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Paseo por San Francisco
En los Estados Unidos es muy común el turismo que se fomenta lógicamente
por los gobiernos locales. Masivos avisos nos llegan, no sólo impresos
en folletos, revistas y diarios, sino televisivos, vía fax e internet,
etc.; inundando nuestra vista, con el afán de atraernos y ver parte de la
idiosincracia de cada estado, sus puntos turísticos, cada cual con un
esquema muy parecido en el fondo, pero con cierta diferencia, que
podríamos decir, geográfica, histórica, arquitectónica, etc.
Nos gusta casi siempre asistir a las convenciones que la AIPEUC, (organización
que agrupa a la mayoría de instituciones peruanas diseminadas a lo largo y
ancho de los EE.UU. y Canadá); realiza todos los años en el fin de semana
del “Memorial Day”; en diferentes estados. Este año le tocó a San
Francisco, ciudad habitada por una comunidad multiracial como sucede en
casi todas las ciudades principales de este país.
Al día siguiente de nuestro arribo, llegaron también desde New York, Rodolfo y Carmen Mayor, Cesitar Arrascue y
Miryam Kajatt, con quienes amalgamamos el grupo y ya juntos, hicimos
turismo, compartiendo gratos momentos.
La geografía de San Francisco, que la asemeja a una ciudad de Sierra a pesar de estar en la
costa del Pacífico, ha hecho que su arquitectura se haya desarrollado como
diríamos diagonalmente hacia arriba, o sea, que las montañas, hayan sido
el cimiento en donde fueron creciendo los conjuntos habitacionales,
comerciales y financieros de esta ciudad. Una especie de cerros
“Agustinos” o “San Cosmes”, pero lógicamente guardando las distancias.
Casi todo va hacia arriba o hacia abajo, dependiendo de la dirección que
uno siga. Mejor dicho aun, uno va en zig zag, pero no hacia los lados,
sino como en una montaña rusa.
La XX Convención, nos dio la excusa para llegar a la tierra del “Golden
Gate”, bajo el cual pasamos vía marítima, en un mediano bote de turismo.
Bordeamos la "Alcatraz Island”, (Isla de los pelícanos), también conocida como “The Rock”;
que fuera descubierta por el explorador español Gaspar de Portolá en 1769
y que fue la primera base militar que hubo en la costa norteamericana del
Pacífico. Convertida años más tarde en prisión,
dicen que alguna vez estuvieron allí recluidos famosos delincuentes como Al "Scarface" Capone y
"Machine Gun" Kelly. De esta fortaleza de máxima seguridad, escaparon
hasta cuatro reclusos, ganando a nado la orilla, atravezando una zona que
algunos creen está infestada de
tiburones, con fuertes corrientes marinas y de agua cuya temperatura congela
hasta los huesos, sobre todo en la
noche. Suponen que éstos lograron su cometido al no habérseles encontrado
nunca más. Nos hizo recordar un poco al “Frontón”, un islote cerca del
Callao que también sirvió por muchos años como cárcel.
Una de las anécdotas que pincelan este viaje, fue el encontrarme con un
primo hermano, al que no había visto por más de 30 años; con quien luego
de los saludos efusivos del momento, decidimos refrescar los recuerdos con
unas cervezas, mientras Rosa, mi compañera de siglos, se hacía la
“manicure”. En la esquina encontramos un bar donde decidimos ingresar. Al
principio nos enfrascamos en rememorar épocas idas en el querido terruño a
nivel familiar. Un poco ya nivelada la adrenalina del encuentro inicial,
reparamos en que algo raro había en el ambiente. Alguien nos dirigió la
palabra; después de lo cual, sus ademanes y el recorrer las facciones del
resto de los presentes, nos llevó a tratar de reconocer el lugar. Una bandera
multicolor, muy parecida a la del “Tahuantinsuyo”, nos dio la respuesta y
sin pánico alguno seguimos con nuestra amena tertulia por unas horas más.
