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● BLASON ● TROQUEL ● LOS CABALLOS DE LOS CONQUISTADORES ● ¡QUIEN SABE!
¡Oh Ciudad de los Reyes! Va a cantarte el poeta. No es el inca suntuoso de arrogante silueta, ni es el aventurero de infatigable espada: es el virrey galante de peluca empolvada. Va a cantarte el poeta, que el virreynato evoca con el llanto en los ojos y el suspiro en la boca; porque extraña ese tiempo de primor y nobleza: ¡Oh dolor blasonado!, ¡Oh elegante tristeza...! Quien enjoya a su musa por atávicas leyes con la heráldica pompa de tus claros virreyes o la envuelve en misterios con su saya y su manto, ¡te devuelve lo tuyo, porque tuyo es su canto!
II
Una vez que cansado, de mi inútil paseo por el mundo, entré a Lima cual si entrase a un museo, sentí en mi alma el encanto de las viejas ternuras; y, en la noche, ganoso de correr aventuras, me lancé al otro lado del granítico puente y vagué por las calles de un gran barrio silente.
Me seguía la Luna como el sueño de un hada, con su blanco casquete de virreyna encantada; y, a la luz pavorosa de su fría linterna, escuché los rumores de una música interna, que me hablaba de cosas que se fueron, de gentes que pasaron, de tiempos que no son los presentes.
Las callejas tortuosas, los vetustos balcones, los arcaicos portales con sus pétreos blasones; y las plazas rendidas en que sólo la Luna divagaba a manera de un amor sin fortuna, fueron dando a mis ojos la impresión de esos días de prosapias heróicas, de noblezas bravías y de clásicos trajes que arrastraban sus colas en un largo paseo de tricornios y golas...
Vi temblar los relieves de las casas antiguas, animarse los santos de figuras exiguas que empotrados reposan en la esquina de cada callejón silencioso, desatarse la atada cuerda de las dormidas campanas herrumbrosas, abrirse los balcones cual fuertes mariposas que sus alas despliegan, brillar en los cristales floreados de las hondas ventanas conventuales las luces de otras fiestas y entre pausados sones salir pesadamente las largas procesiones...
Entendí lo que el río va diciendo en sus quejas, descifré el jeroglífico heróico de las rejas, combiné mentalmente las letras iniciales grabadas en las puertas, leí los madrigales y epigramas escritos en la cal de los muros y platiqué con frailes de conventos oscuros... Y la Luna, ceñida de religioso velo, mientras que yo vagaba, desde el fondo del cielo parecía seguirme como una enamorada, con la muda caricia de su lenta mirada...
III
¡Oh Ciudad de los Virreyes! Evocada en mis sueños, resurgiste en la noche el ayer, con diseños imprecisos y tintas sin vigor... Resurgiste –tú, la mujer alegre– como una estatua triste; pero al soplo de mi alma se reanimó tu barro. Cual las tenues visiones del humo del cigarro que desenvuelve ensueños en largas espirales, desataron los siglos sus sombras espectrales; y fueron dando vueltas ante mi fantasía, que entre las espirales de ese humo te veía.
Vi la Fuente de Bronce, prestidigitadora de agua en múltiples arcos en que la risa llora, que en mitad de tu Plaza dice murmuraciones y chismes por la boca de todos sus leones; tu Catedral, que es de esas ancianas catedrales con torres que parecen mitras episcopales; tu Palacio –el Palacio de los Conquistadores– que es un recuerdo vivo de otras gentes mejores; tu Puente de granito, que ante tantos despojos dilata mudamente sus espantados ojos; tu Alameda –anacrónica y solemne alameda– que luce su follaje de encarrujada seda como una dama antigua su acuchillado traje, a lo largo del río con su espuma de encaje; y tu Plaza de Toros, que es alegre y coqueta y vibrante como una redonda pandereta...
