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Hace unos
días estuve tratando de acordarme de una quinta donde pasé dos o
tres años de mi niñez, en el barrio de Jesús María. Creo fue entre
1945 y 1949, antes de mudarnos a Pueblo Libre. Anteriormente
habíamos vivido en la Calle Maynas en Los Barrios Altos, donde mis padres llegaron
luego de una travesía desde su lejano Chiclayo. Mi madre ya me
cargaba en el vientre por casi 8 meses, que por poco doy mi primer
grito en Trujillo, a mitad de la travesía.
Lo
simpático fue que posiblemente, oyendo cantar a mi padre, de alguna
forma decidí permanecer en tan grato aposento y esperar pocos días
más, hasta cuando por fin nací, seguramente al acompasado acorde de
guitarras, cajones y gratas voces de cuanto criollo vivió en
aquellas épocas por tan jaranero barrio.
La de
Jesús María, era una pequeña quinta en la Calle Huamachuco. Al
frente en diagonal hacia la izquierda, había un tienda que
funcionaba en lo que había sido antes un garage. En la esquina
opuesta hacia la derecha, estaba el "Chino" Jorge, uno de aquellos
peculiares personajes descendientes de otros orientales, que habían
llegado al Perú, desde inicios de 1849 cuando nuestro país, luego de
su independencia de España, necesitaba con urgencia, mano de obra
para las nuevas industrias y comercios que iban apareciendo. A los
negros, se les había abolido de su esclavitud y había que construir carreteras, puertos; sembrar tierras,
trabajar en las Islas guaneras, etc.
Para
fines de los 1800s, ya vivían en el Perú, entre 60.000 y 70.000
hijos de la Gran Muralla. Los más pudientes abrieron sus bodegas y
otros, sus restaurantes. Estos últimos luego de una simbiosis
paulatina con la cocina peruana, dieron paso a los famosos "Chifas".
Lamentablemente, como siempre sucede en las grandes urbes con los
inmigrantes, miles vivieron hacinados en callejones, precisamente
cerca de donde más tarde, muchos de ellos se ubicaron: la Calle
Capón.
El
"chino" Jorge, era una especie de ídolo en aquella niñez. No sólo
nos regalaba caramelos y una que otra "yapa" luego de cada compra,
sino que tuve oportunidad de verlo muchas veces, danzando
acrobáticamente en la trastienda de su establecimiento. Más tarde
aprendí que no era un baile lo que practicaba, sino un Arte Marcial:
Kung Fu. Allí nacieron mis primeras pretensiones de ser un Bruce Lee
acholado, claro, en aquel entonces "El pequeño Dragón" tendría
también mi edad y posiblemente vivía en San Francisco, donde nació o
tal vez ya había sido llevado a Hong Kong por su padre, pero no se
conocía aun en la dimensión que años más tarde, lograría alcanzar.
Este
simpático oriental, era muy diferente a otros que había también
tenido oportunidad de conocer. Eran totalmente opuestos y a
diferencia de Jorge, con una
interminable manía de fumar, prendiendo un cigarro tras otro, aparte
de su falta de paciencia. "Fuela de aquí, matapelo", era una
frase muy arraigada en su expresión poco entendible de la nueva
lengua que les tocó aprender.
El
"chino" de la esquina, fue un personaje, que formó parte de nuestra
vida cotidiana; cuando, no habiendo los modernos supermercados de
hoy en día, su establecimiento fue el lugar obligado donde obtener
lo más necesario para nuestro hogar.
De allí
nos mudamos a Pueblo Libre, pero en ninguna de las esquinas cercanas
al nuevo barrio, volví a encontrar otro "chino". Estos fueron dando paso a
nuevos comerciantes, que más tenían de Inga, muchos de los cuales
también han ido desapareciendo.
Y la vida
igualmente ha ido cambiando. Las nuevas generaciones, ya no se
reunen como antaño solíamos hacerlo nosotros en dichas esquinas;
para dialogar por horas, jugar ajedrez, cantar, tocar guitarra o
acaso admirar el paso airoso de las bellas "chicas" del barrio.
Ya no
están los amigos de antes. Muchos han emigrado fuera del país y a
pesar de que el mundo se ha vuelto más "chico" con la globalización,
no nos vemos; no físicamente. A veces, apenas si la nueva tecnología
de las comunicaciones, nos permiten tener un enlace virtual.
¡Qué
gratos tiempos!
© Luis A. Ramírez S.
Editor
13 de Julio, 2006 |