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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

El Provinciano

 

 

 

"Las locas ilusiones

me sacaron de mi pueblo...";

 

Así inicia la canción "El Provinciano" del compositor Laureano Martínez Smart; una melodía bastante antigua pues recordamos que nuestro padre solía referirse a ella como la canción de despedida que le cantaran sus amigos de "Radio Delcar", cuando dejara su Chiclayo querido para dirigirse a Lima, en busca de mejores horizontes. Era el año de 1943.

 

"Abandoné mi casa

para ver la capital...",

 

prosigue la melodía y cuando teníamos la tierna edad de apenas cinco o seis años, seguramente nos parecía que había sido escrita para él. Pero en el transcurso de los años, nos fuimos dando cuenta que somos muchos los que hemos seguido un periplo parecido y más aun, con mucha similitud con la filosofía que le impregnó su autor.

 

"Como recuerdo el día,

feliz de mi partida,

sin reparar en nada

de mi pueblo me alejé".

 

La nostalgia es una de las emociones humanas a las cuales no puede escapar el hombre. Aquel que no recuerde algo emotivo, aun cuando pudiera traernos un poco de tristeza, no puede apreciar el valor de las vivencias. Con alegrías y tristezas, se va forjando el espíritu del hombre, así como el fuego y el yunque, forjan la dureza del acero.

 

Nuestro padre, primero tuvo como meta la capital de su patria, Lima; más tarde, sería, New York, la capital del mundo; pero seguramente en la meta de cada quien hay una ciudad capital en especial que se muestra atractiva en ese horizonte que nuestras ilusiones forjan, cuando los ideales van más allá de una constante rutina y nuestras aspiraciones sobrepasan aquellas fronteras físicas, dentro de las cuales ya no pueden encajar y necesitamos buscar ávidamente un espacio más amplio o más adecuado para desarrollarlas.

 

"Y mientras que mi madre,

muy triste y sollozando,

decíame hijo mío,

llévate mi bendición".

 

A todos nos habrá despedido alguien en aquel punto en que el adiós es más emotivo. También, en forma espiritual, nos lo habrá hecho nuestra madre patria, el terruño, el barrio, el hogar. Figuratívamente, es fácil dejar que nuestra mente sobrepase esos insondables mecanismos que manejan la espiritualidad. ¿Acaso no podría ser posible que de alguna forma, esas cosas materiales también echen de menos nuestra energía y al haberse creado un gran espacio o distancia al alejarnos, sientan que ella ha disminuido? La naturaleza es muy compleja y aun hay muchos mecanismos que desconocemos. Además, es humano que querramos creerlo de esa manera, como cuando profesamos nuestra fe en un Creador al cual nunca hemos visto o como lo dijo el heresiarca Tertuliano "Credo quia absurdum": Creemos sin necesidad de comprender.

 

"Y ahora que conozco la ciudad

de mi dorado sueño

y veo reflejada la ilusión

que en mi querer forjé,

es cuando el desengaño

de esta vida me entristece

y añoro con dolor mi dulce hogar.

Luché como varón para vencer

y pude conseguirlo,

alcanzando el anhelo de vivir

con todo esplendor".

 

Al margen de nuestros logros, a medida que vayamos madurando sin envejecer; siempre nos asaltará aquella incógnita de si en realidad aquella capital de nuestro "...dorado sueño", fue la misma idealizada en nuestros años juveniles con aires de conquista. Siempre existirá esa antinomia entre nuestra decisión de haber o no buscado ese horizonte. Mejor dicho, estaremos felices y satisfechos de nuestros logros, pero inconformes con todo lo que tuvimos que invertir emocionalmente.

 

¿Alguien puede negarse a sí mismo las vibraciones emocionales y el incremento del diástole-sístole al recuerdo de aquellas vivencias lejanas que moldearon nuestro espíritu? Un poco aventureros, acaso nuestro último biberón, nuestro primer juguete, nuestras primeras bolitas para jugar "a los ñoquitos"; nuestra primera travesura, la primera luna que rompimos al vecino de una pedrada, el primer tranvía que gorreamos, la primera enamorada, el primer beso. Más intelectuales, nuestro primer libro, acaso el primer poema que escribimos, la primera libreta con todas las notas en "color azul", nuestras graduaciones, etc. Siempre habrá muchos momentos, cada uno en su espacio-tiempo exacto, hacia el cual viajaremos en aquella máquina del tiempo que aún no se ha inventado, pero que siempre utilizaremos.

 

"Y en medio de esta dicha,

me atormenta la nostalgia

del pueblo en que dejé

mi corazón".

 

Como dijo Borges, "El pasado es indestructible, siempre vuelve....".

 

 

© Luis A. Ramírez S.

Editor

17 de diciembre del 2001