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Hoy, hace un año...
Hace un año, el terror cambió el curso de la historia. Musulmanes, invocando el amparo de su Dios ALA, mostraron la capacidad de un odio incomprensible para las religiones occidentales, atacando los edificios gemelos más altos del mundo, ubicados en la ciudad de New York.
Y la historia cambió abrúptamente, por muchas razones; pues siendo New York, la capital del mundo y a la vez la más cosmopolita del orbe; de una u otra manera, ese artero ataque, desequilibró posiblemente la vida de millones de personas al cegar la de otros tantos miles, todas de diferentes nacionalidades.
Y la cuna de la libertad, fue remecida desde sus cimientos, enviando un doloroso aviso a las otras ciudades del mundo amantes de la libertad; cual advertencia de lo que puede suceder en cualquier otra parte, si se permite que esa llamada libertad, se torne en libertinaje.
New York, se convirtió en el Pearl Harbor de la era moderna. Un ataque a traición, hizo rememorar aquella otra alevosa agresión y los newyorquinos, erróneamente conocidos como insensibles y arrogantes, dieron muestra de que no hay lugar para el miedo, cuando su integridad, no sólo física sino emotiva y espiritual, es ultrajada cobardemente.
Aquel 11 de septiembre, millones de personas asistimos en directo, a una aparentemente trágica obra cinematográfica, que sin embargo, era tan real y cruda, al mostrarnos lo diabólico que puede llegar a ser el hombre, cuando sus valores morales y espirituales, están cegados por el fanatismo.
Vimos a la muerte, mostrándose en diferentes ángulos. El falso concepto del mártir, que guió las naves a su muerte segura, sin probar ninguna filosofía que la ampare. El terror de los que no encontraron escape y sucumbieron ante las llamas, las explosiones o los derrumbes. Los que prefirieron enfrentarla y lanzarse de frente a sus garras, en aquel vacío de cientos de pisos. Los que subían escaleras en búsqueda de víctimas, sin importar arriesgar las suyas a cambio. Muchas, muchas caras tuvo la muerte aquel fatídico día. Y hoy, a un año, parece aun tan cercana que no ha habido tiempo, para sanar heridas. Ojalá, el futuro nos muestre, que la vida de todos ellos, no fue en vano y de aquellos escombros entre los que aun estan adheridas mínimas partículas de tantos seres queridos, emerga una nueva energía que no nos invada de sed de venganza, sino de entereza para saber enfrentar los retos que la vida nos presenta, sin importar su origen.
Hoy, New York rendirá tributo a su caídos. Unos, en la alevosía del ataque; otros en el cumplimiento del deber. Todos héroes de una u otra forma. Los primeros, como víctimas inocentes; los últimos con conocimiento de causa. Cada uno mereciendo nuestro respeto y admiración.
¡God Bless América!
© Luis A. Ramírez Editor 11 de septiembre, 2002
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