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PUNTO DE CONVERGENCIA

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El Día de los locos

 

 

 

En estos días que tengo la grata satisfacción de conversar con mi madre más a menudo, a veces se queja de su mala memoria, sin embargo cada vez que dialogamos, me hace recordar tantas cosas que yo descononozco o he olvidado, siendo mucho más joven que ella.

 

Hace unos días me contaba con una sonrisa pícara, que recordaba cuando en su querido Chiclayo, se festejaba el “Día de los Locos”, claro, no a un nivel cívico, en cambio sí al nivel de la gente del pueblo. Cree que hoy en día, esa celebración aun se realiza, ya no con la vehemencia de antes. Tiene en mente indagar al respecto, en su próxima llamada a Chiclayo desde éste lejano New York donde nos encontramos. Hablará con algunos de sus familiares, quienes se quedaron para siempre en la llamada Santa Tierra, dicen que para estar más en contacto con la naturaleza; gozar seguramente de un ambiente más apacible y de un aire menos contaminado como el que se respira en las ciudades capitales, llamadas “modernas”.


Chiclayo, por aquellos 1930s, era un pequeño poblado en el Departamento de Lambayeque, aun en desarrollo. Las piaras de burros, llegaban hasta los hogares, dirigidos por sus amos, no sólo con el agua potable, otros lo hacían con grandes canastas de pan, algunos con porongos de leche y así indistíntamente, era este pequeño equino, un vehículo de transporte muy utilizado. No sé si habría sido usado como taxi, ¿acaso taxi-burro?; pero también jalaban carretas en las cuales las familias se transportaban a través de los caseríos de toda aquella bella campiña norteña.


Según me cuenta mi progenitora, “El Día de los locos”, era celebrado desde aquella época, el día 30 de noviembre, el mismo día que según el almanaque, se venera a San Andrés, uno de los doce apóstoles y hermano de San Pedro, cabeza de la Iglesia Católica.


Por coincidencia, en la estación que climáticamente corresponde a esa zona, en esos días también, fuertes vientos azotaban la región, a los que se les bautizó como: “Los vientos de San Andrés”. La gente decía que este apóstol había sido loco, aun cuando su historia no dice nada al respecto, lo cierto es que el Día de San Andrés, era también el Día de los Locos y parte de la celebración, era tomarse el pelo entre los habitantes de los poblados. Muchas veces, me cuenta mi madre, algunos de los vecinos encontraban colgados en las puertas de sus casas, algunos objetos raros, como fardos de alfalfa; otros, quijadas de burro, que eran recogidas de los extensos desiertos de arena que circundaban la zona, lugares donde muchas veces iban estos dóciles animales a pasar sus útimos días. Algunos guardaban aquellas quijadas que más tarde les servían como instrumento musical de acompañamiento en una velada jaranera y criolla.


Sin embargo, también hubieron aquellos que se dieron con la sorpresa de encontrar una botella llena de aquel líquido ya procesado por nuestros órganos renales, con un olor fétido y poco agradable. No recuerda si era una forma de distinguir quién era más loco o acaso, se debía al poco sentido del humor del obsequiante incógnito.


Como mi madre y hermanos eran aun niños por aquel entonces, nunca encontraron nada desagradable colgado en la puerta de su casa, pero con el tiempo, una de mis tías que había nacido ese mismo 30 de noviembre al que hacemos alusión y a quien le pusieron por nombre Juana, tuvo que llenarse de paciencia cada vez que algún palomilla a su paso gritara: “Ahí viene Juana la loca”.

 

La tía, mayor que mi madre, aun vive; ya no en Chiclayo, pues emigró en sus años juveniles a la capital, donde seguramente debe recordar también con lucidez y un poco de nostalgia, aquel sobrenombre de sus pasados infantiles años.


Tía Juanita, si tengo la suerte de que leas este pequeño relato, con todo cariño, Feliz Día.


 

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© Luis A. Ramírez S.

Editor

     
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