Y vi pasar hileras de ya olvidadas gentes: rostros enjutos, hondas pupilas, finos dientes entre risueños labios de epigrama, sombrías arrugas de entrecejos, sutiles ironías de expresión picaresca, semblantes satisfechos de nobleza, ostentosos y fementidos pechos; calesas, mitras, luces; ora un galán que escapa: la punta de un estoque debajo de una capa; ora una dama noble que va a misa: un rosario que sujeta su nácar entre un devocionario; gregüescos y jubones de pompa florentina, sayas de canutillo, peines de cornalina, hopalandas fastuosas y floretes labrados; tricornios de virreyes y cotas de soldados; casacones bordados de una caligrafía de oro y con botones hechos de pedrería; y, sobre todo aquello, la tapada limeña, la tapada que ríe, la tapada que sueña con un sabroso encanto de helénicos amores y va ofreciendo gracias y recogiendo flores, hundida en el misterio de su mantón, en que ella descubre sólo un ojo como una sola estrella, pues la mujer ceñida con un manto de viuda es más pecaminosa que la mujer desnuda...
Es así como pasa la astuta Castellanos, que enjoya a su faldero con primorosas manos y cubierto de alhajas lo luce en la Alameda, donde la aristocracia mirándolo se queda, consiguiendo la dama galante y desdeñosa que se ocupen del perro los que no de la hermosa; y es así como es digna de las muertas edades, con su caricatura del perro de Alcibiades. Es así como pasa la querida del viejo virrey Amat: le pide que le obsequie un espejo, y él le obsequia las aguas de un paseo en que un día multiplicadamente la cara se vería.
¡Salud, Paseo de Aguas, inconcluso durmiente! Eres ruina y no fuiste: tu pasado es presente; pero, en medio de tanta belleza o picardía, finges un cristal roto para mi fantasía, que te ve con tus aguas, con tu arco hoy derruido y con todo el orgullo que tú hubieras tenido. Así, miro en tus aguas la Lima del pasado como el remordimiento se mira en el pecado; y por eso es que en mi alma surge tu transparencia acusadora como si fuese una conciencia...
IV
¡Oh Lima! ¡Oh dulce Lima! Ciudad de los amores: en tí sí que los tiempos pasados son mejores... Tus fiestas y tus damas, tus cortes y tus lances, tus glorias llenarían diez tomos de romances; y has sido y serás siempre ciudad de la aventura, desde que el gran Pizarro vertió su sangre pura, que se esparció en las losas, así como un manojo de rosas que se hubieran mojado en vino rojo...
Bajo tu Sol, que es tibio, no hay nieves ni hay ardores; por eso son tan bellas tus damas y tus flores. Y así, como en ninguna región, se ve en tu suelo entreverados frutos del trópico y del hielo; que sólo en tí se juntan, cual si milagro fuera, los dos enamorados: el pino y la palmera.
Como tu clima, extraño también lo tienes todo. En el frontón de piedra sus armas talló el godo; y tras los cortinajes de seda desteñida, está la sala llena de una remota vida: en ella, los tapices borrados ya por viejos; los muebles de caoba; los húmedos espejos de lunas biseladas y marcos con escudos, que ven pasar los años como testigos mudos; las líricas arañas con tules; las alfombras en que sonar parecen los pasos de las sombras; los cuadros de doliente y mágicas pinturas que evocan todo un tiempo; y, a veces, armaduras, en donde, entre las aspas de acero contra acero, sobre un broquel, un casco sacude su plumero...
Retrato de hace un siglo: tú sabes propiamente que es un fantasma apenas la Lima del presente; tú que a las nietas oyes, sentadas en el piano, resucitar las notas de un tiempo ya lejano... ¡Oh, quién violar pudiese la idea y el anhelo que sólo tiene el mudo retrato del abuelo!
Así, cuando en el fondo del cielo se destaca la Luna como el vidrio de una linterna opaca, en las estrechas calles de tétricos balcones parece que renacen pretéritas visiones; y ya del cofre abierto de algún balcón resbala un lúgubre esbozado por la colgante escala, ya contra un quicio oculto le aguarda un caballero y hay de repente un choque relampagüeante y fiero, ya por la esquina llega la ronda y en un trazo se ven dos sombras que huyen y un solo linternazo.
V
¡Ciudad de los amores! Tú siempre grande has sido; pero eso no te emboza la capa del olvido: fue grande tu jolgorio, fue grande tu aventura; ¡y fueron también grandes tus días de amargura...! Quien rió tu alegría, quien lloró tu quebranto, quien enjoya a su musa por atávicas leyes con la heráldica pompa de tus claros virreyes o la envuelve en misterios con su saya y su manto, ¡te devuelve lo tuyo, porque tuyo es su canto!
