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Alturas de Machu Picchu
Subió una mujer al tren, portando una gran canasta dentro de la cual
llevaba una vasija de barro. Algo vendía y me acerqué a ver. Luego me
encontré comiendo un agradable asado y un pedazo de pan. Muchos de los
viajeros, a pesar de varias horas de viaje sin probar absolutamente nada,
no parecían tener la menor intención de llenar el estómago. Algunos
mencionaban entre dientes su temor al vómito por la altura a la que no
estaban acostumbrados.
Hacía algunas horas que el tren parecía cansado de trepar inmensas cumbres
en su ruta hacia el Cuzco, aquella ciudad milenaria que había descubierto
paradójicamente un norteamericano: Iran Bingham. Grandes bocanadas de humo
salían de su chimenea, como exhalación constante por el esfuerzo. La gente
del lugar, se quedaba ensimismada observando los sofisticados equipos
fotográficos de algunos de los viajeros. Otros, apenas si prestaban
atención a lo que sucedía a su alrededor y simplemente miraban el paisaje,
donde pastaban llamas, vicuñas y alpacas; animales que exhibían la lana de
su enponjosa piel. Cada cierto tramo en que el tren paraba para dejar
bajar y a la vez subir a nuevos clientes, aparecían vendedores para ofrecer
sus productos.
El tren salió desde la blanca ciudad de Arequipa. Este sistema, ofrece cuatro clases
turísticas: segunda, primera, turismo ejecutivo (pullman) e Inca. Las dos
últimas son las más recomendables y una de las advertencias principales
son, tener cuidado por los robos que generalmente ocurren en “segunda y
primera”; las que igualmente, no ofrecen calefacción y el frío es intenso en
aquellas zonas de puna.
Tomamos el tren de clase ejecutivo; que llega primero a Juliaca, luego de
pasar por Crucero Alto, alcanzando el punto de mayor altitud en su ruta
(4.500 m); sobre un paisaje espectacular. De allí, comenzará un leve, pero
sostenido, descenso hasta el Cusco, que se encuentra a unos 3,500 metros
de altura.
Cusco, la capital arqueológica de América, es una ciudad de piedra, de
gran misticisno religioso, que lo comprueba el alto número de iglesias.
Muchas de las edificaciones son de épocas incaicas o tal vez anteriores a
dicha civilización. Buscamos hospedaje y lo hallamos en casa de un amigo
lejano que se había quedado prendado de una bella mujer de rasgos incas,
leal y trabajadora. Un agradable café nos acompañó por algunas horas, en
una amena tertulia antes de iniciar un reparador descanso en un colchón
acomodado para la ocasión. A la mañana siguiente, muy temprano, reiniciamos
el viaje, esta vez en otro tren que sería el encargado de culminar el
tramo que nos separaba de la ciudadela de Machu Picchu. Eran las 6:00 de
la mañana, de una fría temporada, pero con un Sol resplandeciente, retado
por la fría puna y una que otra blanca nube en el horizonte. Llegamos a la
estación, donde ya encontramos muchos madrugadores esperando que abrieran
las ventanillas para comprar sus respectivos pasajes.
Saliendo del Cusco, el tren inició su ascenso zigzagueante a través de las primeras
montañas en su ruta. Desde esa altura, muchos volvimos la mirada para
poder divisar panorámicamente la ciudad. Más tarde estábamos viajando
sobre lo que alguna vez fue el Valle Sagrado de los Incas, cuya energía
parecíamos recibir como una sensación de majestuosidad en esos bellos y
coloridos paisajes; que se perdieron al llegar a enormes pendientes rocosas
en cuyas laderas serpenteaban los rieles que guiaban el metálico vehículo
que nos transportaba. Al lado opuesto a la montaña, surcaba el río Urubamba, de crecientes aguas que resplandecían con el color azul vívido
del cielo, cuyo rugido nos acompañó, hasta llegar a la estación ferroviaria
de Puente Ruinas.
