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El 18 de octubre de 1944, respondiendo a muchas iniciativas y especialmente a la del periodista chiclayano Juan Manuel Carrera del Corral, quien propusiera la creación del "Día de la Canción Criolla"; el Dr. Manuel Prado Ugarteche, Presidente de la República; promulga la Ley correspondiente; pero se tuvo que cambiar la fecha de celebración para el día 31 y no interferir con los cultos en homenaje al Cristo Morado de Pachacamilla.
Juan Manuel Carrera del Corral, laboraba en el diario "El Comercio" y no tenía nada en común con la música, aparte de su apasionamiemto por ella. No tocaba ningún instrumento, ni cantaba. Era jaranero por naturaleza, llegando a ser nombrado presidente del "Centro Musical Carlos A. Saco". Igualmente era un mesurado devoto del Señor de los Milagros, perteneciendo a una de las Cuadrillas que cargaba sus Andas. Su sueño siempre fue la creación del "Día de la Canción Criolla".
Así se inició, el homenaje anual a un arte que nació plebeyo; como el nombre de una de las más famosas composiciones del Vate Felipe Pinglo Alva. Nació en la intimidad de los rincones de callejones de antaño, en los estratos menos favorecidos, menos aristocráticos.
Porque como decía el "Cumpa Donayre", sus orígenes íntimos fueron "...el pequeño barcito de los viejos clubes de barrio, ...en el fondo del abigarrado callejón donde el vals y la antigua marinera encontraron luego la jarana".
Nació de una simbiosis entre "negros" y "cholos", "mulatos" y "criollos"; mezcla de todas las razas del Perú colonial que vieron en la música, una expresión para sus lamentos, su dolor a la esclavitud; que más adelante, con los cambios sociales y políticos, fue dando paso al sensualismo de los bailes "negroides" y la alegría "jaranera" de los valses criollos. Como dijo Ricardo Palma: "...el que no tiene de inga tiene de mandinga".(*)
Ricardo Miranda Tarrrillo, un estudioso del criollismo nuestro, decía que: "La música criolla del Perú, es consecuencia de un proceso de influencias sociales, políticas, económicas y geográficas sobre los habitantes de sus tres zonas naturales perfectamente definidas: Costa, Sierra y Selva. De entre ellas, Costa y Sierra, recibieron los aportes más significativos de la música y bailes de España a través de los soldados de la conquista y de las élites dominantes durante la Colonia."
De los primeros negros de ascendencia africana, luego de consecutivas mezclas, aparece el "zambo" peruano, quien elabora sus variados ritmos, como la Zamacueca, la Resbalosa, el Ague'nieve, el Festejo, el Landó, los Pregones, Son de los diablos, Contrapunto de Zapateo, etc.; por lo que Nicomedes nos decía que la "Marinera" nació negra y sólo cuando logra un sitial importante en nuestro folclore: "...es aquí cuando el blanco limeño se aferra a la Marinera, como recuerdo de un pasado que le fue largamente venturoso. Se la arranca a los cuatro negros que aun la saben y la dicen suya. La mostrará a los incrédulos gringos turistas. La enarbolará ante las narices de sus desorientados hijos; les contará que el mejor cantor de Marinera fue su padre, que la mejor bailarina fue su tía y que el mejor bailarín es él... Pero como por ahí quedan algunos viejos que demuestran lo contrario, inventa la oprobiosa discriminación de que hay Marinera de chacra y Marinera de salón".
No podemos negar pues lo que la historia nos muestra, dándole la razón a Nicomedes Santa Cruz. Si enumeramos algunos pocos de los primeros cultores de estos ritmos, quienes fueron a no dudarlo, negros jaraneros, tendríamos que nombrar a Pancho Ballesteros, los hermanos Elías y Augusto Ascuez, Manuel Quintana, mejor conocido como "Canario negro", la incomparable Bartola Sancho Dávila, quien daba muestra de su arte y señorío durante las desaparecidas "Fiestas de Amancaes"; Pipo, Abelardo, Vicente y Porfirio Vásquez; entre otros.
Igualmente cuando hablamos ya en sí del vals criollo, no podemos dejar de nombrar otros tantos criollos de tez oscura como el ébano, pero de una blancura emotiva que volcaban en la creación e interpretación de sus mensajes musicales: César Gonzáles, Ignacio Valenzuela, Braulio Sancho Dávila, los hermanos Govea, Augusto Paz, Carlos Vargas, Fico Dávila, Alfredo Leturia, Nemesio Falconí, Pedro Espinel, Pablo Casas, por nombrar solo algunos, de un larga lista de autores e intérpretes.
Pero no sólo al negro se le negó en su momento su pase a la gloria; al criollo igualmente se le dejó de lado, como en el caso del gran Felipe Pinglo Alva; quien no pudo saborear lo grandioso de su obra en la dimensión que él se merecía; a lo cual Sebastián Salazar Bondy expresara: "Hablar del vals criollo, es referirse a un limeño representativo: Felipe Pinglo Alva. Los grandes libros no lo citan, pero su memoria y su obra persisten en el pueblo. En las melodías que compuso y en sus ingenuos versos, el hombre oscuro de la ciudad halló su alma trémula, su neblina interior, su desahogo. No fue el trovador encendido y pasional de un grupo humano poseído por la 'joie de vivre'; fue por el contrario, eco de las angustias de aquellos que, por injusticia secular y un egoismo sistemático, lo colocaron al margen de la felicidad." "...Cantó el presente, su presente. No hizo como es de uso, el elogio de las tapadas y las misturas, sino que vertió en su música y sus versos, lo que es el pueblo limeño, pueblo simple, afectivo, emocional, resignado, dulce, cortés amable y lo dio posiblemente sin desearlo, como testimonio de un ser nacional y de su tragedia".
No podemos negar que los ritmos cordales de una guitarra trinando los compases de una composición criolla, nos active las emociones y la nostalgia por esa rama de nuestro folclore. Raro es decir que alguien no asocie algún vals criollo a un momento de su vida; pues los hay con todos los mensajes: tristes y alegres; jaraneros y melancólicos. Más aun, lejos de la querida patria; como un mecanismo especial, creamos una cercanía espiritual, para no sentirnos tampoco relegados de lo nuestro. Seguimos vibrando con la misma emoción, aunque tal vez un poco nostágicos, cuando escuchamos esos versos hechos canción, inmortalizados por nuestro compositores.
"Al dulce bordonear de la vihuelas, hoy día se estremece como antaño..."; no sólo aquel lejano "callejón de un solo caño", en el que se inspiraran Victoria y Nicomedes Santa cruz, para crear su vals, sino cualquier rincón de nuestro hogar donde podamos dar rienda suelta a nuestro criollismo. Y al pensar en aquel imaginario inmenso puente que cruzamos para llegar desde nuestra lejana tierra, hasta esta nuestra segunda patria, los EE.UU.; suspiremos tal vez pensando precisamente en el "Puente de los Suspiros", que Chabuca Granda describiera como un "...puentecito escondido entre follajes y entre añoranzas".
(*) "En el Perú, quien no tiene de Inga, tiene de Mandinga". Otros historiadores atribuyen esta frase a Manuel Gonzales Prada.
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