LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

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Los mil y un fantasmas

"Ojos de ver y oídos de oir"

 

 

Son innumerables los cuentos de penas que en Lima asustaron a grandes y chicos. Hubo época que las conversaciones de gentes relatívamente serias, se referían casi por entero a comentar la última versión que corría sobre el fantasma de la calle tal, sobre el aparecido de la casa de Don Mengano, los señores X; porque diariamente, los apedreaban sin descubrirse el misterio, hasta que el terror los había convencido que eran aparecidos los apedreadores. Los fantasmas en Lima, pasaron por diversas vicisitudes, adquirieron todas las formas y se manifestaron como los más modernos espíritus, por medio de golpes, apariciones luminosas, frases entrecortadas y soplos siniestros, que por arte de birlibirloque, cerraban ventanas y abrían puertas en las que anticipadamente se habían corrido todos los cerrojos y se habían apoyado las más sólidas trancas.

 

Fueron de variadísimas clases los fantasmas. Pero todos tuvieron desmedida afición por las vestiduras blancas y al aparecer lo hacían con talares y albos ropajes, que arrastraban por los suelos. Elásticos y suaves, se deslizaban sin hacer ruido y crecían y se achicaban a voluntad. Tal es la fuerza de la leyenda, que el cronista al describrir lo que oyera de niño, cree efectívamnte ver deslizarse por algún corredor obscuro, la blanca y vaga aparición de un fantasma con la mirada muerta de sus vacías cuencas...

 

Sin embargo, en todos los hogares no faltaban espíritus escépticos, que no creían en las penas y que desesperaban a los crédulos con sus dudas. Pero, para ellos había una respuesta digna del Evangelio, sencilla y profunda. El alma a quien se decía que no había verdad en sus relatos, contestaba con bíblica superioridad: "Es que hay ojos de ver y oídos de oir". Y la frase se repetía como incontestable. Había pues, gentes que veían y gentes que escuchaban. Llegaban a los hogares y, portadoras inconscientes del misterio, luego que llegaban, relataban estupendas aventuras realizadas la víspera. Un día se trataba de un espantoso ruido de cadenas, mezclando con carcajadas estridentes o comprimidos sollozos; otro en la aparición de un perro negro, enorme y aullante que arrojaba llamas por los ojos; otro, interminable resonar de un batán movido por invisibles manos... Y así, con ejemplar monotonía, relataban ante la temerosa concurrencia, escenas espantosas en que las penas se habían apoderado de una casa y no dejaban vivir a los vecinos. Muchas veces ocurría que en la noche, a la hora familiar y tierna de la sobremesa, entraba al comedor, alguna de las tías viejecitas que volvía del trisagio y que, agitada y temblorosa, contaba la última noticia: "La casa de Misia Manonga, está maldita. Desde hace tres días, no cesan de escucharse gritos al sonar las campanas de las doce. Han registrado los rioncones y nada han encontrado. Han puesto imágenes en todas las puertas y los ayes se repiten. Han encendido la luz y nada han visto; han vuelto a apagarla y han renacido las lamentaciones. Han consultado al señor Cura; han hecho exorcizar hasta los últimos vericuetos y a las doce en punto, ha vuelto a taladrar los oídos de los vecinos, la cantaleta... Mañana se mudan".

 

En la tertulia doméstica, pasa con el relato un soplo trágico. La leyenda vulgar trae en sus alas algo del eterno misterio que nos circunda. Las niñas miran con pavor la sombra y una puerta lejana, que al cerrarse resuena con su particular chirrido, hace ponerse en pie, mudos y dilatadas las pupilas, hasta a los mocetones. Un viento frío que se cuela por la ventana, apaga el candil y se escucha, mientras atropelladamente buscan el pedernal para hacer lumbre; un castañeo de dientes y un ritmo apresurado y congojoso de golpes de pecho... Y éste era un cuadro frecuente en todos los hogares.

 

Había pues, ojos de ver y oídos de oir. No a todos era dado alternar con las penas. Pero muchos incrédulos, se convertían en edad tardía, alguna noche en que al entrar a la casa, una mano invisible, que era el postigo generalmente, les sujetaba por el faldón de la levita, con fuerza del otro mundo.

 

 

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UNA LIMA QUE SE VA

JOSE GALVEZ

Editorial PTCM, 1947

Lima, Perú

 

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