Al bajar, parecíamos estar dentro de un profundo barranco. Elevadas
montañas casi verticales, nos rodeaban. La ciudadela de Machu Picchu, se
encontraba al otro lado del río y debíamos decidir si abordar un autobus o
realizar la subida a pie, por un sendero bautizado con el nombre del
descubridor de las ruinas: Iran Bingham. Nos decidimos por realizar la
caminata. Los rayos del Sol ya estaban emitiendo calor en su pleno
apogeo; el grado de humedad también era alto y el declive del camino,
bastante pronunciado, por lo cual tuvimos que realizar pequeños descansos cada
cierto tramo. Muchos ya iban mostrando el cansancio propio de la falta de
experiencia en este tipo de actividad si la podemos denominar de alguna
forma, al ascenso que estábamos realizando. Casi una hora y media después
de iniciar esta travesía, llegamos a la entrada oficial de las ruinas, una
especie de garita, controlada por la policía local y la municipalidad.
Para ingresar a éstas, hay que pagar una tarifa. Turistas extranjeros
pagan una cifra y los peruanos otra.
Ingresar a las ruinas, es como hacerlo a un espacio detenido en el tiempo;
donde la dimensión de sus inmensas piedras y las estructuras de sus
diferentes monumentos, nos hablan de la capacidad alcanzada por aquella
gran civilización que alguna vez la construyó. El mismo río que nos vino
acompañando durante todo el camino (Urubamba), abraza también la
impresionante montaña, desde cuya altura se le puede aun ver raudo, abajo,
a unos trescientos metros.
Tuvimos suerte de llegar en época de poca afluencia turística (agosto) y
por momentos nos encontrábamos solos, en medio de esa dimensión de rocas,
el viento que soplaba su grata brisa, en un espacio-tiempo que parecía
inerte en la eternidad.
Para describir la grandiosidad de estas construcciones y darle la rima
apropiada a dicha definición, a través de cada frase; hay que ser poeta.
Sólo así, se le podría dar el verdadero valor a lo que nuestros ojos
pueden percibir en esta parte del planeta. Creo que Pablo Neruda, sintió en toda
su dimensión la energía que aquí se siente, lo que le permitió crear “Alturas de Machu Picchu”; poema del que tomé prestado el título para
atraerlos a su lectura.
Lo que debo confesar ahora, es que nunca estuve en este lugar. Es uno de
los pecados que he cometido y del cual yo debo absolverme a mí mismo y no
el cura de mi parroquia. Este fue sólo un recorrido que hice a través de la óptica de amigos y
familiares, siguiendo sus amenos relatos.
© Luis A. Ramírez S.
Julio 2003
Alturas de Machu
Pichu(*)
I
Del aire al aire, como una red vacía,
iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo,
en el advenimiento del otoño la moneda extendida
de las hojas, y entre la primavera y las espigas,
lo que el más grande amor, como dentro de un guanteque cae,
nos entrega como una larga luna.
(Días de fulgor vivo en la intemperie
de los cuerpos: aceros convertidos
al silencio del ácido:
noches desdichadas hasta la última harina:
estambres agredidos de la patria nupcial.)
Alguien que me esperó entre los violines
encontró un mundo como una torre enterrada
hundiendo su espiral más abajo de todas
las hojas de color de ronco azufre:
más abajo, en el oro de la geología,
como una espada envuelta en meteoros,
hundí la mano turbulenta y dulce
en lo más genital de lo terrestre.
Puse la frente entre las olas profundas,
descendí como gota entre la paz sulfúrica,
y, como un ciego, regresé al jazmín
de la gastada primavera humana.
II
Si la flor a la flor entrega el alto germen
y la roca mantiene su flor diseminada
en su golpeado traje de diamante y arena,
el hombre arruga el pétalo de la luz que recoge
en los determinados manantiales marinos
y taladra el metal palpitante en sus manos.
Y pronto, entre la ropa y el humo, sobre la mesa hundida,
como una barajada cantidad, queda el alma:
cuarzo y desvelo, lágrimas en el océano
como estanques de frío: pero aun
mátala y agonízala con papel y con odio,
sumérgela en la alfombra cotidiana, desgárrala
entre las vestiduras hostiles del alambre.
