
yo
quiero al que es desgraciado,
al
que vive abandonado
sólo
por torpe malicia;
yo
maldigo la estulticia
de
tanta gente menguada,
porque al fin de la jornada,
puesto que la vida es corta,
la
vida a mí qué me importa
porque ¿qué es la vida? ¡Nada!
De mi
provincia las peñas
y el
viento de mis quebradas,
me
delatan las pisadas
del
que me busca en las breñas;
hasta
las ramas son señas
que
de la suerte merezco;
ni me
asusta ni padezco
si
alguien me mira altanero;
yo
soy como el aguacero,
que
al soplo del viento crezco.
Brama,
brama, tempestad;
ruge,
trueno, en el espacio,
¡Bendito
sea el palacio
de la
augusta Libertad!
Cielo,
con tu inmensidad
vas
mis pasos amparando.
El
rayo me va alumbrando
si
viene la noche oscura,
en
medio de su negrura
para
seguir caminando...
Llega
la noche. En el cielo
salta
la luna serena;
dentro del pecho mi pena
parece hallar un consuelo;
sobre
el campo, blanco velo
se
extiende, y como visión,
detrás de cada peñón
parece ver a mi amada,
que
viene como escapada
a
buscar mi corazón.
Cae
la noche, en el cielo
surge
la argentada luna,
triste como mi fortuna,
sola
cual mi desconsuelo.
A su
luz beso el pañuelo
que
me dio a la despedida,
que
en su llanto humedecida
besó
ella con pasión loca
y que
guarda de su boca
la
huella siempre querida.
Y me
persiguen, ¡traidores!
siempre fueron sin entrañas,
les
espantan mis hazañas
que
no son sino rencores.
¿Dónde
están mis defensores?
Para
mí, nadie es clemente;
nadie
piensa, nadie siente,
¿Quieren
matarme?, ¡en buena hora!
Que
me maten si es la hora,
¡pero
mátenme de frente!
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Se le atribuye
este vals a Abelardo Gamarra (letra) y Justo Arredondo (música).
Pero ellos nunca lo firmaron, quizás por ser una canción
rebelde, es por ello que también se decía que el autor era
Leonidas Yerovi. Te cuento que conseguí el catálogo de
Discos Victor de los años 1924-1925 donde el vals Luis Pardo
figura con Leonidas Yerovi como autor del mismo. Lo curioso
es que quienes lo grabaron fue el dúo Gamarra y Marini,
siendo Carlos Gamarra, del dúo aquel, hijo de Abelardo
Gamarra. Lo que sí, tanto Abelardo Gamarra como Leonidas
Yerovi eran poetas, por ello se les atribuía a uno y otro la
autoría de El Canto de Luis Pardo de donde se tomó la
letra para hacer el vals.
La versión de
que Abelardo Gamarra y Justo Arredondo son los que
compusieron el vals, ha sido la que más ha prevalecido a
través de los años, pero no se puede negar que hay detalles
que no han quedado claros al respecto y lo que encontré en
ese catálogo de Discos Victor viene a incrementar la duda
que existe sobre la autoría de quiérealmente escribió El
Canto de Luis Pardo.
• Apunte de nuestro amigo Darío
Mejía desde Australia.
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