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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 
     

 

El Maestro

 

 

El Dr. D. Manuel A. Fuentes, en su interesante obra "Lima", describió con mucha propiedad a este personaje, quien generalmente era un tipo vestido de levita ancha y larga. Zapatos con lazos de cinta o hebilla; pechera de la camisa rizada, corbata y gorro blancos.

 

 

 

Llevaba además, un chicote en una mano y en la otra, una palmeta. Su léxico, estaba cargado de palabras en latín, las que intercalaba en toda conversación.

Según M.A.F., "La instrucción primaria, se vendía entonces en Lima, en dos clases de estable-cimientos:  las migas y las escuelas. Las primeras eran dirigidas  por respetables  matronas entre las cuales  habían  algunas  negras  y  zambas. Se les llamaba migas, porque a ellas concurrían niños de ambos sexos. Las escuelas estaban gobernadas por sabios profesores y a ellas sólo asistían los varones."

 

"La escuela era de más elevada categoría; en ella se leía libro, carta y proceso. Llegar al proceso era lo mismo que alcanzar el doctorado en la lectura. Los procesos eran copias de autos o de documentos que los maestros compraban a los escribanos. Se aprendía, además, en las escuelas, a escribir y las cuatro primeras reglas de aritmética; así es que para indicar que un niño había terminado su instrucción primaria, se decía: sabe leer, escribir y contar."

 

"En las migas, se pagaba por un niño o una niña, cuatro reales al mes. Como la maestra era generalmente devota de algún santo, los niños tenían que contribuir con algunas erogaciones para el culto de ese santo."

 

"La mesada de las escuelas variaba de uno a dos pesos; pero todos los muchachos debián llevar el sábado, al maestro, una rosca de manteca. Los maestros se encontraban pues con cuarenta o cincuenta roscas, cantidad mayor que la que podían consumir en toda la semana y acordaron muy sabiamente, sustituir la rosca con la propina, que consistía en la erogación semanal de un medio real."

 

Los muchachos, además de sus obligaciones como estudiantes, tenían que servir al maestro durante la semana, en ir a comprarle el rapé o los cigarrillos, el azúcar, las velas, etc. El sábado, tenían que barrer la escuela, sacudir las bancas y quemar una calceta para echar yesca en el yesquero."

 

"Los castigos de la escuela eran la pena de permanecer de rodillas cierto tiempo, en medio de la sala y la palmeta para casos leves. La de azotes que, en los casos graves, se aplicaban sobre la ropa y en cualquier parte del cuerpo y en los gravísimos a calzón quitado y en parte determinada."

 

Para celebrar el onomástico del querido maestro, sus alumnos encintaban el látigo y la palmeta, instrumentos con los que él solía corregirlos.  (LARS).