No: por los corredores, aire, mar o caminos,
¿quién guarda sin puñal (como las encarnadas
amapolas) su sangre? La cólera ha extenuado
la triste mercancía del vendedor de seres,
y, mientras en la altura del ciruelo, el rocío
desde mil años deja su carta transparente
sobre la misma rama que lo espera,
oh corazón, oh frente triturada
entre las cavidades del otoño.
Cuántas veces en las calles del invierno de una ciudad
o en
un autobús o un barco en el crepúsculo,
o en la soledad
más espesa, la de la noche de fiesta,
bajo el sonidode sombras y campanas,
en la misma gruta del placer humano,
me quise detener a buscar la eterna veta insondable
que antes toqué en la piedra
o en el relámpago que el beso desprendía.
(Lo que en el cereal como una historia amarilla
de pequeños pechos preñados va repitiendo un número
que sin cesar es ternura en las capas germinales,
y que, idéntica siempre, se desgrana en marfil
y lo que en el agua es patria transparente, campana
desde la nieve aislada hasta las olas sangrientas.)
No pude asir sino un racimo de rostros o de máscaras
precipitadas, como anillos de oro vacío,
como ropas dispersas hijas de un otoño rabioso
que hiciera temblar el miserable árbol de las razas asustadas.
No tuve sitio donde descansar la mano
y que, corriente como agua de manantial encadenado,
o firme como grumo de antracita o cristal,
hubiera devuelto el calor o el frío de mi mano extendida.
¿Qué era el hombre?
¿En qué parte de su conversación abierta
entre los almacenes de los silbidos,
en cuál de sus movimientos metálicos
vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?
III
El ser como el maíz se desgranaba en el incansable
granero de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete, al ocho,
y no una muerte, sino muchas muertes llegaba a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio,
una pequeña muerte de alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo,
el ganadero: el hijo de los puertos, o el capitán oscuro del arado,
o el roedor de las calles espesas:
todos desfallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria:
y su quebranto aciago de cada día era
como una copa negra que bebían temblando.
IV
La poderosa muerte me invitó muchas veces:
era como la sal invisible en las olas,
y lo que su invisible sabor diseminaba
era como mitades de hundimientos y altura
o vastas construcciones de viento y ventisquero.
Yo al férreo vine, a la angostura
del aire, a la mortaja de agricultura y piedra,
al estelar vacío de los
pasos finales
y a la vertiginosa carretera espiral:
pero, ancho mar, oh muerte!, de ola en ola no vienes,
sino como un galope de claridad nocturna
o como los totales números de la noche.
Nunca llegaste a hurgar en el bolsillo, no era
posible tu visita sin vestimenta roja:
sin auroral alfombra de cercado silencio:
sin altos enterrados patrimonios de lágrimas.
No pude amar en cada ser un árbol
con su pequeño otoño a cuestas (la muerte de mil hojas)
todas las falsas muertes y las resurrecciones
sin tierra, sin abismo:
quise nadar en las más anchas vidas,
en las más sueltas desembocaduras,
y cuando poco a poco el hombre fue negándome
y fue cerrando paso y puerta para que no tocaran
mis manos manantiales su inexistencia herida,
entonces fui por calle y calle y río y río,
y ciudad y ciudad y cama y cama,
y atravesó el desierto mi máscara salobre,
y en las últimas casas humilladas, sin lámpara, sin fuego,
sin pan, sin piedra, sin silencio, solo,
rodé muriendo de mi propia muerte.
V
No eras tú, muerte grave, ave de plumas férreas,
la que el pobre heredero de las habitaciones
llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía:
era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:
un átomo del pecho que no vio al combate
o el áspero rocío que no cayó en la frente.
Era lo que no pudo renacer, un pedazo
de la pequeña muerte sin paz ni territorio:
un hueso, una campana que morían en él.
Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos
en los pobres dolores que mataban la muerte,
y no encontré en la herida sino una racha fría
que entraba por los vagos intersticios del alma.
VI
Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Macchu Picchu.
Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.
Madre de piedra, espuma de los cóndores.
Alto arrecife de la aurora humana.
Pala perdida en la primera arena.
Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos del maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.
Aquí la hebra dorada salió de la vicuña
a vestir los amores, los túmulos, las madres,
el rey, las oraciones, los guerreros.
Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.
