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A propósito de la burqua, prenda utilizada por la mujeres afganas en el nuevo milenio, bajo amenza de flajelo como castigo, nos viene a la memoria nuestra grácil limeña vestida con manto y saya de la época colonial; atuendo con algunas similitudes a la primera; pero que no se usaba con un sentido negativo o degradante, sino como expresión de una coquetería innata de la mujer limeña. Era su traje de paseo y que solamente se usaba en Lima.
Se cree que al igual como mucha de nuestras costumbres gastronómicas fueron heredadas de las esclavas musulmanas que llevaron los españoles al Perú después de Cristóbal Colón; igualmente este tipo de vestimenta también tiene algo de similitud con la que ellas usaban o usan en la actualidad.
La saya era una especie de falda grande, con una correa, para ceñirse a la cintura; confeccionada en seda, que generalmente era de color azul, castaño, negro o verde. Por abajo sólo permitía apreciar el diminuto pie de una limeña, que mostraba medias también de seda, envuelto en un zapato de badana o raso bordado.
El manto era igualmente de seda, que se amarraba a la cintura, subía por la espalda y cubría la cabeza y parte del rostro, del cual se dejaba sólo ver un ojo
Las limeñas de 1820, eran "demasiado mujer", al decir de María Wiesse; por lo cual, éstas no podían dejar de lucir su vestimente con coquetería y deseo de agradar.
Esta forma de vestir de nuestra limeña de antaño, vivió sus mejores experiencias en las corridas de toros, procesiones, los Portales de la Plaza Mayor o "a las once de la mañana en la calle de Mercaderes" y especialmente en la Alameda de los Descalzos, donde los atardeceres de los fines de semana eran testigos del garbo y belleza de quienes se escondían bajo tal vestimenta. Claro que muchas veces, algún "Don Juan" o acaso un "viejo verde", luego de lanzar su mejor repertorio de piropos se vió defraudado al descubrir bajo aquellas prendas de seda, las facciones de alguna no muy agraciada doncella; pues era casi imposible, conocer la configuración de un rostro femenino, que mostraba solo un ojo, aun cuando brillase como mil soles; "tomando el pelo" a esos galanes circunstanciales.
Esta especie de torneo, en el que los "conquistadores", trataban de encontrar una belleza angelical y aquellas féminas vestidas como para que los galanes adivinasen su suerte; daban lugar a escenas tan raras como divertidas; en las que muchas veces algún marido usaba todo su repertorio ante una escurridiza damisela, para al final descubrir que estuvo seduciendo a su propia novia o esposa. Estas pintorescas escenas, dieron lugar a que el poeta limeño Manuel Ascencio Segura, escribiera algunas picarescas comedias como "La Saya y el Manto", que luego se escenificaban en los teatros de Lima, para el deleite de la población.
A diferencia de las "tapadas" afganas, las limeñas estuvieron que enfrentarse a ciertos moralistas virreynales, quienes consideraban a deferencia de la burqua, que el manto y la saya limeñas, representaban una especie de inmoralidad, atentando contra las buenas costumbres; dando lugar a que en 1561, el cuarto Virrey del Perú, Diego López de Zúñiga y Velasco, dictara la primera ordenanza prohibiendo el uso de dicha prenda. A esta prohibición se unieron luego otros virreyes como Jerónimo Fernández de Cabrera, Baltazar de la Cueva y Pedro Fernández Castro; quienes durante sus respectivos gobiernos, expidieron iguales ordenanzas.
La historia dice que inclusive la Iglesia quiso intervenir en esta situación y en un Concilio presidido por el Arzobispo Santo Toribio, se trató de prohibir el uso de dicha vestimenta en las procesiones, así como el ingreso a los templos con ellas; bajo pena de sufrir la excomunión. El alboroto que armaron las limeñas fue tal que los Virreyes y el mismo Arzobispo, tuvieron que dar marcha atrás; lográndose solamente que las "tapadas" asisitiesen "destapadas" o sea sin usar manto, a las festividades religiosas.
La moda del manto y la saya, poco a poco se fue perdiendo en el curso de la historia de la Lima que se fue; esfumándose ese romanticismo al que dio lugar. Fueron cambiado las modas y la vestimenta que se mantuvo por casi 3 siglos, se vio destronada por la moda francesa, con la que se inició la influencia extranjera en nuestra capital. (LARS).
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