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2 de Noviembre
Día de los Muertos
◄
Capilla de los Difuntos
Cementerio
de
Eten
◄
Ayamarca
Festividad de
los Difuntos
Las
momias de los soberanos eran llevados en procesión.
(Huamán
Poma) |
La muerte, es la culminación inexorable de toda
una vida. Es el final del camino que nos permitió compartir el
destino con muchos otros seres con los que nos liga en mayor o menor
intensidad, un sentimiento, un afecto, un cariño.
Más que el mismo hecho de morir, prevalece lo que sigue luego de
trasponer ese umbral que nos transporta a otro mundo; un lugar que
no conocemos, pero que creemos imaginar, en el cual, aquellos que se
nos adelantaron, también seguramente celebrarán
de alguna forma haber estado aquí antes.
Con esta celebración queremos tal vez creer que estos dos mundos deben
de tener algún nexo. El Gran Arquitecto debe haber imaginado su Creación,
de tal forma que todo sea un conjunto de experiencias para el mejor
desarrollo paulatino del hombre.
Y como nos lo dice la historia, las celebraciones por el “Día de los
difuntos”, el 2 de noviembre; tienen ramificaciones muy antiguas. Siglos
atrás, los celtas dividían el año en dos partes: verano e invierno y
celebraban al final de la mitad estival de cada año, una festividad
llamada "Samhain", que cerraba la época de la cosecha y se daba inicio
a un nuevo año celta, con la fiesta en honor a los muertos.
En el año 46
a.deC., los romanos invadieron las Islas Británicas y con el tiempo
adoptaron esta festividad que luego se propagara al resto del mundo, en la crencia que los espíritus de los fallecidos, regresaban para visitar sus
antiguos hogares. Igualmente en Siria, antes del siglo IV, se consagraba
un día para festejar a todos sus mártires.
En el año 615, el Papa Bonifacio IV, mandó transformar un panteón romano
en un templo cristiano para dedicarlo a "Todos los Santos" y en el año
741, el Papa Gregorio III, cambió para el 1 de noviembre, la fecha
dedicada a esta festividad, que se celebraba inicialmente en el mes de
mayo. San Odilón, abad del Monasterio de Cluny, en el sur de Francia,
añadió en el año 998, la celebración del 2 de noviembre, como fiesta de
los "Fieles Difuntos".
En la cultura China como en la Egipcia e inclusive la Inca, el culto a los
muertos era un símbolo de unidad familiar y les rendían culto,
construyendo templos y pirámides; que el mundo sigue admirando.
La fiesta de los muertos está vinculada al calendario agrícola
prehispánico, al ser la única fiesta que se celebraba al iniciarse la
cosecha de los sembríos. Era el primer gran banquete después de la
temporada de escasez de los meses anteriores, el que se debía compartir
con los seres queridos ya fallecidos.
En España, durante los días que preceden a estas festividades, los
familiares de los difuntos realizan visitas a los cementerios, para
limpiar las lápidas de las sepulturas de sus allegados y adornarlas con
flores, especialmente con crisantemos.
Parece ser que esa misma tradición, también la encontraron
al llegar a tierras americanas, pues los Incas, igualmente agasajaban a sus
muertos.
En sus creencias religiosas, existían tres mundos: "Hanan
Pacha", que era el alto mundo de las estrellas, la luna de plata y las
tormentas. "Kay Pacha" o mundo de la vida, y "Ucu Pacha", el mundo de los
muertos.
El padre Giovanni Anello Oliva, un jesuita italiano,
quien recogió testimonios sobre la vida de los Incas al convivir con ellos
durante varios años como misionario, escribió en 1631, en su obra "Historia
del reino y provincias del Perú, de sus Incas reyes, descubrimiento y
conquista por los españoles de la corona de Castilla":
“...la mejor veneración y adoración de los indios es de sus malquis que
en los llanos llaman Munaos, que son los huesos de cuerpos enteros de sus
progenitores y gentiles, que ellos dicen son hijos de las Huacas que
tienen en los campos, en lugares muy apartados en los Machaiz, que son sus
sepulturas antiguas y a veces los tienen adornados con camisetas muy
costosas o de plumas de diversos colores, o de Cumbi. Tienen estos Malquis,
sus particulares sacerdotes y ministros que les ofrecen los mismos
sacrificios y hacen las mismas fiestas que a las Huacas y suelen tener con
ellos los instrumentos de que ellos usaban en vida, las mugeres, usos y
mazorcas de algodón hilado y los hombres las tacilas o lampas con que
labraban el campo, o las armas con que peleaban. En estos malquis y Huacas
ay su baxilia para darles de comer y beber que son mates y basos; unos de
barro otros de madera y algunas veces de plata pero para los Yncas eran
siempre dese metal y de oro”. (Transcripción literal
del texto original”.
