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El Mar, Averno
Contrariamente a la condición de mar-residencia de Viracocha y mar-pacarina, que son condiciones enaltecedoras, conducentes a los planos divinos y, por ende, sagrados; el mar para los antiguos peruanos fue también, extráñamente, averno, infierno, cavidad profunda y tenebrosa para las inmundicias, residuos y pestilencias de la vida humana; repositorio como se ha dicho de impurezas, lugar para las iniquidades.
No hay una explicación para tan marcado contraste en la concepción del mar. Por un lado, morada del más alto dios, del creador del mundo; también, pacarina que une al mundo de aquí con el mundo de adentro; pero por otro lado, depósito de horrores y pecados de cuanto negro, adverso y reprobable contiene la vida humana.
Varios actos religiosos y no pocas ceremonias de las más importantes del calendario que regulaba la vida de las naciones unidas por el imperio, tenían estrecha relación con el mar. Los pecados, por ejemplo, que el confesor arrancaba al penitente, por una extraña taumaturgia iban a parar al mar y allí quedaban para siempre, y confesor y penitente rogaban a la divinidad que nunca salieran de allí; se quedaran en los abismos oscuros e insondables del averno. La fiesta de la Citua, o de la purificación, que más adelante se verá, también consistía en arrancar de los pueblos y de las casas, todas las impurezas acumuladas durante el año, todos los pecados, las enfermedades, los males del alma, las iniquidades, los demonios y las maldades para llevarlas al mar y que allí quedaran por siempre.
Alonso Ramos Gavilán, según destaca Larrea, indica que tanto los indios del Cusco como los del Collao, tenían en muy alta estimación y respeto al mar, a Mamacocha, primero por servir de morada a Viracocha, el dios supremo y luego por ser "depósito hondo para los pecados", al que iban a parar todos los males.
La sanción más severa en el derecho consuetudinario era la muerte en los despeñaderos marinos o el ahogamiento en el mar. En el colmo del enojo, por ejemplo, la suprema divinidad mató a uno de sus hijos, arrojándolo al mar. En De las Csas, se lee: "De Condicibiracocha... al cual tenían por dios y señor... afirman que tuvo un hijo muy malo... que tenía por nombre Teguapicaviracocha; y que éste contradecía al padre en todas las cosas... por lo cual el padre, muy enojado, lo lanzó en la mar para que mala muerte tuviese...".
Arrojar a un niño al mar era de una crueldad suma, que no se admitía ni en los sacrificios para honrar a la divinidad. En la leyenda de Llacsamisa, que refiere Francisco de Avila, el personaje del tal nombre, ante la exigencia de sus hermanos de matar a un niño, encolerizado les advirtió: "Hermanos, ya os he dicho muchas veces: tened cuidado, no os arroje al mar, yo estimo que hay que perdonar la vida al niño". El mar es verdaderamente el infierno, lugar de máximo castigo, se segregación definitiva. El lanzamiento al mar, estaba reservado para los delitos más graves; por ejemplo, para el adulterio. "Muchas veces eran lanzados al mar los adúlteros, desde lo alto de las tromelleras...".
Benzoni, relacionando este concepto del mar con la llegada de los españoles y el impacto tremendo que esta llegada de los blancos barbudos e invencibles produjo en el ánimo abatido, por tanto infortunado de los indios, aporta observaciones muy interesantes que respaldan la idea de mar-averno. Hélas aquí: "Desde que los españoles entraron al Perú, viendo los indios la forma que tienen de vivir y las grandísimas crueldades que en todos los lugares cometen, no solamente no han querido nunca aceptar que los cristianos somos hijos de Dios, según los españoles les han anunciado, sino que hora alguna quieren creer que hemos nacido sobre la tierra, diciendo que no puede haber nacido de mujer y generado por hombre un animal tan fiero". Los indios, entonces –agrega Benzoni–, "...han llegado entre ellos a la conclusión (dada la fiereza de los españoles, tanta maldad, tanto destrozo cometido), de que nosotros (en general los blancos), somos hijos del mar....".
No se concibe que tanta maldad pueda ser cometida por un ser humano "...nacido de mujer y generado por hombre" y, sobre todo, llegado al mundo en la tierra. Por eso –según Benzoni–, los indios imaginaron que los bárbaros blancos habían llegado al mundo, no como hijos de la tierra, sino como hijos del mar. El mar es el infierno, el abismo, del cual pueden salir seres tan fieros y crueles y, al propio tiempo, tan poderosos.
Sigue Benzoni: los indios "...han llegado a la conclusión de que nosotros somos hijos del mar y nos llaman viracochas, pues en su idioma denominan al mar cocha, y a la espuma, vira: dicen entonces que el mar nos ha congelado y que la espuma nos ha alimentado habiendo venido, sobre la tierra para destruir el mundo...".
La idea de ser maléfico o del espíritu que contagia el mal, se refuerza aquí, porque no puede ser bienhechora la fuerza que genera un flagelo o que origina un poder destinado, por ella misma, a "destruir el mundo".
Más adelante se lee en el texto del cronista milanés (recientemente traducido por Carlos Radicati di Primeglio): "Sostienen [los indios] que, al igual que los vientos arruinan las casas y derrumban los árboles y que el fuego abrasa, así estos viracochas todo lo devoran, consumiendo la tierra y desviando los ríos...". Ponen los indios en los conquistadores españoles –siempre según Benzoni, cuyas grotescas exageraciones sólo valen para la fundamentación de la tesis del mar-averno–, todos los pecados y personifican en ellos las peores infamias. Dicen los indios que los conquistadores españoles no pueden estarse quietos, descansando, sino que buscan el oro y la plata "...sin llegar jamás a saciarse" y luego "...se pelean, se matan, se roban, blasfeman, reniegan...".
Seres así, no pueden ser humanos, ni pueden haber salido de mujer, ni haber sido gestados por hombre. Son demonios, animales fieros, monstruos depredadores, heraldos de los peores designios destructores, que van sembrando la desolación por el mundo y privando a los indios de sus abastecimientos. Y de tales suertes satánicas, sólo el mar es culpable. Por eso –agrega Benzoni–, los indios"...terminan maldiciendo el mar, que ha puesto sobre la tierra tan malvados y fieros hijos".
HERMANN H. BUSE De Historia Marítima del Perú Epoca Pre-Histórica Tomo II, Vol. I. |
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