LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

El guano, magia

 

 

El guano, devolvía poder a la tierra; el guano vitalizaba; pero, no por la acción química de sus componentes –el nitrógeno–, sino por una suerte de poder sobrenatural, incomprensible, mágico.

 

Por eso, había que estar bien con el guano, rendirle culto para obtener sus favores. Practicábase entre los pueblos de la Costa, según se desprende del testimonio de los cronistas; un culto al guano, el cual  implicaba un sentimiento de veneración, de profundo respeto. Implorábasele para que los campos de cultivo rindieran. Todo ello configuraba una verdadera actitud religiosa, muy extendida e importante, con liturgia y ceremonial y algunas fiestas, que, por exaltar los valores de la vida, mucho tenían que ver con las prácticas sexuales y el erotismo.

 

Desde luego, en la raíz de este culto se ubicaba en primera fila una apremiante necesidad económica: la de favorecer la agricultura con un abono para las plantas de bondad incomparable. Por eso, la doctrina del culto al guano se fundamenta en la magia y en la economía.

 

Así piensa Jacinto Jijón y Caamaño, en su estudio, ya anteriormente citado, sobre la religión en la época de los Incas. Dice: "Los moradores de las tierras bajas del Perú, que tenían una civilización tan antigua y original, contaban con reducidos medios de subsistencia... La tierra cultivable era escasa; la pesca, si rica y abundante, no podía, por sí sola, satifacer las necesidades de un pueblo sensual y refinado. Un cultivo intenso era indispensable y el aguijón de la necesidad hizo que la agricultura progresase grandemente, a lo cual contribuyó de modo poderoso, el guano... Así, si las islas en sí mismas, eran tenidas por divinas, aquellas en que existían depósitos de guano, recibían particular adoración, pues decían que en éstas, había una huaca que lo criaba, y, cuando el maíz iba a espigar, iban en balsas a las islas, llevando mullu, paria, chicha y otras cosas en sacrificio".

 

En el culto al guano –se le interpreta por los caminos de la magia o de la economía–, se dan la mano dos actividades fundamentales de los antiguos pobladores de la Costa: una relacionada con el mar y otra con la tierra; la pesca y la navegación, por un lado y la agricultura, por el otro. Estrechamente unidos el culto al guano y la extracción del fertilizante, supusieron para su ejercicio, el traslado en las embarcaciones de entonces –balsas  y caballitos de totora–, de tierra firme a los peñones, islotes e islas, comenzando y culminando los viajes con vistosas ceremonias. El guano sirvió, así, de nexo entre la tierra y el mar, y las ceremonias de la agricultura se complementaron con otras de naturaleza marina.

 

El hombre del litoral, –dice Tello–, vencida la primera edad, fue agricultor y pescador y su vida giró en torno a la tierra y el mar. "De este modo agrega, en la Costa aparecen estrechamente vinculados las aves marinas, los dioses en figurras de estos animales, sus moradas en las islas, los depósitos de guano en explotación, las ofrendas de alimentos vegetales otorgados a dichos dioses; las vasijas ceremoniales para guardar estas ofrendas y los restos de un incienso y complejo ceremonial relacionado con el culto al suelo".

 

Quedan de los primeros tiempos de la dominación española, varios testimonios sobre este culto. Uno, bastante explícito, es el del P. Pablo Joseph de Arriaga, que cuenta que los indios "...del pueblo e Huacho, cuando iban por el guano a las islas, que son los farallones de Huaura, hacían un sacrificio derramando chicha en la playa, para que no les transtornasen las balsas, precediendo dos días de ayunos, y cuando llegaban a la isla, adoraban a la huaca, Huamancántac, como al señor de guano, y le ofrecían las ofrendas para que les dejase tomar el guano, y en llegando de vuelta al puerto, ayunaban dos días, y luego bailaban, cantaban y bebían...".

 

El P. Arriaga se refiere a los indios "...que pescaban y cultivaban la tierra", indicando que esa complicada operación ritual, era tarea común en ambos grupos. Los pescadores, por su práctica en la navegación y seguro conocimiento del mar, llevaban a los recogedores del guano, y los cultivadores directamente aprovechaban de la cosecha del poderoso fertilizante para abonar sus campos y demandar mayor producción a la tierra. Unos y otros –pescadores y agricultores–, juntos, tributaban a la divinidad de las islas, sacrificaban para asegurar los favores solicitados y cumplían, hermanados, el rito, largo y complejo, con fiestas al final que compensaban las duras abstinencias preliminares.

 

Siguiendo a Avendaño, Valcárcel explica que los recoogedores del guano, llevaban a las islas diversas ofrendas, como las estimadísimas y siempre usadas conchas marinas o mullu, el polvo rojo de la paria y vasijas conteniendo chicha para el servicio a la divinidad y las libaciones rituales. El servicio a la divinidad, consistía en regar parte del contenido de una vasija ceremonial en la tierra y sobre el guano, costumbre que tenía origen en determinadas prácticas relacionadas con  los trabajos agrícolas. De esta manera, se creía halagar al dios del guano con miras a que diera licencia para la extracción del codiciado fertilizante, del cual nada se sacaba sin cumplir con el rito consabido.

 

Durante un tiempo considerable después de la llegada de los españoles, el culto tributado al guano, siguió practicándose, sobre todo en las playas cercanas a las islas de Chincha y los cristianos sintieron verdadero horror por los demonios que salían a participar en las citadas ceremonias. Entonces, para ahuyentar a los espíritus maléficos, los españoles trazaron en la ladera arenosa de la península de Paracas que da a la isla de Sangallá –muy rica en estas manifestaciones paganas–, las gigantescas cruces y candelabros que aun quedan en el sitio, perfectamente visible desde el mar y, sobre todo, desde los islotes cubiertos de guano que entonces frecuentaban los aborígenes con sus balsas.

 

 


De: HISTORIA MARITIMA DEL PERU

HERMANN H. BUSE