LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

Las chirimoyas de Chiclín

 

 

Allá por el primer cuarto del siglo pasado, una de las más delicadas funciones de la excelentísima señora marquesa de Herrera y Valle Hermoso, y condesa de Valdemar de Bracamonte, era enviar de regalo las famosas chirimoyas producidas en la huerta de su hacienda "Nuestra Señora del Rosario de Chiclín".

 

Verdaderas ánforas de leche y de almíbar, gruesas, fresquísimas y con dos o tres semillas apenas, aquellas famosas chirimoyas llegaban desde el valle de Chicama en cestas de totora y entre mullida capa de hojas secas.

 

Como generalmente las enviaban verdonas, la marquesa tenía el cuidado de colocarlas en los cajones de ropa. Allí, –entre las faldas de raso y los corpiños de hilo de Flandes, de la marquesa y las camisas de madapolán y los chalecos, ombligueros del marqués–, las chirimoyas maduraban y de allí salían En artísticos azafates de los Bracamonte y las de los Cacho, a procurar el deleite de las personas que tenían la dicha de recibirlas.

 

A propósito de esas chirimoyas se contaba un día, en momentos en que el Libertador dejaba la mansión de los marqueses de Herrera donde había estado de tertulia, llegó una carreta de bueyes portando algunos cestos de ellas.

 

Un esclavo de la casa llamado Eustaquio, –que era muy listo y que en 1820 había favorecido por orden de su ama, la fuga del Coronel español tolrá–, presentó al Libertador una de las frtutas que empezaban a desembalar en el patio.

 

Dicen que Bolívar recibió la chirimoya y reparando que estaba cubierta de polvo, la devolvió exclamando en voz alta, como para que oyeran los dueños de casa que iban acompañándolo: – ¡Niño, he venido a libertar a tu tierra!, ¡No a comérmela!–

 

Aquella frase, era un puyazo contra las personas que como la marquesa, pensaban que Bolívar había venido para tragarse a los peruanos...

 

Todo lo que de más rancio y aristocrático existía en Trujillo por esa época, se disputaba las chirimoyas de Chiclín. Pero como la producción era casi siempre muy escasa, la marquesa no podía andar con mano crecedora cuando Legaba el momento de repartirlas y, naturalmente, daba la preferencia a sus familiares y amistades más íntimas.

 

Sus hermanas Doña María Josefa y Doña María Manuela de Cacho Lavalle, –casadas con los hermanos Don Juan José y Don Juan Alejo Martínez de Pinillos Larios–, y la lindísima Doña Manuelita de Tuesta y Burga, esposa de su hermano Don Tomás José de Cacho Lavalle, eran las agraciadas de cajón.

 

Si la cosecha había sido regularona, el azafate también llevaba el codiciado tesoro a Doña Clara de Arrieta y Mesones, viuda del mayorazgo de Facalá, quien siempre retornaba la fineza con guabas y pepinos de su fundo Monserrat, los más dulces de 40 leguas a la redonda. Y si la cosecha había sido abundante, –lo que ocurría rarísimas veces–, el azafate prolongaba sus viajes hasta el caserón que habitaba Doña Josefita de Luna Victoria, esposo de Don José de la Puente y Arce, el de Doña Rosita Cabero y Tagle, marquesa de Bellavista, y a otros pocos más...

 

Ahora bien: una mañana, a la hora en que el Sol empezaba a picar fuerte, una linda negrita muy emperegilada, –y con un gran azafate sobre las motitas asentadas con pomada de coco–, salía de la casa de los Bracamonte cimbreando el talle y con ganas de dar al diablo el hato y el garabato.

 

La noche anterior, había llegado de su hacienda Chuchún, situada en Cajamarca, Doña Manuelita de Tuesta y Burga; y su cuñada, la marquesa de Herrera, se apresuraba a enviarle como saludo de bienvenida, una docena de las famosas chirimoyas de Chiclín.

 

De pasabola, diremos que sin embargo de ser afirmación inconclusa aquella de que cuñadas y perras bermejas ¡pocas buenas!, la marquesa y Doña Manuelita no sólo se querían entrañablemente, sino que parecían forjadas en la misma turquesa. Pensaban de igual manera, tenían gustos semejantes y se conducían al unísono hasta en los melindres, ya que en ese punto, las dos eran de las que comían con tenedor las uvas.

 

Habrá que tener presente el hecho de que Doña Manuelita de Tuesta y Burga, no venía de caballeros de cuatro cepas y dos yugadas de tierra, sino de hidalgos que ostentaban león de oro con bandera de plata en campo de azur y que tenían tierras no sólo en el ombligo, sino en casi todo Cajamarca...

 

Cuenta la tradición trujillana que cuando la negrita finalizaba la calle que iba del Cabildo a la esquina del Pilancón, fue detenida por un clérigo de apellido Ortecho, que a horcajadas sobre lustrosa mula, –y provisto de sombrilla de tafetán verde–, llegaba de San Esteban, un barrio de los alrededores de la parroquia de Santa Ana, muy húmedo, muy sucio y donde los pulperos y aguadores, hacían la matanza de los perros vagos.

 

En ese barrio, el Padre Ortecho poseía unas huertas y platanares y se dedicaba a cebar cochinos, convencido de que sin dinero, no vale un cuatrín la vida.

 

¿Qué llevas en ese azafate, hija mía,– preguntó el reverendo que no gozaba fama de ser varón de los que pasan la vida con el pensamiento fijo en esas cosas que carcomen el seso y desnatan el entendimiento, sino en las que hacen caer la baba y engordar la tripa.

 

Van chirimoyas que manda de regalo mi amita la marquesa.–

 

¡Ajá!–, dijo el padre Ortecho plegando la sombrilla y empinándose sobre los estribos para ver lo que había en el azafate. –¿Y a quién manda esas chirimoyas tu amita la marquesa?

 

¡Vaya con el señó cura que pregunta má que el catecismo! Las manda a la niña Doña Manuelita que ayé yegó é la sierra!

 

Diciendo eso, la negrita sofocada por el calor y rendida con el peso del azafate, lo colocó un momento sobre el pilancón que existía frente a la que en nuestros días fue imprenta de "El Norte", lo cual aprovechó el goloso sacerdote que tirándose sobre las chirimoyas, –como gato a bofes–, y en un daca las pajas, las metió en sus alforjas diciendo: –¡Dile a tu amita, que cuando estaban en el árbol. éstas eran chirimoyas; que hasta hace un momento, eran chirisuyas; y que ahora, son... chirimías! Y espoleando la mula, dejó a la negrita para que la paparan duelos...

 

Aseguran que cuando la marquesa se enteró del lance, exclamó despectívamente: –¡No por temor a los gorriones, se deja de sembrar cañamones...

 

Y siguió regalando chirimoyas.

 

 


TRADICIONES DE TRUJILLO

CARLOS CAMINO CALDERON