Vino del mar el grupo de hombres blancos y hermosos, más fuertes que titanes, más altos que colosos, que en la playa aquel día surgieron de repente como una visión rara.
Tenía uno en la frente un lucero; otro héroe blandía en la mirada un rayo, que era como la hoja de una espada; otro, encima del pecho, la cruz; otro, en la mano, un halcón de nobleza; y otro un laurel pagano; todos vaciados eran como en un molde; todos se entendían al simple contacto de sus codos; todos tenían su alma bajo del mismo cuño, y se apretaban como los dedos en un puño.
El capitán lucía por signo de grandeza un sol, como aureola, detrás de la cabeza; mostraba una caricia perpetua de ternura en el tornasolado metal de su armadura; y si los pies movía, dejaba como huella una flor... una estrella..., y una flor... una estrella... --Y bien ¿para qué naves?
En la extensión remota del mar se balanceaba la aventura flota, como si recordase, desplegando en los cielos sus lonas, el simbólico adós de los pañuelos con que madres, hermanas, novias, en sus dolores, despidieron al grupo de los conquistadores. --¿Para qué naves?
Todos tendrán la misma suerte. El regreso es infame... La victoria o la muerte. Y, como en una de esas hazañas a que Homero consagra sus mejore exámetros de acero, Hernán Cortés, a modo de un dios del paganismo, manda quemar sus naves.
El encrespado abismo del mar hincha sus olas con regocijo; y luego que se enrosca en las naves la serpiente del fuego, cada ola que lame los pies de los soldados tiene sobre la arena leños carbonizados. El héroe con los ojos sin fin y alta la frente, se queda pensativo, mirando largamente el desfile, que es como de penachos y golas, de las espumas blancas sobre las negras olas; y, de súbito, lleno de la fe más segura, clava los ojos contra las selvas de la altura que se encrespan encima de los riscos; se siente ungido de gloria; y, ante su brava gente, exteiende como un guía, hacia el confín lejano, con gesto majestuoso, la imperativa mano.
Estremécese el grupo; ruge el león de España; y un tropel de caballos, penetra en la montaña...
El Ixtacíhuatl traza la figura yacente de una mujer dormida bajo el Sol; el Popocatépetl flamea en los siglos como una apocalíptica visión; y estos dos volcanes solemnes tiene una historia de amor, digna de ser cantada en las complicaciones de una extraordinaria canción
Ixtacíhuatl -hace ya miles de años- fue la princesa más parecida a una flor, que en la tribu de los viejos caciques del más gentil capitán se enamoró.
El padre augustamente abrió los labios y díjole al capitán seductor que si tornaba un día con la cabeza del cacique enemigo clavada en un lanzón, encontraría preparados, a un tiempo mismo, el festín de su triunfo y el lecho de su amor.
Y Popocatépetl fuese a la guerra con una esperanza en el corazón: domó las rebeldías de las selvas obstinadas, el motín de los riscos contra su paso vencedor, la osadía despeñada de los torrentes, la asechanza de los pantanos en traición; y contra cientos de cientos de soldados, por años de años gallardamente combatió.
Al fin tornó a la tribu; y la cabeza del cacique enemigo sangraba en su lanzón. Halló el festín del triunfo preparado, pero no así el lecho de su amor: en vez del lecho encontró el túmulo en que su novia, dormida bajo el Sol, esperaba en su frente el beso póstumo de la boca que nunca en vida la besó.
Y Popocatépetl quebró en sus rodillas el haz de flechas; y, en una sorda voz, conjuró las sombras de sus antepasados contra las crueldades de su impasible dios. Era la vida suya, muy suya, porque contra la muerte la ganó: tenía el triunfo, la riqueza, el poderí; pero no tenía el amor...
Entonces, hizo que veinte mil esclavos alzaran un gran túmulo ante el Sol: amontonó diez cumbres en una escalinata como de alucinación; tomó en sus brazos a su amada, y él mismo sobre el túmulo la colocó; luego encendió una antorcha, y, para siempre, quedóse en pie alumbranmdo el sarcófago de su dolor.