Miro las vestiduras y las manos,
el vestigio del agua en la oquedad sonora,
la pared suavizada por el tacto de un rostro
que miró con mis ojos las lámparas terrestres,
que aceitó con mis manos las desaparecidas
maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
palabras, vino, panes,
se fue, cayó a la tierra.
Y el aire entró con dedos
de azahar sobre todos los dormidos:
mil años de aire, meses, semanas de aire,
de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos
lustrando el solitario recinto de la piedra.
VII
Muertos de un solo abismo, sombras de una hondonada,
la profunda, es así como al tamaño
de vuestra magnitud
vino la verdadera, la más abrasadora
muerte y desde las rocas taladradas,
desde los capiteles escarlata,desde los acueductos escalares
os desplomasteis como en un otoño
en una sola muerte.
Hoy el aire vacío ya no llora,
ya no conoce vuestros pies de arcilla,
ya olvidó vuestros cántaros que filtraban el cielo
cuando lo derramaban los cuchillos del rayo,
y el árbol poderoso fue comido
por la niebla, y cortado por la racha.
El sostuvo una mano que cayó de repente
desde la altura hasta el final del tiempo.
Ya no sois, manos de araña, débiles
hebras, tela enmarañada:
cuanto fuisteis cayó: costumbres, sílabas
raídas, máscaras de luz deslumbradora.
Pero una permanencia de piedra y de palabra:
la ciudad como un vaso se levantó en las manos
de todos, vivos, muertos, callados, sostenidos
de tanta muerte, un muro, de tanta vida un golpe
de pétalos de piedra: la rosa permanente, la morada:
este arrecife andino de colonias glaciales.
Cuando la mano de color de arcilla
se convirtió en arcilla,
y cuando los pequeños párpados se cerraron
llenos de ásperos muros, poblados de castillos,
y cuando todo el hombre se enredó en su agujero,
quedó la exactitud enarbolada:
el alto sitio de la aurora humana:
la más alta vasija que contuvo el silencio:
una vida de piedra después de tantas vidas.
VIII
Sube conmigo, amor americano.
Besa conmigo las piedras secretas.
La plata torrencial del Urubamba
hace volar el polen a su copa amarilla.
Vuela el vacío de la enredadera,
la planta pétrea, la guirnalda dura
sobre el silencio del cajón serrano.
Ven, minúscula vida, entre las alas
de la tierra, mientras -cristal y frío, aire golpeado-
apartando esmeraldas combatidas,
oh agua salvaje, bajas de la nieve.
Amor, amor, hasta la noche abrupta,
desde el sonoro pedernal andino,
hacia la aurora de rodillas rojas,
contempla el hijo ciego de la nieve.
Oh, Wilkamayu de sonoros hilos,
cuando rompes tus truenos lineales
en blanca espuma, como herida nieve,
cuando tu vendaval acantilado
canta y castiga despertando al cielo,
¿qué idioma traes a la oreja apenas
desarraigada de tu espuma andina?
¿Quién apresó el relámpago del frío
y lo dejó en la altura encadenado,
repartido en sus lágrimas glaciales,
sacudido en sus rápidas espadas,
golpeando sus estambres aguerridos,
conducido en su cama de guerrero,
sobresaltado en su final de roca?
¿Qué dicen tus destellos acosados?
¿Tu secreto relámpago rebelde
antes viajó poblado de palabras?
¿Quién va rompiendo sílabas heladas,
idiomas negros, estandartes de oro,
bocas profundas, gritos sometidos,
en tus delgadas aguas arteriales?
¿Quién va cortando párpados florales
que vienen a mirar desde la tierra?
¿Quién precipita los racimos muertos
que bajan en tus manos de cascada
a desgranar su noche desgranada
en el carbón de la geología?
¿Quién despeña la rama de los vínculos?
¿Quién otra vez sepulta los adioses?
Amor, amor, no toques la frontera,
ni adores la cabeza sumergida:
deja que el tiempo cumpla su estatura
en su salón de manantiales rotos,
y, entre el agua veloz y las murallas,
recoge el aire del desfiladero,
las paralelas láminas del viento,
el canal ciego de las cordilleras,
el áspero saludo del rocío,
y sube, flor a flor, por la espesura,
pisando la serpiente despeñada.