Caminando por "Nob Hill", cerca de "Union Square", una zona con galerías
de pintura y fotografía, encontramos en "San Francisco Art Exchange",
dibujos del arequipeño Alberto Vargas, artista principal de la revista
"Play Boy"; quien en 1940 revolucionara el arte de captar la belleza de
la mujer americana y la plasmara en sus obras, que fueron conocidas,
primero como "The Varga Girl" y más tarde, a partir de 1960, como "The
Vargas Girls"; que aparecieron en almanaques, avisos comerciales y afiches
de promociones cinematográficas en Hollywood; inclusive fueron pintadas en los aviones,
barcos y casacas de soldados combatientes de la II Guerra Mundial.
Caminamos como nunca lo habíamos hecho, sobre todo por la geografía del
lugar. Nos aventuramos a un recorrido sin mapa que nos ubique, a pesar de
la mala disposición de choferes y otras personas que tienen indirectamente
que ver con el turismo, quienes muy displicentemente respondían a nuestras
preguntas. Sin embargo, a diferencia de ellas, hubieron otras, sobre todo
hispanas que fueron gentiles en sus explicaciones. Por ejemplo, hicimos un
paseo hacia la “Coit Tower”, una especie de Mirador, desde donde se divisa
gran parte de San Francisco. Apenas llegamos, le preguntamos al chofer
cada qué tiempo regresaba al mismo punto, previendo algún problema para nuestro retorno.
Nos respondió que cada media hora. Terminada la travesía, que duró menos de
30 minutos, nos dirigimos al paradero donde permanecimos más de una hora,
con una temperatura tan baja que algunos tuvieron que abrigarse con las
casacas que habían comprado para regalo. Pasadas las 8 de la noche,
alguien nos dijo que ya no habría autobús hasta el día siguiente, algo que
el chofer no tuvo la gentileza de advertirnos. Luego confirmamos
esa versión con un oficial de la SFPD.
Fue un gentil oriental quien nos explicó cómo bajar, al menos, al
nivel de la civilización y sin proponérnoslo, pero sí con la idea en
mente; llegamos sin mayor esfuerzo hasta “Chinatown”. En uno de los
acuarios donde los restaurantes exhiben los peces o mariscos que pueden
preparar, encontramos algunas especies bastante raras, que nuestra
gastronomía nunca había visto y por ende, nos parecieron poco atractivas y
menos comestibles. No es una crítica negativa, sino que hay una infinita variedad
de gustos y sabores en la cocina mundial que muchos desconocemos; tampoco fue una cena como la que
hubiésemos tenido allá en el “Chinatown” peruano de la calle Capón, en
Lima, Perú; sin embargo lo consumido, cumplió su cometido: aplacar el
hambre obligado por una larga caminata. Al dejar el lugar, a pocas cuadras,
otra vez una gentil dama oriental, nos explicó cómo tomar el “Cable Car”,
una especie de tranvía, que nos llevaría por el camino de retorno hasta nuestro
hotel.
La Convención presentó una serie de exposiciones interesantes; una de
ellas fue el desfilde de trajes típicos y ceremoniales incaicos,
confeccionados por el Sr. René Delgado. Fue lo mejor de la noche de la
inauguración.
En el Restaurante del Hotel donde nos hospedamos, tuvimos
oportunidad de compartir en amena charla con Carlos Moreno de “El Bohemio
News” de San Francisco, Julio Ponce, de la agrupación “Comité Pro Paita” y
con José Luis Sánchez, asesor de la XX Convención, de California.
Igualmente con el siempre serio y agudo crítico Sr. Mariano Carpio,
presidente de “Alianza Perú de New York”. En la fiesta de gala, vimos
otros tantos conocidos, entre ellos nuestro muy querido Julio Salazar; así
como una comunidad arequipeña bastante
numerosa; que en medio de la fiesta, a todo pulmón y con el regionalismo
que los caracteriza, cantaron en alegre coro su himno, dirigidos por
Sergio Gómez Sánchez, quien está pensando en traer nuevamente la
Convención a New York.
Nos fuimos a descansar a las 2 de la madrugada, ya que nos recogerían a las
4.30 para ir al aeropuerto.
Llegada la hora de partir, vimos que aun seguía la
jarana para algunos. A lo lejos, escuchamos los compases de nuestra música
criolla interpretada en la Mezzanine. Al irnos alejando, sentimos aquellos
acordes musicales, como una nostálgica despedida, a toda nuestra grata travesía.
Nos vemos en la próxima.
© Luis A. Ramírez S.
Junio 1, 2004 |