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El Tayta Niño
En un pueblo de nuestras serranías hay una iglesia, en donde se venera una imagen del Niño-Dios, a quien los fieles llaman cariñosamente el Tayta-Niño. La gente refiere que hace mucho tiempo, el Tayta-Niño quiso vivir entre los hombres y vino a la Tierra.
Le habían dicho que en aquellos lugares se cometían muchos abusos con los pobres; que los ricos eran crueles, despiadados, y quiso comprobarlo.
Resolvió hacerles una visita la víspera de Navidad, para lo cual tomó la apariencia de un viejo mendigo... y fue de casa en casa pidiendo limosna. La gente ocupada con los preparativos de la fiesta, apenas si lo socorrían con un mendrugo de pan.
Al fin, cuando ya anochecía, llegó ante una hermosa mansión toda iluminada, en donde el señor del lugar se divertía bulliciosamente en compañía de sus amistades. Preguntó a una mujer de la vecindad, quién era el propietario de aquella casa y ella le respondió que éste era un hombre malo y egoista. A través de las ventanas abiertas, el mendigo lo vio sentado en torno a una mesa llena de sabrosos manjares. Se acercó a la casa y pidió una limosna. Como ésta le fue negada, el pordiosero insistió, llamando otra vez a la puerta, por lo cual el señor, lleno de indignación, envió a dos de sus servidores para que lo arrojaran lejos del pueblo y así no siguiera molestando a sus invitados.
El Tayta-Niño salió del pueblo lleno de tristeza y se refugió en un cerro vecino, desde donde se dominaba toda aquella región... De pornto las aguas de los ríos vecinos empezaron a desbordarse y a inundarlo todo. Lluvias torrenciales cayeron del cielo y poco después aquel pueblo fue convertido en una inmensa laguna y no quedó ni rastros de él ni de sus moradores.
Mientras tanto el Tayta-Niño siguió su camino. Llegó a una pequeña aldea y como se sintiera cansado y hambriento, se dirigió a una choza, en donde brillaba una luz. Llamó a la puerta y salió a recibirlo una pobre mujer que vivía allí con sus dos hijos. Todos ellos trabajaban en el campo, labrando la tierra, desde la mañana hasta la caida del Sol. Aunque no tenían dinero, compartieron con el mendigo las escasas provisiones que habían guardado para celebrar la Nochebuena.
Luego la mujer le dio el lecho de uno de sus hijos para que descansara. Antes de retirarse a dormir, aquel hombre le pidio unas flores que se hallaban al pie de una pequeña imagen. –Estas flores están marchitas–, dijo la mujer. Y salió al campo, en donde escogió algunas lindas flores silvestres. Hizo con ellas un ramo y se las dio al pordiosero.
Cuando la mujer despertó a medianoche, advirtió que toda su casa se hallaba iluminada. En el rincón donde dormía el mendigo, vio al Niño-Dios acompañado de dos ángeles. Su cuerpo resplandeciente como una estrella. Entonces comprendió que había alojado en su casa al Señor y se postró para adorarle.
A la mañana siguiente el Tayta-Niño, bajo la apariencia del mendigo, se despidió de la mujer y de sus dos hijos, agradeciéndoles su hospitalidad. Había visto que la gente era buena y decidió quedarse en el pueblo para siempre.
Los vecinos lo veían todas las mañanas frente a la iglesia, bajo la forma de una paloma blanca. Poco después apareció misteriosamente la imagen del Tayta-Niño sobre el altar y allí se le venera desde entonces. También puede verse al lado de la estatua, un ramo de flores de oro. Son las mismas que aquella mujer recogió en medio del campo, para obsequiarle al mendigo en una noche de Navidad...
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De: CUENTOS DE NAVIDAD CARLOTA CARVALLO DE NUÑEZ Lima. Ediciones Peisa
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