ISAAC GOLDEMBERG

Escitor - Poeta

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

SALOMON VALDERRAMA C.

Poeta

 

 

 

 

 

 

 

La vida son los ríos: entrevista con Isaac Goldemberg

Por  LUIS  A  RAMIREZ  S.

Enero 2006

 

 

 

Con Isaac nos une una amistad cibernética. Esa unión globalizada que es posible a través de estos nuevos medios creados por el Homo Sapiens. Y así igualmente, es esta entrevista, entre las redes de esa telaraña inmensa tejida por tantas comunicaciones y lo primero que se me ocurrió preguntarle, imbuído inconscientemente por la nostalgia, fue por su querido Chepén; aquella pequeña ciudad que tantas veces crucé siguiendo la Panamericana Norte en mis viajes hacia Chiclayo... la tierra de mis mayores.

 

¿Cómo recuerdas Chepén, la ciudad que te vio nacer?

 

De Chepén y de la geografía de la zona guardo un recuerdo que el tiempo, la distancia y la imaginación han ido transformando. Lo veo ahora como un lugar semitropical amordazado entre el desierto, la cola de los Andes y el mar. Lo cierto es que el pueblo no tenía mar, si bien éste no andaba demasiado lejos. Nuestro mar eran las vías del tren. En lo que respecta a la vida del pueblo, lo que yo más recuerdo es su atmósfera ritual, esa mezcla de paganismo y catolicismo, casi como si se tratara de un pueblo medieval y que lo convertía en una especie de pequeño “teatro del mundo”. La vida del pueblo la recuerdo como una cadena de procesiones, entierros, ferias, nacimientos, fiestas carnavalescas en la cual los habitantes del pueblo éramos actores y espectadores al mismo tiempo. Pienso que de esa experiencia nació mi preferencia por el tipo de literatura que celebra las alegrías y se duele de los pesares de la existencia humana. De una literatura como experiencia colectiva, como expresión del pensar y el sentir de una comunidad y de un pueblo.

 

¿Qué te decidió a emigrar hacia los Estados Unidos y especialmente quedarte a radicar en New York?

 

Yo emigré a Nueva York por razones puramente económicas. Antes había ido a vivir a Israel. Estuve más o menos año y medio en un kibbutz. De ahí me fui a Barcelona, en el 63. Pensaba estudiar medicina y me matriculé con esa intención en la facultad. Al poco tiempo me di cuenta de que no quería ser médico y decidí regresar al Perú para estudiar Letras en San Marcos. Pensé que en Lima encontraría trabajo y que al mismo tiempo podría estudiar. Para entonces mi padre ya había muerto. Conseguir trabajo no fue tan fácil. Por fin encontré un puesto de secretario-contable en una fábrica textil. El sueldo era miserable, alcanzaba apenas para pagar el alquiler del departamento. Entonces decidí irme a Nueva York, tenía diecinueve años, acababa de nacer mi primer hijo y tenía que darle de comer.  Pero nunca estuvo en mis sueños vivir en los Estados Unidos.

 

¿Te sientes un exilado por tal vez no haber logrado esta posición estando en el Perú, o mas bien sientes el poder de la ubicuidad y de alguna forma estás en ambos lugares a la vez cuando escribes?

 

Sí, así es exactamente como me siento cuando escribo, con un pie en Nueva York y con el otro en el Perú. Pero esto también es cierto con respecto a mi vida diaria en general. Uno siempre tiene la mente puesta en el terruño, los recuerdos nos invaden a cada rato, el sueño de poder regresar algún día.

 

¿Qué ha influído más en tu desarrollo espiritual, la religión de tu señor padre o la de tu señora madre?¿Ambas?

 

Mis padres no eran religiosos. Nunca me hablaron de religión ni trataron de inculcarme creencias religiosas de ningún tipo. Mi padre, que era de ideas humanistas y socialistas, me inculcó los valores morales y filosóficos del judaísmo. Y mi madre, que era libre pensadora, me inculcó los valores cristianos –que no están muy alejados de los valores judíos— que ella practicaba sin ir a la iglesia.

 

¿Cómo definirías la transición en tu desarrollo literario? ¿Con cuál obra crees mostrarte como un iniciado y cuál te da el diploma de honor? Modestia aparte.

 

La obra que me muestra como un iniciado es mi primer poemario publicado, Tiempo de silencio, que escribí cuando tenía 23 años. Este libro se publicó en 1970 y no hacía ninguna alusión directa al Perú, ni a mis raíces culturales ni a mis vivencias como peruano y judío. Es recién en mi segundo libro de poemas, De Chepén a La Habana, publicado en 1973, que recurro a mis experiencia personal y empiezo a tratar temas relacionados con mi peruanidad y mi judaísmo. En este libro ya estaba sembrada la semilla que cuatro años más tarde germinaría en mi primera novela, La vida a plazos de don Jacobo Lerner, que es la que me da, con la venia de la inmodestia, el diploma de honor, conjuntamente con su versión ampliada, El nombre del padre, novela que se ha traducido al italiano y al francés, y que ahora se está traduciendo al inglés.

