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Adiós a un amigo
Una noticia
triste vuelve a llenar nuestro espíritu de nostalgia. Otro amigo zarpa
desde un puerto imaginario hacia esa otra dimensión, donde se viaja apenas
cesan nuestros signos vitales, antes de quedar nuestro cuerpo
convertido en polvo, de lo cual -según la Biblia- fue creado.
Otro amigo, cuya figura se nos presenta en el horizonte tan lejos como
aquella infancia que hermanó nuestra niñez, se sumó al grupo que
paulatínamente se va alejando físicamente de nosotros, dejando aquellas
calles de nuestro querido Pueblo Libre, aun más sombrías.
Julio Fernández Velásquez, perdió luego de tenaz batallar, su lucha contra
el cruel y terminal cáncer, mal que lo mantenía postrado desde hace
algunos meses en el Hospital del Empleado. Se llevó con él, gran parte de
sueños no cumplidos por la terrible enfermedad; pero dejó una trayectoria
limpia y llena de enseñanzas que su capacidad logró absorber en la
intensidad de sus horas de estudio.
Julio era un poco menor que yo, ya que mi generación es la de su hermano
Gerardo “Lalo”, empero igual; tuve oportunidad de conocer a toda su
familia y de alguna forma mantener una amistad, que quedó latente en el
tiempo y la distancia a pesar de mi alejamiento del barrio, cuando decidí
emigrar hacia los EE.UU., en busca de mejores horizontes. Lo recuerdo con
su pausado dialogar, pero lleno de convicciones que irían afirmando su
espíritu luchador para lograr las metas que se iba planteando.
Julio fue uno de aquellos valientes que decidieron “Apostar por el Perú”.
Amó entrañablemente su patria y se quedó a gozar del ambiente, los lugares
y la cercanía de nuestra gente; algo que yo me perdí.
Se quedó para aprender cómo ayudar al engrandeciemiento de su nación, a
través de su lucha social. Fue una persona íntegra, sencilla, decente,
honrada y sobretodo respetuoso de los demás. Un luchador que no se
amilanaba ante las adversidades de la vida; menos ante la irreverencia de
gobernantes que han mantenido al Perú o mejor dicho a nuestros
compatriotas, oprimidos bajo falsas promesas de prosperidad.
Julio deja dos hijos: Lucía, talentosa artista plástica y Diego, doctorado
en Psicología. De su obra literaria, quedan dos libros y uno más en prensa.
El día de su velorio, alguien puso una bandera peruana sobre su féretro.
"Como si fuera un héroe", dijo acongojada, su hija Lucía a Juan Acevedo,
otro de nuestros gratos amigos, presente en dicha despedida; a lo que él agregó
"que le parecía bien... porque Julio había amado intensamente al Perú”.
Julio... Descansa en Paz.
© Luis A. Ramírez S.
5 de septiembre, 2005
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