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Lo hacía desde muy tempano, poco antes que el astro rey cubriera todos los rincones con su gran luminosidad. Sus "caseritos", luego de solicitar la acostumbrada "yapa"; podían así iniciar el día con un reanimante "café con leche", que los limeños aun están acostumbrados a saborear.
Las vacas eran ordeñadas en haciendas un tanto distantes y dos porongos de ese blanco contenido, eran colocados sobre cada acémila, antes de iniciar un recorrido diario, durante el que muchas veces, este personaje se enfrentaba a diversas situaciones anecdóticas.
Los dueños de las haciendas, decían que la leche, salía desde sus establos pura y que seguramente la lechera, en el camino y para generar un dinerito extra, incrementaba el volumen de su carga, agregándole agua. Algunas veces, cuando la policía realizaba una inspección rutinaria de los recipientes y encontraba signos de tal adulteración, requisaba inmediátamente todo el contenido de los famosos "porongos" y lo entregaba como donación, a los hospitales de Lima.
En otras oportunidades, por lo apartado de las haciendas, la lechera tenía que transitar por caminos rurales, casi obscuros y solitarios, lo que la expuso constantemente a los asaltos, donde perdía casi siempre, más que la leche misma.
Aquellos gritos de ¡La lechira!, se perdieron en el tiempo, con el cambio a la modernidad. (LARS).
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