 

La vida a plazos de don Jacobo Lerner, considerada por el National Yiddish Book Center, entre las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años, ¿qué ubicación le das en tu producción literaria, considerando que de alguna forma es parte de una vivencia real?

 

A esta novela le doy una ubicación especial porque significó, en primer lugar, la materialización de un sueño que se había venido forjando desde que yo tenía 12 años, cuando me lancé, con desmedida audacia, a escribir una novela sobre mi pueblo y mi familia materna. Si mal no recuerdo, esa versión no pasó del segundo capítulo. Hice otro intento de escribirla a los 18 años cuando me encontraba estudiando en Barcelona. Sucedió lo mismo: no pasé del segundo o tercer capítulo. Luego, a los 27 años, en Nueva York, descubrí que la novela, para hacerse, necesitaba incorporar todo un mundo que había descartado por completo en los primeros dos intentos. Y ese mundo se componía de dos elementos: por un lado, la historia de mi padre, un judío ruso que había emigrado al Perú por los años 30; por otro, la historia de la comunidad judía peruana y del judaísmo en general. Por otra parte, el escribir La vida a plazos… me sirvió para explorar —y tratar de resolver— una serie de inquietudes que yo tenía con respecto a mi problemática personal como peruano y como judío. Resultó que esa problemática no era exclusivamente mía, sino que pertenecía a todos los judíos que habían nacido en el Perú y, muy en especial, a aquellos que eran fruto de un mestizaje sanguíneo. Entonces, ellos también pudieron verse reflejados en esa novela; primero como judíos y luego como “algo más”, es decir, como peruanos, y luego como algo aún más completo, como una sola entidad: judíos peruanos. Y eso, para mí, significó un gran logro.

 

En lo que respecta a los lectores peruanos no judíos, al comienzo muchos centraron su atención en el aspecto estrictamente judío de la novela, pero poco a poco empezaron a descubrir que la novela también les hablaba del Perú y que lo hacía —si se me permite la inmodestia— desde adentro, desde un pensar y un sentir “auténticamente” peruanos. Para muchos, se trató de un libro donde vieron reflejada su propia peruanidad, pero en un espejo distinto, un espejo que les ofrecía la imagen de una peruanidad no monolítica, sino multifacética. Eso también significó para mí un gran logro. Yo creo que se trató —y sigue tratándose— de una novela que trascendió los límites de lo puramente literario porque tocó fibras muy sensibles en muchas personas. Y no solamente en los judíos peruanos o en los peruanos no judíos, sino en muchos judíos de otros países de América Latina y en muchos latinoamericanos no judíos. A tal punto, que aquí en Nueva York hay un rabino que utiliza la novela como “libro de texto” para aquellas personas que se están preparando para convertirse al judaísmo. Hace unos años salió la sexta edición en inglés de la novela y varias veces me encontré con jóvenes de origen peruano, nacidos en Nueva York, no judíos, que la habían leído en inglés y que me dijeron que la novela les había ayudado a entender, no solamente su peruanidad, sino también lo que significa pertenecer a una minoría y vivir en la “diáspora”. Esto también constituye un motivo de gran satisfacción para mí.

 

En la obra Hotel AmériKa, adaptación teatral de tu novela La vida a Plazos de don Jacobo Lerner, muestras una estrecha relación entre las religiones que formaron tu hogar, judía y católica. Te sientes más judío que católico o acaso fuiste absorbido por la simbiosis que ambas pueden lograr?

 

