LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

Aquella Comarca

 

 

Los asnos que van en caravana de Nazca a Ica, pasan por diversos médanos y el tránsito de viajeros y mercaderes, había dado en otro sitio, lugar idílico, origen a un humilde pueblo. En poco tiempo, menos de un año, allí existían ya, casas, un mercado, hospedería, tiendas de comercio y hasta talleres. Y un granero que venía a ser el alma de la comarca.

 

Eran el total al principio cien habitantes; luego aumentaron a quinientos y finalmente a dos mil personas.

 

Entre su gentío, destacó al poco tiempo un cabecilla, capataz o líder, según quiera llamársele, quien mandaba a los demás. Su trato era sencillo, humilde, comedido en las palabras; noblote como un sauce viejo. Pero cuando montaba en cólera, nadie podía apaciguarlo, ni siquiera su hermosa mujer, doña Cata. Este hombre llevaba muy dentro el espíritu de servicio y muchas veces fungía de médico. Pedía a Jesús que le apoyara en sus curaciones y el Meastro cooperaba.

 

En cierta ocasión, fue a la casa de un vecino a quien poco trataba, quien yacía en cama, gravemente enfermo.

 

– Enseguida voy a su casa a curarlo; tenga fe en el Señor.

– Don Rosendo, –gemía el paciente–, yo no soy digno de recibir su visita. Yo estoy sujeto a los malos espíritus y les obedezco. Pero de la misma manera, la enfermedad y la muerte son inevitables, cuando aquellos se lo proponen. Todos en la comarca me conocen. Por favor, váyase, no se condene.

 

Rosendo, fijó la idea en su amada esposa doña Cata y cotejó esa imagen con el agónico. La formidable comparación, le arrancó un silencioso grito de entusiasmo"¡Sí que puedo curar a este hombre, incluso sacar de su organismo a los malos espíritus!" Y arguyó con voz firme, hacia afuera:

 

– Nunca me he sabido con fe tan grande. Sé que soy muy respetado en la comarca. Dios no me prohibe y debo obedecer antes que los hombres y los malos espíritus, denigren de su sagrada experiencia.

 

Puso la mano en medio de la frente del gentil y musitó palabras a manera de oración. El resultado, al principio, dudoso, resultó luego sorprendente

 

Aliviado, aquel se levantó; fue directamente a la hogaza de pan y empezó a comer. Tuvo más apetito y apuró otro pedazo. Luego, en gratitud, invitó a Rosendo uno de sus panes y éste aceptó gustoso, compartiendo los dos un frugal almuerzo.

 

La noticia de esta mágica curación, recorrió cada una de las casas de la humilde comarca. El enfermo estaba desahuciado y ahora bastante sano. La credulidad coincidía con la incontinencia. Pues bien, este don Rosendo, verdadero elogio de la humanidad, solía dar gracias por haber observado, reflexionando bastante y oído de sus mayores, la fe de un campesino.

 

Doña Cata, al oir lo último, exclamó:

 

– Si hubieras reflexionado y oído más, habrías llegado a tener la fe de una campesina. Rieron. Coincidieron uno y otra, que no formaban pareja especiel sino un par de seres que adoraban a un Dios único. Doña Cata, estaba en cinta y a los pocos meses alumbró un niño. Apenas recién nacido, se creyó obligado a instruirlo en los misterios de la fe, y, ciertamente, las cosas de la religión son profundas; necesitan estudio y solicitan ser explicadas por personas entendidas. Todavía más, requiere que el instruido, sea bueno, quizá tal vez un niño listo de cinco años, pero jamás personas adultas; sería mejor material de aprendizaje, un recién nacido.

 

–Qué más da, –voceó don Rosendo–.

 

– Háblale, háblale, está entendiendo, –sonreía la buena Cata–.

 

Un accidente fatal acabó con la existencia del hombre noble de la comarca; y así, como desencanto, la gente se fue yendo del lugar, hasta quedar despoblado. La última persona en dejar el pueblecito, fue precisamente doña Cata con su hijo ya de cinco años de edad. Ella intentó no salir y guardar así memoria de don Rosendo. Cada uno de nosotros triene su amor propio y no quiere dar su brazo a torcer. Por contradicción, se pone uno en guardia contra las opiniones de los demás.

 

Doña Cata, prosiguió su destino y su vida se perdió luego en el anonimato.

 

 


El Cuento Peruano

Abraham Valdelomar