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Don
Jorge Kajatt
Se fue Don Jorge, dejando una estela de tristeza en su partida. Se fue
llevándose en el recuerdo, más de 80 años de un pausado caminar por esta
dimensión.
Mucho antes de que él siquiera pensara en emigrar a la tierra del Tío Sam desde su querido Ayacucho, yo ya había tenido oportunidad de conocer a
parte de su familia en New York; por intermedio de César Arrascue, un muy querido
amigo y sin que Don Jorge supiera, ya había empezado a conocerlo a través
de las conversaciones familiares, en las que tuve oportunidad de
participar.
El vivió gran parte de esas décadas cerca de la Pampa de la Quinua, lugar
donde el Perú había sellado su independencia siglos atrás. Había nacido en
una de las ciudades de mayor misticismo del Perú, donde más de 30 iglesias,
forman parte de la religiosidad de sus habitantes; allí donde también, en
algún momento de la historia, el Perú empezó a desangrarse por el
surgimiento de pseudos defensores de los más necesitados, haciendo un
nefasto honor al significado de su nombre “Rincón de Muertos”.
Fue Ayacucho, su cuna; una ciudad milenaria, que si la historia hubiese
seguido un curso diferente y los Chankas los vencedores y no los Incas,
tal vez podría haber sido el ombligo del mundo andino, antes de la llegada
de la cultura española.
Don Jorge inició su vida en esa bella ciudad de la serranía del Perú. Supo
hacerse conocido y rodearse de amigos que nunca quiso dejar. La mayoría de
sus familiares emigraron de aquellos pueblos, buscando nuevos horizontes;
transponiendo inclusive las fronteras de la patria. Muchos llegaron hasta
los Estados Unidos, donde el “Sueño Americano”, cuesta lograrse en base a
sacrificio y a donde en algún momento él debía también llegar, para participar de
los nuevos logros que su ejemplo y dedicación, había legado en sus hijos.
Fue difícil hacerlo dejar aquellas verdes campiñas y elevadas montañas que
circundaban su pueblo. Sólo el susto de un mal funcionamiento en aquel
órgano que con su constante flujo sanguíneo, nos inyecta vida a través de
su equilibrado “Diástole” - “Sístole”; pudo más y llegó, casi obligado por
las circunstancias, a una urbe desconocida para él. Una ciudad donde ya no
lo despertaría el sonoro cantar de un viril ave como el gallo, ni tampoco
encontraría una “Plaza de Armas” con sus retretas y miles de sus paisanos,
disfrutando las consabidas caminatas de fin de semana.
Tuve oportunidad de conversar con él, más de una vez y descubrir en su pausado dialogar, su
nostalgia por el suelo que lo viera nacer; lo cual no es un pecado. ¿Quién
no tiene grabado en algún lugar de su ser y con tinta indeleble, un inmenso plano de
todo lo recorrido en nuestro caminar?, más aun de los primeros pasos. Aquí
logró de alguna forma retomar el cariño de sus hijos, que no lo dudo,
siempre estuvo latente, pero que la distancia convierte muchas veces en
angustia para ellos. Viajó por algunos estados de este gran país, donde residían sus
familiares y tal vez se extrañó de no ver los rebaños de esbeltas vicuñas retozando en
los alrededores de inmensas carreteras que empezaba a conocer. Tampoco no
vería la Cordillera de los Andes, delineada en el horizonte, ni podría apreciar el elegante vuelo de
gallardos cóndores. Su lejano Ayacucho, sólo sería un recuerdo muy
nostálgico.
Hace unas semanas tuvo que ser hospitalizado y aun cuando su corazón
seguía trabajando impulsándolo a seguir adelante; fueron otras las causas que
hicieron paralizar su palpitar. Se detuvieron sus signos vitales e inició
el trayecto hacia otros lugares que nos tiene deparado el Gran Creador.
Don Jorge había llegado para quedarse, pero sólo mientras durara su
estadía física. Ahora, camino a la eternidad; sus cenizas volverán de
acuerdo a sus últimos deseos, para ser esparcidas y seguir formando parte
de su pueblo natal, una tierra con mucha historia.
Descanse en Paz Don Jorge Kajatt.
© Luis A. Ramírez S.
Enero 14, 2004
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