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Los Piratas
"¡Los piratas se acercan, los piratas pronto estarán en el Callao!" La noticia, al esparcirse en la Ciudad de los Reyes del Perú, en el mes de julio del año 1615, alborotó el ánimo tan quieto y reposado de los pobladores y vecinos ocupados en fiestas y actuaciones religiosas; en menesteres de sociedad, galanteos y labores caseras.
El corsario holandés Jorge Spitberg, había entrado con siete navíos por el Estrecho de Magallanes a los mares del Sur. Las costas chilenas fueron devastadas por los holandeses. El Virrey Marqués de Montesclaros, mandó tres embarcaciones contra los filibusteros y frente a Cerro Azul, se encuenra la flota del Virreynato con los bajeles corsarios, que derrotan a la escuadra colonial. Y Spitberg, triunfante, sigue rumbo al Callao.
En Lima, –al saberse que se acercan los corsarios a las costas del Perú–, resuenan las cajas, repican las campanas de los templos. En la Plaza Mayor, se reunen los Arcabuceros, lanceros y vecinos principales y las mujeres se refugian a orar en las iglesias. El recuerdo de las fechorías realizadas por los corsarios en los puertos y costas del Virreynato, está aun muy reciente. La ciudad ha de defenderse contra los bandoleros, cuya crueldad y osadía son tan tremendas. Y como Lima es profundamente, intensamente religiosa, ha de dirigirse a Dios, suplicando protección contra los horrores de una posible invasión corsaria.
El Virrey está armado y a caballo, listo a marchar contra los filibusteros. El camino al puerto se llena de caballeros acompañados de sus escuderos y criados, lanceros, arcabuceros –unos a pie, otros a caballo–, que apresuradamente han tomado un trago para templar su ánimo.
Las pardas velas de los bajeles corsarios, aparecen en el horizonte. Spitberg ordena el bombardeo del puerto. En lima el Virrey hace salir hasta los eclesiásticos, para impedir el desembarco de los piratas. Han comenzado en los templos, las rogativas; sólo Dios ha de salvar a la ciudad del ataque de los filibusteros.
En la iglesia de Santo Domingo, una gran muchedumbre de mujeres gime y reza fervorozamente, implorando al Dios misericordioso y a la Señora del Rosario. Entre estas mujeres hay una joven de dulce rostro y grandes ojos iluminados de ensueño místico, vestida con el hábito blanco y negro de las terciarias dominicanas.
Esta joven es una de las más fervientes y humildes implorantes de la misericordia divina. Está muy cerca del altar mayor; se ha colocado delante del Sagrado porque quiere morir defendiendo al Augusto Misterio de la Eucaristía.
Así pasan las horas; entre oraciones, lágrimas, gemidos, pavor e inquietud. La joven terciaria dominicana, que se llama Isabel Flores de Oliva, anima a sus compañeras con su fe, su fervor, su serenidad. "Dios nos proteje, confiemos en su providemncia", dirá con acento seguro y pleno de piedad.
Y Spitberg y sus hombres no llegan a desembarcar en el Callao y a venir a Lima. Los bajeles del negro pabellón y macabro diseño, se alejan del puerto y desaparecen en marcha hacia las costas del Norte.
En Lima, ciudad religiosa, ciudad de santos, templos y conventos, se entona en las iglesias, el "Te Deum", solemne y jubiloso. Cuando se haga la reseña de los acontecimientos de aquellos tiempos, se dirá que gracias a las plegarias de Rosa de Santa María, los corsarios no saquearon la Ciudad de los reyes del Perú.
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"EL MAR Y LOS PIRATAS" MARIA WIESSE Lima
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