Debo aclarar que yo no soy judío por religión, sino por pertenencia a un pueblo. Y como no soy religioso, me considero un peruano no católico. La simbiosis en mí se da a nivel de pueblo, a nivel cultural. Todo lo que viví en el Perú es parte de mi identidad como peruano. Todo lo que me enseñó mi padre y lo que aprendí en el colegio sobre la historia del pueblo judío, forma parte de mi identidad como judío. Por eso, no puedo dejar de sentir una identidad compartida —no dividida—, compuesta por mi peruanidad y mi judeidad. Por eso, la forma de vida de Chepén, su paisaje —el cerro a cuyas faldas se extiende el pueblo, la acequia que lo atraviesa y el desierto que lo rodea— han perdurado de forma indeleble en mi memoria desde los ocho años, que es cuando me voy a vivir a Lima. Ya en la capital y luego en las otras ciudades donde me ha tocado vivir, esos elementos también han poblado mis sueños y, por esas casualidades maravillosas que tiene la vida, de niño me sirvieron de referente para vivir más de cerca y con mayor intensidad todos aquellos paisajes que después invadieron mi imaginación como parte de mi cultura judía. Entonces el cerro de Chepén se convirtió en el monte Sinaí, la acequia en el río Jordán y el desierto chepenano en el desierto de la Judea bíblica. Y curiosamente, así, entremezclados, aparecen estos paisajes en mis historias y en mis poemas. La verdad es que me hubiese sido mucho más difícil sentir a plenitud el paisaje del Israel bíblico —e incluso del Israel moderno— si no hubiese tenido contacto con el paisaje de Chepén, porque para mí Chepén es como un pueblo sacado de la Biblia. Para mí el concepto de identidad es importante, no sólo porque me interesa saber qué soy, quién soy, sino porque el mundo te obliga a definirte. Por eso casi todo lo que he escrito constituye, entre otras cosas, una meditación sobre lo que significa o puede significar ser peruano y/o judío.

 

¿Qué escritores peruanos consideras que han influído en tu vida literaria?

 

Son varios los escritores peruanos —tanto del pasado como contemporáneos—, con quienes encuentro armonía y vasos comunicantes, pero hay dos con los cuales me identifico más que con otros: Vallejo y Arguedas. Hay dos libros que desde la primera lectura me impactaron de manera muy especial: Trilce y Los ríos profundos. De Trilce me emocionaron sobre todo aquellos poemas que hablan del hogar y de la familia. Encontré en Vallejo una voz familiar, conocida; una voz que recogía ecos de mi pueblo, una voz que no sólo confesaba la angustia íntima del poeta, sino que iba más allá, a los cauces del sentir y pensar de su raza mestiza. Y Los ríos profundos me cautivó porque contaba una historia que me llegaba muy de cerca, ya que en ella se narra las experiencias de un niño en busca de su identidad, o mejor dicho, en busca de la reconciliación de sus dos culturas: la occidental y la indígena. Se trata de un niño que se mueve en un mundo que no está definido, entre dos culturas que chocan no sólo exteriormente sino en el corazón de todo peruano. Esta es una de mis novelas peruanas predilectas y, además, sería de gran importancia para mí, ya que me llevaría a examinar en mi obra una problemática parecida: la del mestizaje racial y cultural en el Perú, incorporando mitos e historia.

 

¿Nuevos proyectos?

 

Estoy dándole los últimos toques a “Tierra de nadie”, un libro de microficciones acerca de temas muy diversos como el socialismo, la filosofía, el arte, la escritura, la identidad y el destino del ser humano, etc. También estoy trabajando en una novela, cuyos títulos tentativos son “A Dios al Perú” y “La gran telenovela de América latina”, latina con letra minúscula. Esta novela narra la historia de un peruano mestizo, Angel de la Cruz, que viaja de Lima a Nueva York con dos objetivos: uno, pedirle a su medio hermano —peruano judío con más de veinte años de residencia en Nueva York— que le consiga un rabino dispuesto a convertirlo al judaísmo y, dos, probar que César Vallejo fue judío. Historiador de profesión y poseedor de un talento analítico comparable al de un Sherlock Holmes o al de un Sigmund Freud, Angel está convencido de que en la División Judía de la Biblioteca Pública de  la Quinta Avenida y Calle 42, yacen pruebas irrefutables de que Vallejo era judío. Su obsesión por desenterrar las raíces judías de Vallejo está insuflada por el fuelle de la fuerza telúrica: al igual que Vallejo, Angel es mestizo —de rasgos marcadamente andinos— y oriundo de Santiago de Chuco. Además, según Angel, no es nada casual que el segundo nombre de Vallejo sea Abraham y que sus dos abuelos hayan sido sacerdotes católicos, ya que en América Latina muchos de éstos provienen de familias de conversos. Por otra parte, la novela narra también la historia del medio hermano de Angel, Daniel Katz, quien es un Junior Executive de «Publicity Plus», una de las agencias publicitarias más importantes de Madison Avenue. Al comenzar la novela, a Daniel le han encomendado la dirección de la campaña publicitaria más importante de su carrera: limpiar la imagen del grupo Hamas con la finalidad de ganar adeptos, especialmente entre los judíos, para la creación de un estado palestino. Valiéndome de esas dos historias, de todo lo que le ocurre a Angel antes, durante y después de su conversión, y de lo que le sucede a Daniel en el curso de su campaña, estoy explorando qué significa ser judío y/o peruano y/o latinoamericano, por extensión, en una sociedad mayoritariamente anglosajona.

 

Gracias Isaac por tu tiempo y te deseamos lo mejor en tu futuro literario.