Duerme en paz, Ixtacíhuatl: nunca los tiempos borrarán los perfiles de tu casta expresión. Vela en paz, Popocatépetl: nunca los huracanes apagarán tu antorcha eterna como el amor...
Es un pájaro mudo, pero hermoso; una alhaja que ha salido volando de un arcón reluciente, en el hueco de un tronco, fino estuche trabaja, donde finge un penacho de monérquica frente.
Nunca en vil cautiverio sus prestigios rebaja; y antes goza el orgullo de morir libremente: si se quiebra las plumas, en su estuche se encaja y principia a morirse de la pena que siente...
Tal orgullo es su orgullo que es un símbolo alado, por su gesto de raza, por su instinto de gloria: el jamás vivió en rejas, ni jamás se ha manchado.
Con nobleza el artista y altivez de guerrero, ¡merecía la suerte de haber sido en la Historia un blasón con la frase de Francisco primero!
Soy el cantor de América autóctono y salvaje; mi lira tiene un alma, mi canto un ideal. Mi verso no se mece colgado de un ramaje con un vaivén pausado de hamaca tropical...
Cuando me siento Inca, le rindo vasallaje al Sol, que me da el cetro de su poder real; cuando me siento hispano y evoco el Coloniaje, parecen mis estrofas trompetas de cristal...
Mi fantasía viene de un abolengo moro: los Andes son de plata, pero el León de oro: y las dos astas fundo con épico fragor.
La sangre es española e incaico es el latido; ¡y de no ser poeta, quizás yo hubiese sido un blanco aventurero o un indio emperador!
No beberé en las linfas de la castalia fuente, ni cruzaré los bosques floridos del Parnaso ni tras las nueve hermanas dirigiré mi paso: pero, al cantar mis himnos, levantaré la frente.
Mi culto no es el culto de la pasada gente, ni me es bastante el vuelo solemne del Pegaso: los trópicos avivan la flama en que me abraso; y en mis oídos suena la voz de un Continente.
Yo beberé en las aguas de caudalosos ríos; yo cruzaré otros bosques lozanos y bravíos; yo buscaré a otra Musa que asombre al Universo.
Yo de una rima frágil haré mi carabela; me sentaré en la popa; desataré la vela; y zarparé a las Indias, como un Colón del verso.
Cada volcán levanta su figura, cual si de pronto, ante la faz del cielo, suspendiesen el ángulo de un vuelo dos dedos invisibles de la altura.
La cresta es blanca y como blanca pura: la entraña hierve en inflamado anhelo; y sobre el horno aquel contrasta el cielo, cual sobre una pasión un alma dura.
Los volcanes son túmulos de piedra, pero a sus pies los valles que florecen fingen alfombras de irisada yedra;
Y por eso, entre campos de colores, al destacarse en el azul, parecen cestas volcadas derramando flores.
LOS CABALLOS DE LOS CONQUISTADORES
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas relucientes y sus cascos musicales...
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!
¡No! No han sido los guerreros solamente de corazas y penachos y tizonas y estandartes, los que hicieron la conquista de las selvas y los Andes: los caballos andaluces, cuyos nervios tienen chispas de la raza voladora de los árabes, estamparon sus gloriosas herraduras en los secos pedregales, en los húmedos pantanos, en los ríos resonantes, en la nieves silenciosas, en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles...
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran áágiles!
Un caballo fue el primero en los tórridos manglares cuando el grupo de Balboa caminaba despertando las dormidas soledades, que, de pronto, dio el aviso del Pacíífico Océano, porque ráfagas de aire al olfato le trajeron las salinas humedades; y el caballo de Quesada, que en la cumbre se detuvo, viendo, al fondo de los valles el fuetazo de un torrente como el gesto de una cólera salvaje, saludó con un relincho la sábana interminable... y bajó, con fácil trote, los peldaños de los Andes, cual por unas milenarias escaleras, que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!
¿Y aquel otro de ancho tórax, que la testa pone en alto, cual queriendo ser más grande, en que Hernán Cortés un día, caballero sobre estribos rutilantes, desde México hasta Honduras, mide leguas y semanas, entre rocas y boscajes?
