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1 de Noviembre

Día de los Difuntos

 

 

Capilla de los Difuntos

Cementerio de Eten

 

 

 

 

 

 

Ayamarca

Festividad de los Difuntos

Las momias de los soberanos eran llevados en procesión.

 

(Huamán Poma)

La muerte, es la culminación inexorable de toda una vida. Es el final del camino que nos permitió compartir el destino con muchos otros seres con los que nos liga en mayor o menor intensidad, un sentimiento, un afecto, un cariño.

Más que el mismo hecho de morir, prevalece lo que sigue luego de trasponer ese umbral que nos transporta a otro mundo; un lugar que no conocemos, pero que creemos imaginar, en el cual, aquellos que se  nos  adelantaron,  también seguramente  celebrarán de  alguna forma  haber estado aquí antes. Con esta celebración queremos tal vez creer que estos dos mundos deben de tener algún nexo. El Gran Arquitecto debe haber imaginado su Creación, de tal forma que todo sea un conjunto de experiencias para el mejor desarrollo paulatino del hombre.


Y como nos lo dice la historia, las celebraciones por el “Día de los difuntos”, el 1 de noviembre; tienen ramificaciones muy antiguas. Siglos atrás, los celtas dividían el año en dos partes: verano e invierno y celebraban al final de la mitad estival de cada año, una festividad llamada "Samhain", que cerraba la  época de la cosecha y se daba inicio a un nuevo año celta, con la fiesta en honor a los muertos.

 

En el año 46 a. de C., los romanos invadieron las Islas Británicas y con el tiempo adoptaron esta festividad que luego se propagara al resto del mundo, en la creencia que los espíritus de los fallecidos, regresaban para visitar sus antiguos hogares. Igualmente en Siria, antes del siglo IV, se consagraba un día para festejar a todos sus mártires.


En el año 615, el Papa Bonifacio IV, mandó transformar un panteón romano en un templo cristiano para dedicarlo a "Todos los Santos" y en el año 741, el Papa Gregorio III, cambió para el 1 de noviembre, la fecha dedicada a esta festividad, que se celebraba inicialmente en el mes de mayo. San Odilón, abad del Monasterio de Cluny, en el sur de Francia, añadió en el año 998, la celebración del 2 de noviembre, como fiesta de los "Fieles Difuntos".


En la cultura China como en la Egipcia e inclusive la Inca, el culto a los muertos era un símbolo de unidad familiar y les rendían culto, construyendo templos y pirámides; que el mundo sigue admirando.


La fiesta de los muertos está vinculada al calendario agrícola prehispánico, al ser la única fiesta que se celebraba al iniciarse la cosecha de los sembríos. Era el primer gran banquete después de la temporada de escasez de los meses anteriores, el que se debía compartir con los seres queridos ya fallecidos.


En España, durante los días que preceden a estas festividades, los familiares de los difuntos realizan visitas a los cementerios, para limpiar las lápidas de las sepulturas de sus allegados y adornarlas con flores, especialmente con crisantemos. Parece ser que esa misma tradición, también la encontraron al llegar a tierras americanas, pues los Incas, igualmente agasajaban a sus muertos.

 

En sus creencias religiosas, existían tres mundos: "Hanan Pacha", que era el alto mundo de las estrellas, la luna de plata y las tormentas. "Kay Pacha" o mundo de la vida, y "Ucu Pacha", el mundo de los muertos.

 

El padre Giovanni Anello Oliva, un jesuita italiano, quien recogió testimonios sobre la vida de los Incas al convivir con ellos durante varios años como misionario, escribió en 1631, en su obra "Historia del reino y provincias del Perú, de sus Incas reyes, descubrimiento y conquista por los españoles de la corona de Castilla":


“...la mejor veneración y adoración de los indios es de sus malquis que en los llanos llaman Munaos, que son los huesos de cuerpos enteros de sus progenitores y gentiles, que ellos dicen son hijos de las Huacas que tienen en los campos, en lugares muy apartados en los Machaiz, que son sus sepulturas antiguas y a veces los tienen adornados con camisetas muy costosas o de plumas de diversos colores, o de Cumbi. Tienen estos Malquis, sus particulares sacerdotes y ministros que les ofrecen los mismos sacrificios y hacen las mismas fiestas que a las Huacas y suelen tener con ellos los instrumentos de que ellos usaban en vida, las mugeres, usos y mazorcas de algodón hilado y los hombres las tacilas o lampas con que labraban el campo, o las armas con que peleaban. En estos malquis y Huacas ay su baxilia para darles de comer y beber que son mates y basos; unos de barro otros de madera y algunas veces de plata pero para los Yncas eran siempre dese metal y de oro”. (Transcripción literal del texto original).

