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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

Crónica de una pequeña travesía

 

 

Hace unos días no tocó salir de viaje hacia Atlantic City, una ciudad en expansión permanente debido al auge de los famosos Casinos que existen y a los que pronto seguirán siendo construídos. Esto sucede casi a la vez que edificios antiguos van cayendo víctimas de la implosión; técnica que la tecnología moderna ha perfeccionado, para simplificar el trabajo de demolición. Esto inclusive llama la atención de la gente, que como ávidos espectadores teatrales se apostan a un perímetro seguro, sólo para contemplar detonaciones en cadena, que dan lugar a la lenta caída de construcciones antiguas, dejando espacio para otros colosos más modernos; hasta que seguramente, futuro a cuestas, el hombre cree otro tipo de edificaciones y se repita la historia.

 

Las carreteras en la ciudad de Nueva York, no son tan modernas como algunas del estado de New Jersey; pero son muy transitadas, sobre todo en fines de semana y más aun cuando se converge en lo que se ha dado en llamar "fin de semana largo", cuando el día viernes forma parte del descanso consuetudinario. Lógicamente, sí son modernas si las comparamos con las carreteras de nuestros países, donde tienen menos carriles, no tienen mantenimiento permanente, no se paja peaje, salvo en alguna zona y a veces el viaje se torna monótono, por la aridez de nuestro suelo, sobre todo en la Costa.

 

Siempre fuimos amantes de tener un timón en nuestras manos y viene a nuestra memoria un incidente que causó tremendo susto a quienes lo presenciaron. Para nosotros, a nuestros tiernos 5 ó 6 años, fue una infusión de adrenalina tremenda, que aun parece electrizar nuestros nervios.

 

Había una bodega cerca de casa en Jesús María, donde residíamos y siempre llegaba un camión repartidor de vinagre, a dejar sus botellas de tal elemento. No era tan grande como los camiones que ahora circulan; era tal vez un poco más grande que una pick-up moderna. Este tipo de camiones pequeños, no tenían puerta y no se había inventado aún el encendido con llave; con sólo presionar un botón, el motor se ponía en marcha y eso llamó nuestra atención.

 

Un día, seguramente con el deseo ya premeditado de lograr nuestra primera hazaña automovilística, esperamos pacientemente dicho vehículo y luego de ver ingresar al chofer en busca de hacer su venta del día, nos lanzamos a la aventura. Escalamos el vehículo, apretamos el botón famoso y seguramente nos pareció raudo y veloz el corto recorrido que hicimos.

 

Experimentamos una pequeña travesía de apenas 10 metros, la que terminó gracias a Dios en una berma. No pudimos romper ningún record de velocidad, puesto que nuestros diminutos pies no llegaban aun a los pedales.

 

Años más tarde, alcanzada la adolescencia, molestábamos al viejo, sacándole furtívamente las llaves del auto y nos íbamos en pos de devorar el serpentín asfáltico de nuestra calles limeñas.

 

Pero todo este relato, viene a colación puesto que, siendo las distancias tan largas en este país; el viaje en mención, nos hacía recordar los viajes interprovinciales que nos gustaba realizar.

 

Hacer un viaje interprovincial por la costa o la sierra peruana, era siempre una muy grata aventura y seguramente muchos lo habrán experimentado. Posiblemente, hoy en día en que por aquello de ser países "tercermundistas" o "en vías de desarrollo", lamentablemente, nuestras vías de comunicación no habrán cambiado mucho. Y es probable que los mismos lugares donde solíamos parar en el camino, aun existan.

 

Tomar un café, una gaseosa y hasta una cerveza, en aquellas enormes botellas ambar tan refrescantes, sobre todo en los días de calor y circulando por la zona norte del Perú; era obligado. Cada una de aquellas, especie de inmensas chozas, algunas hechas de palos de algarrobo y esteras y otras más moderna de ladrillo, nos parecían un grato oasis luego de transitar kilómetros de kilómetros por la Carretera Panamericana.

 

Cada uno de estos lugares, era como una especie de zona de reunión para los camioneros que transportaban sus mercaderías, no en los inmensos camiones de 18 llantas que vemos por acá, sino en otros de menos tonelaje debido a lo angosto de nuestras pistas. Y así como aquí muchos camioneros se van comunicando con su radio de banda especial, en nuestras rutas era normal hacer una señal de saludo con la luz intermitente y en el mejor de los casos, parar a un costado de la carretera para dialogar y relajar las piernas.

 

Era pintoresco ver a los niños rodear los autos para vender sus frutas y golosinas o acaso ofrecernos servir de "cicerones’ en caseríos, donde recién llegábamos.

 

Deslumbraban nuestros ojos, no solamente la zonas verdes que eran pocas; también lo hacían las partes desérticas norteñas, donde solíamos ver, desafiantes algarrobos; a los que la naturaleza brindó el privilegio de ser solitarios atalayas en zonas donde el agua sólo llega cuando alguna nube, decide depositar gota a gota o torrencialmente, su líquido elemento.

 

Con el transcurrir del tiempo y la frecuencia de nuestro viajes; logramos ser tan conocidos como ellos. Nuestro padre construyó un Hostal en la ciudad de Sullana en Piura y debíamos realizar ese viaje cada semana por varios años; siempre en auto, pues lo considerábamos más emocionante que hacerlo en avión.

 

Algunas veces nos quedábamos como se dice "botados" en el camino, pero nunca faltó uno de esos amigos circunstanciales a muchos de quienes sólo hemos visto por una vez; quienes gentilmente paraban a brindarnos ayuda.

 

Siempre recordaremos gratamente, lo afable de nuestra gente. Algunas largas esperas en zonas como Suyo en la sierra de Piura, que recordará mucho Florencio Guerrero, donde había que esperar toda la noche puesto que la carretera se cerraba a media noche. "Cañazo" en mano, brindábamos con la misma euforia como si nos conociéramos de toda la vida y aquel malestar de la larga espera, se veía disminuido con tanta jovialidad y ocurrencia de nuestros camioneros. Llegada la madrugada, sabiendo que a muchos no volveríamos a ver; nos despedíamos con el deseo de volver a encontrarnos, seguramente y por qué no, ...en alguna carretera de otro lejano lugar.

 

 

© Luis A. Ramírez S.

Editor

Marzo 2001