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PUNTO DE CONVERGENCIA

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EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

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JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

 

 

Un nuevo Aniversario Herreriano

 

 

El pasado 24 fue un aniversario más de aquella Gran Unidad Escolar que llegara a competir con el Colegio Guadalupe por un liderazgo estudiantil, cuando estuvo bajo la dirección del gran maestro Jorge Castro Harrison. Tuve oportunidad de estudiar mi Educación Secundaria en sus aulas, pero no pude estar presente en esta nueva celebración al encontrarme miles de millas alejado, preso de un autoexilio, motivado por aquellos anhelos de superación que nos legaron buenos padres y ejemplares guías como aquel que arriba nombro.


Y estuve tratando de imaginarme nuestras formaciones en el patio principal, de la querida G.U.E. Bartolomé Herrera, bajo la mirada atenta del Regente Sr. Zárate. Recuerdo que muchas veces pude ganarme sus indulgencias, a pesar de su gran severidad. ¿Fue acaso como en los viejos tiempos, pecho afuera, frente alta? Me imagino que esa virilidad, aun deben mantenerla antiguos compañeros de Colegio, cuando seguramente aquella frente alta estaría esta vez poblada ya con cabelleras plateadas por el trajinar del tiempo o acaso más amplia con su pérdida.


Hace poco reinicié una grata amistad, con un ex compañero del colegio, en realidad su hermano fue mi compañero de aula desde el 2º. de Secundaria y se suscitó de una forma anecdótica, por aquellas sorpresas que hoy en día nos suele dar esta llamada era de la globalización.


Llegó a mi correo electrónico una nota invitando a la Cita Herreriana, para que “Marchando unidos, siempre unidos, y compartiendo lucha y laurel”, nos reuniéramos en haras de recordar aquellas horas de estudios, en medio de una juventud durante la que mejores experiencias obtuvimos, en el transcurso de cimentar nuestra propia personalidad; como nos lo inculcaron: “Es el estudio arma invencible, la disciplina nuestro cuartel".


Empero así como llegan gratas sorpresas a través de estos modernos medios de comunicación, igual pueden llegar ingratas nuevas como la que acompañó al que aludo.


Aquel grato amigo, compañero de clases y de estudios, con quien casi a diario pedaleábamos nuestras bicicletas en trayecto hacia nuestro centro de saber, había ya partido muy temprano, hacia esa otra dimensión, donde seguramente seguimos nuestro aprendizaje para nuevos retornos. Javier Lengua Rejas, no podría decir presente al llamado de lista en nuevas reuniones, ya no de estudios, sino de añoranzas y de un intercambio de experiencias sobre cómo nos habían preparado para enfrentar los retos de la vida, aquellos tan largos y cortos a la vez, años de nuestra Educación Secundaria.


Su hermano Alfonso, con quien estudió mi hermano Javier, fue el portador de tan ingrata noticia. Aun recuerdo nuestra útima reunión, fue en Lima, allá por 1982, poco antes de quedarme definitívamente a radicar en los EE.UU. Nos encontramos en un restaurante y me habló de sus labores en el Ministerio de Trabajo, donde sus estudios de abogacía lo habían llevado a jefaturar una importante oficina.


Esas horas de estudio, son como una caja de resonancia, que guarda tantas anécdotas, tantas "mataperradas" dentro y fuera de las aulas. Recuerdo con grata alegría a “César”, así nos permitió llamarlo nuestro Jefe de Actividades Educativas, César Ureta Alcántara, una especie de amigo, guía, quien se encargaba de nuestra conducta. ¿Quién podía ser insolente con él? Imposible. Nosotros, pequeños rebeldes sin causa, tratando de emular a James Dean, nos sentíamos amedrentados por su personalidad. “César”, nunca tuvo que usar la fuerza ni la agresividad para moldear nuestro caracter, a pesar que estábamos en las aulas “C”, que por general albergaban a los más problemáticos.


Fueron otros tiempos. No existía el teléfono celular y por más rebeldes que fuéramos, no había necesidad de tener uno de ellos para que nuestros padres auscultaran nuestros pasos cual médico de cabecera o policía de turno, mejor dicho. Apenas si era nuestro vicio el cine. Cada barrio tenía el suyo y en cada cual las películas los distinguían. Era grato ver a grandes artistas de aquella época como Tony Curtis, Marlon Brando, Burt Lancaster, Kirk Douglas, Jack Palance; tanto como los pimpollos de entonces: Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrígida, Sofía Loren o Brigitte Bardot.


Pero, no quiero apartarme del tema. No fueron artistas, empero sí personajes en ese espacio-tiempo de nuestra existencia, por ejemplo nuestro propio director Jorge Castro Harrison. Su sola presencia, imponía respeto. El profesor Lora que nos enseñaba Música. Gustaba hacernos cantar el Himno Nacional a voz en cuello al frente de los demás compañeros. El teniente Pita, que nos inculcaba la Instrucción Pre-Militar. El Profesor Cabrera, mostrándonos la versatilidad de los números y sus fórmulas para resolver problemas. El profesor Miranda, quien nos encaminaba por los pasos de la Historia y muchos otros, que seguramente la ansiedad del momento no me deja recordar sus nombres.


La mona “Lola”, igualmente fue un ejemplar de nuestra fauna que adornaba nuestra existencia con las ocurrencias propias de un simio como era. Acaso también podríamos llamar personaje al gordo que por varios años, a la hora del "recreo", calmó nuestro hambre en el kiosko del plantel con sus sabrosos “Pan con Camote” o “Pan con Atún”. O acaso la señora que llegaba con su canasta, escondiendo una olla de arcilla llena de la sabrosa “chanfainita” que nos servía en una panca de choclo, apenas salíamos en tropel por la puerta del campo deportivo.


¡Ah! qué imborrables momentos; sólo volverán por evocación, a través de nostálgicos recuerdos. Sólo se escenificarán en nuestra mente, donde se fueron grabando poco a poco y donde permanecerán hasta cuando la máquina principal cese su palpitar.


Hoy no tengo aun noticia de cómo haya sido el reencuentro. Espero pronto recibir muchas gratas nuevas, recordándome que aun “Resuena el yunque del optimismo” en “Cada Herreriano de nuestra Patria”.

 

 

© Luis A. Ramírez S.

29 de agosto, 2004

     
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