¡Es más digno de los laurees, que los potros que galopan en cánticos triunfales con que Píldora celebra las olímpicas disputas entre el vuelo de los carro y la fuga de los aires!
Y es más digno todavía de las Odas inmortales, el caballo con que Soto diestramente y tejiendo sus cabriolas como él sabe, causa asombro, pone espanto, roba fuerzas y, entre el coro de los indios, sin que nadie haga un gesto de reproche, llega al trono de Atahualpa y salpica con espuma las insignias imperiales...
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!
El caballo del beduino que se traga soledades; el caballo milagroso de San Jorge, que tritura con sus cascos los dragones infernales; el de César en las Galias; el de Aníbal en los Alpes; el centauro de las clásicas leyendas, mitad potro, mitad hombre, que galopa sin cansarse y que sueña sin dormirse y que flecha los luceros y que corre más que el aire; todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre, que los épicos caballos andaluces en las tierras de la Atlántida salvaje, soportando las fatigas, las espuelas y la hambres, bajo el peso de las férreas armaduras y entre el fleco de los anchos estandartes, cual desfile de heroísmos coronados con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante... en mitad de los fragores decisivos del combate, los caballos con sus pechos arrollaban a los indios y seguían adelante; y, así, a veces, a los gritos de ¡Santiago! entre el humo y el fulgor de los metales, se veía que pasaba, como un sueño, el caballo del Apóstol a galope por los aires...
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!
Se diría una epopeya de caballos singulares que a manera de hipogrifos desalados o cual río que se cuelga de los Andes, llegan todos sudorosos, empovados, jadeantes, de unas tierras nunca vistas a otras tierras conquistables; y, de súbito, espantados por un cuerno que se hinca con soplido de huracanes, dan nerviosos un relincho tan profundo que parece que quisiera perpetuarse... y, en las pampas sin confines, ven las tristes lejanías, remontan las edades, y se sienten atraídos por los nuevos horizontes, se aglomeran, piafan, soplan... y se pierden al escape: detrás de ellos una nube, que es la nube de la gloria, se levanta por los aires...
¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!
En el bosque, de aromas y de músicas lleno, la magnolia florece delicada y ligera, cual vellón que en las zarpas enredado estuviera, o cual copo de espuma sobre lago sereno.
Es un ánfora digna de un artífice heleno, un marmóreo prodigio de la Clásica Era: y destaca su fina redondez a manera de una rama que luce descotado su seno.
No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto. Hay entre ella y la luna cierta historia de encanto, en la que una paloma pierde acaso la vida:
Porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve, como un rayo de luna que se cuaja en la nieve, o como una paloma que se queda dormida.
Enorme tronco que arrastró la ola, yace el caimán varado en la ribera: espinazo de abrupta cordillera, fauces de abismo y formidable cola.
El Sol lo envuelve en fúlgida aureola; y parece lucir cota y cimera, cual monstruo de metal que reverbera y que al reverberar se tornasola.
Inmóvil como un ídolo sagrado, ceñido en mallas de compacto acero, está ante el agua extático y sombrío,
a manera de un príncipe encantado que vive eternamente prisionero en el palacio de cristal de un río.
Anforas de cristal, airosas galas
1. El charro
Viste de seda: alhajas de gran tono; pechera en que el encaje hace una ola, y bajo el cinto, un mango de pistola, que él aprieta entre el puño de su encono.
Piramidal sombrero, esbelto cono, es distintivo en su figura sola, que en bridón de enjaezada cola no cambiara su silla por un trono.
Siéntase afirme; el látigo chasquea; restriega el bruto su chispeante callo, y vigorosamente se pasea...
Dúdase al ver la olímpica figura si es el triunfo de un hombre en su caballo o si es la animación de una escultura.
2. El llanero
En su tostada faz algo hay sombrío: tal vez la sensación de lo lejano, ya que ve dilatarse el océano de la verdura al pie de su bohío.
El encuadra al redor su sembradío y acaricia la tierra con su mano. Enfrena un potro en la mitad de un llano o a nado se echa en la mitad de un río.
