LITERATURA

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

Un Soñador

 

 

Al pie de los Andes, en ese tambo perdido entre las punas, la almohada me pareció luego excesiva, cuando es tan fácil suplirla con el poncho plegado sobre la silla de montar. Además, me la trajo arrastrándola por carreteras y pesebres, un indiecito desharrapado que ostentaba en el rostro, dos cerezas de buen tamaño. Al acariciarle una mejilla con la mano, advertí que eran brotes recientes de la tremenda verruga del país.

 

Mediaba la noche de junio, un cuajarón de estrellas sanguinolentas alucinaba la soledad del trajinante; y era tarde, caramba, para observar las precauciones que me aconsejaron las almas caritativas en el puerto.

 

–¡No vaya a beber el agua, ni tocar a un enfermo! Le dará verruga y nadie, sino los indios, sabrán curarlo.

 

Pero las almas caritativas no habían trotado como yo, ocho horas seguidas, por desfiladeros ardientes, bajo amenaza de los altos cóndores que buscan presa en las cimas. Acepté la almohada, bebí el agua turbia y me tendí a dormir en el apoyo de tierra que las espaldas de otros caminantes, habían socavado como una tumba. El tambero. hombre discreto y bondadoso, vino tirando mi mula del ronzal, para advertirme:

 

–¡Cuidado, que se la van a robar.

 

Por consejo suyo até las riendas a mi mano izquierda, (la derecha sirve para el revólver) y así empezamos a dormir, la mula y yo, fraternalmente unidos por este lazo corredizo que nos despertaba a entrambos según los vaivenes del sueño. Entonces, la Luna llena, colándose por las rendijas del techo de paja brava, iluminó en el rincón de la pesebrera, una figura mítica. El hombre no parecía dormir, sino miraba en alto, con las manos cruzadas como un santo de iglesia. Su barba inculta, había crecido en libertad por el rostro amarillo, como la puna y trepaba hasta el confín de los ojos soberbios que relucían en el matorral nocturno de las cejas. Como si no hablara conmigo, dijo sin mirarme:

 

–Lo está desvelando la Luna. Así pasa, señor. Mire que la Luna está gorda; ya la van a trasquilar, Si caváramos, siguiendo su luz hacia el Norte, hallaríamos una veta de plata que llaman bonanza. También debe de haber oro; ¿se fijó al pasar en esos montes rojos? Son todo cobre y esos otros verdosos, son plata en barras. ¿Se figura, señor, esta injusticia? Yo conozco todo el mineral y las gentes no quieren hacerme caso. Usted viene buscando minas, por supuesto.

 

Nimbado en el plenilunio que le mojaba media barba, me miró desconfiadamente, y como yo hiciera un sigoo negativo, agregó:

 

–Bueno, no quiere confesar. Nadie confiesa. Bueno, así se comienza. Todos tienen miedo de que yo les arruine la ganancia, ¡badajo! Míreme esta pepita.

 

La mano mugrienta, rebuscó en el hatillo que colgaba del poncho, hasta dar con un magnífico pedazo de oro bruto. Yo palpé el revólver bajo mi poncho. Pero el hombre de las barbas, –"Sebastián Cabral, para servir a usted"– tenía de cerca la más inofensiva catadura que darse cabe. Sin preámbulos, empezó a contar su vida, divagando bajo la Luna aquella que daba al pesebre no sé qué exaltación de navidad.

 

–Así será, pues señor –murmuraba Sebastián Cabral, acariciando la frente de mi mula con una simpatía irresistible que no dejaba de inquietarme–.

 

–¡Si no quiere confesarlo, paciencia! Pero ¿quién no viene a la provincia para otra cosa? De aquí sacaron los gentiles, doctor, el oro y la plata del mundo. La Corona de los Cristos y la sortija de mi patrona Santa Rosa y todas las talegas que se jueron para los ricos, todo es oro peruano. Pero, mejorando lo presente, yo conozco el país de Loreto, donde los ríos arrastran pepitas más grandes que un maní. Oro puro, doctor, figúrese. Y allá nos fuimos con varios compañeros por caminos de infierno, anda y anda. Atraviese usted los ríos en balsa y camine por tierras de café y cómase usted monos gordos, que no son mala carne cuando saben guisarlos. Quince días, treinta días, cincuenta días. Las latas de conserva del suelo querían decir que otros pordioseros habían pasado ya. Los cocodrilos salían a mirarnos de los pantanos, llenos de risa; nos bebíamos dos obleas de quinina cada mañana y nos trompeteaban los oídos como si fuera el himno nacional, con tal inquina, ¡badajo!, que por la noche dábamos el alerta a cada rato si crujían las ramas o si los pericos pasaban sobre las cimas chillando. Hasta que quién te dice que por dos latas de jamón y una carabina, un indio conivo se ofreció a llevarnos a la tierra del oro. Era cerca, doctor, pero teníamos que atravesar el gran río donde está la serpiente dormida. Esos cholos le rezan a la serpiente, que se pasa las horas en el fondo del agua mirando las balsas que se atreven a pasar el rápido. No dice nada, pero eso sí, le da capricho cuando las gentes de la balsa conversan y el indio nos había recomendado que nos chistáramos. Todo mojado, daba grandes palotadas con un remo de chonta, cuando a lo mejor alguien tuvo miedo de irse a pique y se puso a gritar y la serpiente movió la cola en el fondo. Así naufragamos, doctor, cuando estábamos como quien dice en la puerta de la tierra del oro. En la orilla corrimos a unas hamacas colgadas de los árboles de caucho. "Amigos, amigos", gritábamos con una alegría sófera. Y cuando llegamos, mamita mía, ¡qué horror! En cada hamaca estaba un esqueleto. Se murieron de beri-beri por supuesto.; y uno de los muertos como que estaba a medio caer, porque el hombre quiso bajarse y no tuvo fuerza para huirse de ese infierno...

 

Mi interlocutor se había erguido brúscamente y por la quincha agujereada del tambo miró afuera con inquietud. Mi mula dejaba escapar un extraño grito, que era relincho y rebuzno. Una bala rebotó a mis pies; otra fue a atravesar la cabeza del buscador de oro, que cayó de bruces. Avanzaba yo a la defensiva, guareciéndome el rostro con el poncho, cuando escuché la voz del tambero:

 

–No se desgracie, doctor. Es la polecía.

 

La "polecía" del lugar estaba dígnamente representada por dos mulatos fornidos, uno con quepis y espadón, otro casi en cueros, pero llevando consigo un fusil muy respetable. Todo había ocurrido tan deprisa que yo sólo acerté a decir, con la severidad del limeño rebelde a las someras ejecuciones capitales de mi tierra:

 

–¿Por qué han matado a ese inocente?

 

El mulato del quepís, soltó una serie de interjecciones tan lujosas que iban más lejos que mi humilde persona, hacia los astros. Sin mirarme, lió en las manos blanquecinas, un cigarrillo; lanzó certeramente a la barba del cadáver, un horrendo escupitajo de bruja, y después ya más desahogado, dijo en voz de falsete:

 

–¿Pobrecito, no? ¡Mamita mía, el muy pendenciero!

 

Sólo cuando la policía hubo sacado de los andrajos del muerto, mi reloj de oro, que me robara con arte y discreción incomparables, pude creer que había pasado la noche con Taita viejo, el más ilustre bandido de la provincia.

     
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VENTURA GARCIA CALDERON

Lima - Perú

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