En la escarpada zona, piedra y bosque,
polvo de estrellas verdes, selva
clara,
Mantur estalla como un lago vivo
o como un nuevo piso del silencio.
Ven a mi propio ser, al alba mía,
hasta las soledades coronadas.
El reino muerto vive todavía.
Y en el Reloj la sombra sanguinaria
del cóndor cruza como una nave negra.
IX
Aguila sideral, viña de bruma.
Bastión perdido, cimitarra ciega.
Cinturón estrellado, pan solemne.
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
Serpiente mineral, rosa de piedra.
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Escuadra equinoccial, vapor de piedra.
Geometría final, libro de piedra.
Témpano entre las ráfagas labrado.
Madrépora del tiempo sumergido.
Muralla por los dedos suavizada.
Techumbre por las plumas combatida.
Ramos de espejo, bases de tormenta.
Tronos volcados por la enredadera.
Régimen de la garra encarnizada.
Vendaval sostenido en la vertiente.
Inmóvil catarata de turquesa.
Campana patriarcal de los dormidos.
Argolla de las nieves dominadas.
Hierro acostado sobre sus estatuas.
Inaccesible temporal cerrado.
Manos de puma, roca sanguinaria.
Torre sombrera, discusión de nieve.
Noche elevada en dedos y raíces.
Ventana de las nieblas, paloma endurecida.
Planta nocturna, estatua de los truenos.
Cordillera esencial, techo marino.
Arquitectura de águilas perdidas.
Cuerda del cielo, abeja de la altura.
Nivel sangriento, estrella construida.
Burbuja mineral, luna de cuarzo.
Serpiente andina, frente de amaranto.
Cúpula del silencio, patria pura.
Novia del mar, árbol de catedrales.
Ramo de sal, cerezo de alas negras.
Dentadura nevada, trueno frío.
Luna arañada, piedra amenazante.
Cabellera del frío, acción del aire.
Volcán de manos, catarata oscura.
Ola de plata, dirección del tiempo.
X
Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, ¿dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, ¿dónde estuvo?
¿Fuiste también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida...
¿Los días de la luz deshilachada
en ti, como la lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
Hambre, coral del hombre,
hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, ¿subió tu raya de arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?
Yo te interrogo, sal de los caminos,
muéstrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.
¿Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapos?
¿Carbón sobre carbón, y en el fondo la lágrima?
¿Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goterón de la sangre?
¡Devuélveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime cómo durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
¡El muro, el muro! ¡Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!
Antigua América, novia sumergida,
también tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,
también, también tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del frío, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,
también, también, América enterrada, ¿guardaste en lo más bajo
en el amargo intestino, como un águila, el hambre?
XI
¡A través del confuso esplendor,
a través de la noche de piedra, déjame hundir la mano
y deja que en mí palpite, como un ave mil años prisionera
el viejo corazón del ovidado!
Déjame olvidar hoy esta dicha, que es más ancha que el mar,
porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,
y hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo
con un ramo de aguas secretas y de verdades sumegidas.
Déjame olvidar, ancha piedra, la proporción poderosa,
la trascendente movida, las piedras del panal,
y de la escuadra déjame hoy resbalar
la mano sobre la hipotenusa de áspera sangre y silicio.
Cuando, como una herradura de élitros rojos, el cóndor furibundo
me golpea las sienes en el orden del vuelo
y el huracán de plumas carniceras barre el polvo sombrío
de las escalinatas diagonales, no veo la bestia veloz,
no veo el ciego ciclo de sus barras,
veo el antiguo ser, servidor, el dormido
en los campos, veo el cuerpo,
mil cuerpos, un hombre, mil mujeres,
bajo la racha negra, negros de lluvia y noches,
con la piedra pesada de la estatua:
Juan Cortapiedras, hijo de Wiracocha,
Juan Comefrío, hijo de estrella verde,
Juan Piesdescalzos, nieto de la turquesa,
sube a nacer conmigo, hermano.
XII
Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Apegadme los cuerpos como imanes.
Acudid a mis venas y a mi boca.
Hablad por mis palabras y mi sangre.
(*) PABLO NERUDA
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