Una de estas milenarias festividades, que aun subsisten en muchos pueblos
del Perú, se desarrolla en la ciudad de Eten, en Lambayeque; un pequeño
poblado cercano a la ciudad de Chiclayo, rodeado de arenales en los que
crecen algarrobos, zapotes y una planta rastrera llamada “Chope”, que tiene
la particularidad de impedir que las arenas invadan los campos de cultivo.
Arqueológicamente, también posee historia, pues
recorrieron sus arenales culturas como Chavín, Chimú y
Mochica, Sicán y Virú. Hasta el siglo pasado, según estudios del historiador E.
Brunning y los de Fernando de la Carrera, ex cura y vicario de Reque,
pueblo cercano a Eten, se habló la lengua mochica en toda su plenitud
hasta 1644; de la que aun hoy quedan rezagos en el cotidiano hablar de su
gente.
La misma festividad se celebra en
Porcón, Cajamarca; la ciudad donde
muchos de sus habitantes, aun conservan la ancestral habilidad de labrar
la piedra y realizar bellas esculturas, entre ellas las lápidas que en
esta festividad del “Día de los Difuntos”, engalanan los campo santos,
donde se reune el pueblo, para “conversar” con sus seres queridos ya
fallecidos.
Eten, nombre cuya etimología quiere decir “Puesta del Sol”, en lengua
Mochica; es uno de los pueblos más místicos de la costa peruana y desde
días anteriores al 2 de noviembre, bandas de músicos van motivando a la
población al compás de marineras y tonderos que interpretan en la Plaza de
Armas. Los pirotécnicos o “coheteros”, como ellos los llaman, idean los
castillos de fuegos artificiales más impactantes para esta celebración.
Cristos Yacentes, llamados por los etenanos “Señores de la Buena Muerte”,
marchan adornados con palios ricamente bordados en su tradicional
procesión por las calles del pueblo, desde la Iglesia mayor, hasta la
Capilla de las Animas o de los Muertos, ubicada en el cementerio. Sus
pórticos muestran cortinajes negros y expresiones culturales que aluden
las festividades. En el altar, numerosos cráneos de niños y adultos, se
agrupan entre estampas y velas, encendidas que con sus destellos, dan
sombra a la Cruz de algarrobo en la que yace Cristo.
Entre una mezcla de misticismo y recogimiento, se presenta “La Plañidera”,
un personaje que con sollozos y gemidos lastimeros que se confunden con
las oraciones, la música sacra y el bullicio de la gente; ofrece sus
servicios de sepulcro en sepulcro, para narrar compungídamente los
acontecimientos ocurridos en el transcurso de la vida del ser que se
quiere recordar. Esta costumbre fue detallada por el cronista Miguel
Cabello de Balboa en su “Miscelánea Antártica”, quien escribiera en el
siglo XVI:
“...Cuando muere un Casique ó Yndio principal ó emparentado con muchos,
es cosa de admiración los llantos que por el se hacen, y los aullidos, y
endechas que sobre su cuerpo se oyen, y ay, Yndios (y Yndias) maestros
para este menester, que asalariados con dones van allí a derramar varias
lágrimas, y en versos que para tal efecto tienen requentan las cosas que
mas hacen á honra por las muertes de los Casiques, o amigos especial las
mugeres cuando mueren sus maridos. Y a los tales entierran, y llantos
siguen los abucioneros áyunos, abstiniendose de comer sal, Agí, Carne,
Maiz, ni otras cosas de esta especie”. (Transcripción
literal del texto original).
Cada quien se dirigirá a visitar a su seres
queridos, adelantados en el camino del no retorno físico. Llegarán hasta
las lápidas a conversar con ellos y también para ofrecerles aquel plato
típico de comida que en vida les gustaba saborerar o tal vez hacer un
brindis con la tradicional "chicha de jora", por un pronto reencuentro en
un mundo diferente, pero igual de místico y religioso.
Terminada la ceremonia gastronómica, habrá que llevar a
los Cristos Yacentes de regreso a su Iglesia. Se repetirá la procesión,
esta vez en camino de retorno y las ánimas se despedirán imaginariamente
de sus familiares, con la consigna de regresar el año póximo a seguir
formando parte de esta milenaria tradición.
Finalizando la celebración, el gentío se encamina a
casa del mayordomo encargado de ofrecer el banquete especial. Allí, entre
manifestaciones espirituales, los “compadritos” y “comadritas”, saborearán
los potajes propios del lugar, que asentarán con la tradicional bebida
heredada de sus antepasados, la “chicha de jora” y a la vez, brindarán por
aquellos seres queridos que esperan en algún lugar el reencuentro.
Los ancianos cantan coplas o cuartetas sobre sus vivencias; las mujeres
con lágrimas en los ojos, sacan a bailar a los asistentes al ritmo de
tonderos y marineras, esperando que sus difuntos también gocen de toda
esta antigua mística tradición. (LARS). |