El, con un golpe, desjarreta un toro; entra con su machete en el boscaje y en el amor con su cantar sonoro,
porque el amor de la mujer ingrata brilla sobre su espíritu salvaje como un iris sobre una catarata...
3. El gaucho
Es la Pampa hecha hombre: es un pedazo de brava tierra sobre el sol tendida. Ya indómito corcel ponen la brida, ya lacea una res: él es el brazo.
Y al son de la guitarra, en el regazo de su «« prenda»», quejoso de la vida, desenvuelve con voz adolorida una canción como si fiera un lazo...
Cuadro es la Pampa en que el afán se encierra de gaucho, erguido en actitud briosa, sobre ese gran cansancio de la tierra;
porque el bostezo de la Pampa verde es como una fatiga que reposa o es como una esperanza que se pierde...
Era un camino negro. La noche estaba loca de relámpagos. Yo iba en mi potro salvaje por la montaña andina.
Los chasquidos alegres de los cascos, como masticaciones de monstruosas mandíbulas, destrozaban los vidrios invisibles de las chatas dormidas.
Tres millones de insectos formaba una como rabiosa in armonía.
Súbito, allí, a lo lejos, por entre aquella mole doliente y pensativa de la selva, vi un puñado de luces como en tropel de avispas.
¡ La posada! El nervioso látigo persignó la carne viva de mi caballo, que rasgó los aires con un largo relincho de alegría.
Y como si la selva lo comprendiese todo, se quedó muda y fría.
Y hasta mí llegó entonces, una voz clara y fina de mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto una lenta... muy lenta... melodía: algo como un suspiro que se alarga y se alarga y se alarga... y no termina.
Entre el hondo silencio de la noche, y al través del reposo de la montaña, oíanse los acordes de aquel canto sencillo de una música íntima, como si fuesen voces que llegaran desde la otra vida...
Sofrené mi caballo; y me puse a escuchar lo que decía:
-Todos llegan de noche, todos se van de día... Y formándole dúo, otra voz femenina completó así la endecha con ternura infinita:
-El amor es tan sólo una posada en mitad del camino de la Vida... Y las dos voces, luego, a la vez repitieron con amargura rítmica:
-Todos llegan de noche, todos se van de día...
Entonces, yo bajé de mi caballo y me acosté en la orilla de una charca.
Y fijo en ese canto que venía a través del misterio de la selva, fui cerrando los ojos al sueño y la fatiga.
Y me dormí arrullado; y, desde entonces, cuando cruzo las selvas por rutas no sabidas, jamás busco reposo en las posadas y duermo al aire libre mi sueño y mi fatiga, porque recuerdo siempre aquel canto sencillo de una música íntima:
-Todos llegan de noche, todos se van de día.
El amor es tan sólo una posada en mitad del camino de la Vida...
!...
Indio que asomas a la puerta de esta tu rústica mansión: ¿para mi sed no tienes agua? ¿para mi frío, cobertor? ¿parco maíz para mi hambre? ¿para mi sueño, mal rincón? ¿breve quietud para mi andanza?... -¡Quién sabe, señor!
Indio que labras con fatiga tierras que de otros dueños son: ¿ignoras tú que deben tuyas ser, por tu sangre y por tu sudor? ¿ignoras tú que audaz codicia, siglos atrás, te las quitó? ¿ignoras tú que eres el Amo?... -¡Quién sabe, señor!
Indio de frente taciturna y de pupilas sin fulgor: ¿qué pensamiento es el que escondes en tu enigmática expresión? ¿qué es lo que buscas en tu vida? ¿qué es lo que imploras a tu Dios? ¿qué es lo que sueña tu silencio? -¡Quién sabe, señor!
¡Oh raza antigua y misteriosa de impenetrable corazón, que sin gozar ves la alegría y sin sufrir ves el dolor: eres augusta como el Ande, el grande Océano y el Sol. Ese tu gesto que parece como de vil resignación, es de una sabia indiferencia y de un orgullo sin rencor...
Corre en mis venas sangre tuya, y, por tal sangre, si mi Dios me interrogase qué prefiero -cruz o laurel, espina o flor, beso que apague mis suspiros o hiel que colme mi canción- responderíale dudando: -¡Quién sabe, señor!
NOSTALGIA
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