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Un
nuevo Aniversario Herreriano El pasado 24
fue un aniversario más de aquella Gran Unidad Escolar que llegara a
competir con el Colegio Guadalupe por un liderazgo estudiantil, cuando
estuvo bajo la
dirección del gran maestro Jorge Castro Harrison. Tuve oportunidad de
estudiar mi Educación Secundaria en sus aulas, pero no pude estar presente en esta nueva celebración al encontrarme miles
de millas alejado, preso de un autoexilio, motivado por aquellos anhelos
de superación que nos legaron buenos padres y ejemplares guías como aquel que arriba nombro.
Y estuve tratando de imaginarme nuestras formaciones en el patio principal,
de la querida G.U.E. Bartolomé Herrera, bajo la mirada atenta del Regente Sr. Zárate. Recuerdo que muchas veces
pude ganarme sus indulgencias, a pesar de su gran severidad. ¿Fue acaso
como en los viejos tiempos, pecho afuera, frente alta? Me imagino que esa
virilidad, aun deben mantenerla antiguos compañeros de Colegio, cuando
seguramente aquella frente alta estaría esta vez poblada ya con cabelleras
plateadas por el trajinar del tiempo o acaso más amplia con su pérdida.
Hace poco reinicié una grata amistad, con un ex compañero del colegio, en
realidad su hermano fue mi compañero de aula desde el 2º. de Secundaria y
se suscitó de una forma anecdótica, por aquellas sorpresas que hoy en día
nos suele dar esta llamada era de la globalización.
Llegó a mi correo electrónico una nota invitando a la Cita Herreriana,
para que “Marchando unidos, siempre unidos, y compartiendo lucha y
laurel”, nos reuniéramos en haras de recordar aquellas horas de
estudios, en medio de una juventud durante la que mejores experiencias
obtuvimos, en el transcurso de cimentar nuestra propia personalidad; como
nos lo inculcaron: “Es el estudio arma invencible, la disciplina
nuestro cuartel".
Empero así como llegan gratas sorpresas a través de estos modernos medios
de comunicación, igual pueden llegar ingratas nuevas como la que acompañó
al que aludo.
Aquel grato amigo, compañero de clases y de estudios, con quien casi a
diario pedaleábamos nuestras bicicletas en trayecto hacia nuestro centro
de saber, había ya partido muy temprano, hacia esa otra dimensión, donde seguramente
seguimos nuestro
aprendizaje para nuevos retornos. Javier Lengua Rejas, no podría decir
presente al llamado de lista en nuevas reuniones, ya no de estudios, sino de
añoranzas y de un intercambio de experiencias sobre cómo nos habían
preparado para enfrentar los retos de la vida, aquellos tan largos y cortos a la vez, años de nuestra Educación Secundaria.
Su hermano Alfonso, con quien estudió mi hermano Javier, fue el portador
de tan ingrata noticia. Aun recuerdo nuestra útima reunión, fue en Lima, allá por
1982, poco antes de quedarme definitívamente a radicar en los EE.UU. Nos
encontramos en un restaurante y me habló de sus labores en el Ministerio
de Trabajo, donde sus estudios de abogacía lo habían llevado a jefaturar
una importante oficina.
Esas horas de estudio, son como una caja de resonancia, que guarda tantas
anécdotas, tantas "mataperradas" dentro y fuera de las aulas. Recuerdo con
grata alegría a “César”, así nos permitió llamarlo nuestro Jefe de Actividades
Educativas, César Ureta Alcántara, una
especie de amigo, guía, quien se encargaba de nuestra conducta. ¿Quién
podía ser insolente con él? Imposible. Nosotros, pequeños rebeldes sin
causa, tratando de emular a James Dean, nos sentíamos amedrentados por su
personalidad. “César”, nunca tuvo que usar la fuerza ni la agresividad
para moldear nuestro caracter, a pesar que estábamos en las aulas “C”, que
por general albergaban a los más problemáticos.
Fueron otros tiempos. No existía el teléfono celular y por más rebeldes
que fuéramos, no había necesidad de tener uno de ellos para que nuestros
padres auscultaran nuestros pasos cual médico de cabecera o policía de
turno, mejor dicho.
Apenas si era nuestro vicio el cine. Cada barrio tenía el suyo y en cada
cual las películas los distinguían. Era grato ver a grandes artistas de
aquella época como Tony Curtis, Marlon Brando, Burt Lancaster, Kirk
Douglas, Jack Palance; tanto como los pimpollos de entonces: Marilyn
Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrígida, Sofía Loren o Brigitte Bardot.
Pero, no quiero apartarme del tema. No fueron artistas, empero sí
personajes en ese espacio-tiempo de nuestra existencia, por ejemplo
nuestro propio director Jorge Castro Harrison. Su sola presencia, imponía
respeto. El profesor Lora que nos enseñaba Música. Gustaba hacernos cantar
el Himno Nacional a voz en cuello al frente de los demás compañeros. El
teniente Pita, que nos inculcaba la Instrucción Pre-Militar. El Profesor
Cabrera, mostrándonos la versatilidad de los números y sus fórmulas para
resolver problemas. El profesor Miranda, quien nos encaminaba por los pasos de la
Historia y muchos
otros, que seguramente la ansiedad del momento no me deja recordar sus
nombres.
La mona “Lola”, igualmente fue un ejemplar de nuestra fauna que adornaba
nuestra existencia con las ocurrencias propias de un simio como era. Acaso
también podríamos llamar personaje al gordo que por varios años, a la hora
del "recreo", calmó nuestro
hambre en el kiosko del plantel con sus sabrosos “Pan con Camote” o “Pan
con Atún”. O acaso la señora que llegaba con su canasta, escondiendo una
olla de arcilla llena de la sabrosa “chanfainita” que nos servía en una
panca de choclo, apenas salíamos en tropel por la puerta del campo deportivo.
¡Ah! qué imborrables momentos; sólo volverán por evocación, a través de
nostálgicos recuerdos. Sólo se escenificarán en nuestra mente, donde se
fueron grabando poco a poco y donde permanecerán hasta cuando la máquina
principal cese su palpitar.
Hoy no tengo aun noticia de cómo haya sido el reencuentro. Espero pronto
recibir muchas gratas nuevas, recordándome que aun “Resuena el yunque del
optimismo” en “Cada Herreriano de nuestra Patria”.
© Luis A. Ramírez S.
29 de agosto, 2004 |