LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

La Mamacha

 

 

El gamonal fuera de la Capital de la República es el que se impone a la Mamacha. Es la mujer del gamonal, o la madre del gamonalito, cuando es vieja y viuda; ella empuja a la figuración al marido; o enseña a caminar a los hijos por la senda de la política del pueblo, política de odios, de venganzas, de abuso y latrocinio.

 

Mujer varonil y de todo trapo: así, amasa pan con la servidumbre en la cocina, como da una comida a las autoridades y se emperejila como verdadera huachafa, colgándose de las orejas cada aretazo de brillantes que parecen flores de luz eléctrica y fáltanle dedos para engarzar anillos de todos los tamaños y de todas las clases de piedras.

 

Traje color alfalfa verde o rojo, como bandera nacional, sobre fustanes que al andar hacen tanta bulla, como pancas de maíz arrastradas por el suelo.

 

Generalmente es fea o es buenamoza; carne dura y en abundancia, color durazno en las mejillas, trenzas de pelo un tanto grueso y resistente.

 

La mamacha maneja al cura, al subprefecto, al juez, al alcalde, al administrador de correos, que es alguno de sus antiguos dependientes o domésticos. Monta magníficos caballos, sobre montura forrada en terciopelo y bordados con seda, montura con estribera de plata y hebillas y canuteras de idem.

 

En casa de la mamacha, se alojan los padres misioneros y la mamacha es la primera que se confiesa y que concurre a las misiones, con las más togadas en un sitio especial, generalmente en el coro bajo, a donde llevan las alfombras las chinas.

 

Las chinas de la mamacha son ocho, diez o más hijas de pobres indios de sus haciendas, a las que ha elevado a la categoría de sirvientas, a las cuales los domingos viste con limpieza, en cambio de las palizas que les aplica cotidiánamente por quita allá esas pajas.

 

Estas chinas son el regalo de los niños; es decir, de los hijos hombrecitos de la mamacha y alguna no escapa a la concupiscencia del patrón cuando la mamacha va a la hacienda o a las misiones. Son robaditas que a veces paran en colgaduras de las infelices, si llegan a ser descubiertas o en alguna pendencia soberana entre la mamacha y el gamonal, arrastrada del pelo por los suelos, hinchada de ojos y mediación del señor cura o de algún compadre y comadre, que hacen amistad a los cónyuges y que perfeccionan las paces con una merendona y baile hasta el amanecer.

 

En casa de la mamacha, se alojan todos los transeuntes de valer; y es ella la que prepara también alojamiento a las nuevas autoridades. Les envía bestias para su transporte, arrieros y fiambre.

 

Así es que ella, puede hacer meter a la cárcel a quien le de la gana; y puede poner en libertad al asesino o al ladrón de caminos que por casualidad caiga en poder de la justicia.

 

Todos le deben a la mamacha si no favores, plata efectiva; desde las autoridades hasta los infelices trabajadores y tiene más compadres y más comadres que pelos.

 

Por supuesto que es devota de alguna virgen y tiene oratorio en casa y altar de devoción en la iglesia.

 

Todos los días, después de los trajines y de las tundas, que no faltan en las espaldas de las chinas y de los cholos, de que también tiene un ejército, se reza la novena, a la que concurren los vecinos más íntimos.

 

Como las noches son oscuras y las ceras sólo arden en el altar de la imagen milagrosa, los corredores, el zaguán de la casa y la calle, parecen boca de lobo; y ésta es la hora en que la niña, hija de la mamacha, aprovecha para escurrirse y alcanzar la cartita al enamorado o recibir el beso furtivo tras de la puerta de calle.

 

El amor es muy retozón cerca de la novena y de los cánticos, que duran de ocho a diez de la noche y como acaba la Novena del Niño y sigue el Mes de María o el Corazón de Jesús o el trisagio, para que salga con bien el marido o el hijo en tal o cual empresa política, puede decirse que casi todo el año, la mamacha se la lleva en festividades.

 

Nadie da un paso en el lugar sin consultar a la mamacha, que tiene además de las haciendas, chacarillas, corrales y casas en el pueblo; amén de una buena tienda de comercio, una bodega y varias tenduchas de vendimia.

 

De vez en cuando va a las haciendas, a las cosechas y descansa el pueblo de su presencia; se huyen las chinas y fugan algunos cholos, como se dice, sin noticias.

 

Ella regresa de la hacienda, trayendo de mayor a menor, repuestos de esclavos; chinitas de 3 a 11 años, cholitos de 5 a 20; chinas y cholitos que crecen como verdaderos "desterrados hijos de Eva, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas"; inteligentes, activos, fáciles de educar; pero enderezados a chicotazo limpio y a garrote.

 

Ninguno tiene nombre; todos tienen apodo o son llamados por la mamacha "el sonso, "la tuerta".

 

– "Cholo tal por cual".

– "indio bruto".

–"China fascinerosa", etc.

 

¿Qué padre, qué madre, qué pariente se va a atrever a reclamar a estos infelices, ni a pedir compasión para ellos?

 

Supongamos un malvado que penetrara a un jardín y que se complacierra en arrancar cogollos y botones de flores para pisotearlos después. Así la mamacha lleva a su kindergarten de infamia, a los hijos de quienes se le antoja en sus haciendas; y aquella pobre servidumbre al pie del batán pelando trigo, o cerca del chorro de agua, lavando la ropa; canta sus tonadillas, como única expansión de su espíritu; y la mamacha si los oye, los hace callar con un grito de insulto, las remeda y mesándolas de los cabellos: "¿con que cantando, no?"... les dice, como si cantar fuera un crimen.

 

YARAVI

 

Como los candos que caen

de su rama en los caminos

para que todos los pisen,

así los pobres nacimos.

 

¿En dónde estará mi madre?

¿qué será de mi hermanito?

¡qué felices las estrellas

que tan lejos se han subido!

 

¡Mátame, chungos, mejor

si he de vivir tan solito!

 

 

La mamacha, que instintívamente conoce la profunda intención de los cantos del indio, los hace callar a mojicones; pero ellos siempre cantan.

 

Y esa mujer, encarnación dorada de una barbarie secular, es una de las piedras angulares, sobre la que reposa el edificio político y social del interior de la Nación.

 

 


ABELARDO GAMARRA