LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

   

 

 

 

 

El Negro que imitaba el canto del gallo

 

 

En el pueblo de Santiago, habían varios negros. Eran los que provenían de las haciendas vecinas, que los tenían en abundancia para las faenas del campo. Otros habían sido comprados por gentes pudientes del pueblo, como se veía en Trujillo, donde en las casas grandes nunca faltaban; dedicándose a los quehaceres domésticos, fueran hombres o mujeres.

 

Mi bisabuela –Juana Bautista Aldana–, contábame que ella supo, de buena tinta, las andanzas del negro Francisco Olguín, –llevaba el apellido de su dueño–, que enamorado de la negra Joaquina, mujer del también negro leñatero Indalecio Bardales, se fingía gallo en las madrugadas y desde la cima de un coposo sauce, cantaba antes del alba:

 

– ¡Cocorocó!

 

Después supe en qué había consistido ese amorío trágico. En cuanto la Joaquina, negra despabilada, de apretada mota y duras curvas, con un corazón que le latía fuerte, oía el canto del gallo y apresurábase a mover el cuerpo de su marido en la tarima:

 

– Alevántate, Inda; yastá cantando el gayo, hijo. Yes ora que se vaya palmonte al trebajo. Andeflojo...

– ¡Cocorocó!, tornaba el ave en el árbol. ¡Cocorocó!

– ¿Toavía tas dormio, hom? Alevántate ques tarde ya; no te arrebujes más en el poncho, Jesús, que tarde.

– ¡Maldito gallo!, dijo una madrugada el negro Indalecio, hombre sencillo, todavía mozo, pero un poco indiferente con su costilla en la que no había prole. ¡Hoy ta este cantando más temprano que nunca!

 

En efecto, eran las dos de la mañana. La marcha se iniciaba siempre hacia las cuatro y media. El Francisco, en lo alto del ramoso sauce, junto a la acequia, que sabía también copiar en sus aguas claras, las quinchas del rancho; estaba afanoso de quedarse con la mujer del otro. Por eso adelantaba tanto la hora desde el árbol, haciendo de fingido reloj en la forma del emplumado sujeto que domina los corrales.

 

Pero un día –lo imprevisto siempre llega–, se lo contaron todo al negro Indalecio, bonachón y confiado. Su mujer, la tal Joaquina, se quedaba en la casa con el gallo ese sin plumas, mientras él, pobre cabeza de pimienta, sudando el quilo, tumbaba espinos, rajaba leña, desgranaba maíz o quemaba los barbechos, largas horas que parecían sin fin, por allá por Saplán o por la Cruz de las Animas. Trabaja que trabaja, dale que dale, en largas faenas por demás rudas, con un jornal mezquino para juntar cuatro reales con qué comprarle a la cruel mujer, pañolón de lana, zapatos de cordobán, aretes, fustanes con tira bordada... Pues él no era miserable –qué iba a serlo nunca–, ni quería los centavos ganados con el sudor de su frente, para sí, egoístamente. Ainda mais que la hembra le exigía sacrificios y vénganos en tu reino, semana tras semana, dizque para juntar y hacer los "realitos" con que tendrían para comprar terreno y liberarse de las cuitas en el futuro. ¡Maldita negra ladina traicionera! ¡Ah, pero si ya él se había tenido también una malicia cierta vez! Y otra y otra...

 

Entonces fue cuando ocurrió la tragedia.

 

Al otro día, que era un sábado, ya bien enterado el Indalecio, oyó al gallo. Cantaba impávido como otras veces en lo alto del sauce. Verdad era que desde hacía una semana no se le oía tan seguido. Pero él no olvidaba que cada tres o cuatro días y sobre todo los sábados, su cocorocó era más obstinado y antipático... ¡Qué ganas de anunciar que el alba se venía a todo trote y había entonces que madrugar para el campo! Era esa vez, por lo menos, la tercera hora del día. Las tres de la mañana las hería el traicionero con su bien simulado canto lleno de alevosía. Sabe Dios qué ideas bulleron en el cerebro del negro bueno, del negro que dejaba las fuerzas en los fundos vecinos, para mantener negra facinerosa, infiel, zafada, que le deshonraba de tan feos modos. Indalecio, al nuevo canto del gallo, no aguantó más. Tiró la cobija en la tarima y sin decir nada, fue a coger el reluciente machete de acero, saliendo para la huerta...

 

La mujer, olfateando el peligro, salió también tras él, que ya se columpiaba en el sauce.

– ¿Tas loco? ¿Onde vas hombre? ¿Qué vas a hacé con el gayo ques tangueno y te da las horas?

– ¡Ora verés lo quiago con este gayo gueno!; le espetó ronco el negro que llevaba el machete en la cintura y ganaba ya lo alto del árbol, como un mono. La mujer tembló al pensar en lo que venía luego con toda la furia de la desgracia y del crimen. Como así fue.

 

El negro Indalecio Bardales, después de vencer unas ramas en lo alto, ágilmente encaramado en la más firme, empezó a tirar machetazos entre las hojas, a lo que cayera. El grito agudo y desgarrante del traidor, oculto entre el ramaje, reemplazó al cocorocó madrugador.

 

– ¡Ajá, conque tú era el gayo que me venía dispertando tan de mañana, que mias tenido andando puel campo largos ratos...! ¿Y era pa quedarte tú a reemplazarme? ¿No? ¿Conque era tú el gayo ese tan puntualito de las madrugadas? Pues, toma el premio que te mereces...

 

Francisco Olguín, hizo ademán de arrojarse. Gran esgrimidor del machete, Indalecio le tomó el cuerpo con la herramienta convertida en arma alevosa. Ambos estaban ya en el suelo. El uno tendido sangrando, el otro ciego de la furia del ofendido, le mandaba más cortes hasta convertir su ira en castigo tremendo. Luego el negro Bardales, mirando con desprecio al agonizante, mientras la mujer lloraba deses-peradamente allí en la puerta, sin duda tuvo en su imaginación, como una brasa que le quemaba el alma, por todo lo que el otro había hecho contra su honor de hombre bondadosos, desprevenido, sin malicia.

 

Luego, hecho el daño, asesinato efectivo y truculento, Bardales tomó hacia el monte de Nazareno; por allá cruzó el río que suele bramar como el océano, sabe Dios rumbo a dónde. Antes, en una acequia, había lavado en la corriente linfa el machete que solía resplandecer al sol, filudo acero temible en manos vengadoras. Y ni fueron los cívicos del pueblo tenaces en perseguirlo, porque según el decir sentencioso de todo negrerío viviente en Santiago, "la muerte esa, caray; estaba bien, pero requetebien hecha. El que las hace, las paga". Y "cuantimás" que éste había sido un doble engaño: al marido y al gallo, pues el negro Olguín había querido hacer de los dos.

 

 


TRUJILLO EN ESTAMPAS Y ANECDOTAS

SANTIAGO VALLEJO

Lima, 1952.