 

Una de estas milenarias festividades, que aun subsisten en muchos pueblos del Perú, se desarrolla en la ciudad de Eten, en Lambayeque; un pequeño poblado cercano a la ciudad de Chiclayo, rodeado de arenales en los que crecen algarrobos, zapotes y una planta rastrera llamada “Chope”, que tiene la particularidad de impedir que las arenas invadan los campos de cultivo.

 

Arqueológicamente, también posee historia, pues recorrieron sus arenales culturas como Chavín, Chimú y Mochica, Sicán y Virú. Hasta el siglo pasado, según estudios del historiador E. Brunning y los de Fernando de la Carrera, ex cura y vicario de Reque, pueblo cercano a Eten, se habló la lengua mochica en toda su plenitud hasta 1644; de la que aun hoy quedan rezagos en el cotidiano hablar de su gente.

La misma festividad se celebra en Porcón, Cajamarca; la ciudad donde muchos de sus habitantes, aun conservan la ancestral habilidad de labrar la piedra y realizar bellas esculturas, entre ellas las lápidas que en esta festividad del “Día de los Difuntos”, engalanan los campo santos, donde se reune el pueblo, para “conversar” con sus seres queridos ya fallecidos.

Eten, nombre cuya etimología quiere decir “Puesta del Sol”, en lengua Mochica; es uno de los pueblos más místicos de la costa peruana y desde días anteriores al 2 de noviembre, bandas de músicos van motivando a la población al compás de marineras y tonderos que interpretan en la Plaza de Armas. Los pirotécnicos o “coheteros”, como ellos los llaman, idean los castillos de fuegos artificiales más impactantes para esta celebración.

Cristos Yacentes, llamados por los etenanos “Señores de la Buena Muerte”, marchan adornados con palios ricamente bordados en su tradicional procesión por las calles del pueblo, desde la Iglesia mayor, hasta la Capilla de las Animas o de los Muertos, ubicada en el cementerio. Sus pórticos muestran cortinajes negros y expresiones culturales que aluden las festividades. En el altar, numerosos cráneos de niños y adultos, se agrupan entre estampas y velas, encendidas que con sus destellos, dan sombra a la Cruz de algarrobo en la que yace Cristo.

Entre una mezcla de misticismo y recogimiento, se presenta “La Plañidera”, un personaje que con sollozos y gemidos lastimeros que se confunden con las oraciones, la música sacra y el bullicio de la gente; ofrece sus servicios de sepulcro en sepulcro, para narrar compungídamente los acontecimientos ocurridos en el transcurso de la vida del ser que se quiere recordar. Esta costumbre fue detallada por el cronista Miguel Cabello de Balboa en su “Miscelánea Antártica”, quien escribiera en el siglo XVI:

“...Cuando muere un Casique ó Yndio principal ó emparentado con muchos, es cosa de admiración los llantos que por el se hacen, y los aullidos, y endechas que sobre su cuerpo se oyen, y ay, Yndios (y Yndias) maestros para este menester, que asalariados con dones van allí a derramar varias lágrimas, y en versos que para tal efecto tienen requentan las cosas que mas hacen á honra por las muertes de los Casiques, o amigos especial las mugeres cuando mueren sus maridos. Y a los tales entierran, y llantos siguen los abucioneros áyunos, abstiniendose de comer sal, Agí, Carne, Maiz, ni otras cosas de esta especie”. (Transcripción literal del texto original).

Cada quien se dirigirá a visitar a su seres queridos, adelantados en el camino del no retorno físico. Llegarán hasta las lápidas a conversar con ellos y también para ofrecerles aquel plato típico de comida que en vida les gustaba saborerar o tal vez hacer un brindis con la tradicional "chicha de jora", por un pronto reencuentro en un mundo diferente, pero igual de místico y religioso.

 

Terminada la ceremonia gastronómica, habrá que llevar a los Cristos Yacentes de regreso a su Iglesia. Se repetirá la procesión, esta vez en camino de retorno y las ánimas se despedirán imaginariamente de sus familiares, con la consigna de regresar el año póximo a seguir formando parte de esta milenaria tradición.

 

Finalizando la celebración, el gentío se encamina a casa del mayordomo encargado de ofrecer el banquete especial. Allí, entre manifestaciones espirituales, los “compadritos” y “comadritas”, saborearán los potajes propios del lugar, que asentarán con la tradicional bebida heredada de sus antepasados, la “chicha de jora” y a la vez, brindarán por aquellos seres queridos que esperan en algún lugar el reencuentro.

Los ancianos cantan coplas o cuartetas sobre sus vivencias; las mujeres con lágrimas en los ojos, sacan a bailar a los asistentes al ritmo de tonderos y marineras, esperando que sus difuntos también gocen de toda esta antigua mística tradición.

 

 

 

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© Luis A. Ramírez

Editor

     
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