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"Perú Negro"
El pasado 5 de marzo, me tocó ir a ver a “Perú Negro” en el Lincoln
Center, Manhattan. Fue un derroche de energía y adrenalina en cada una de
sus escenografías, lo que animaba al público a cantar y aplaudir esta
muestra de un arte milenario, que llegó al Perú, con los negros esclavos
de los españoles. De allí, en una simbiosis especial, en la que
concurrieron nuevos elementos por el cambio geográfico, lograron cimentar
una cultura que ha mantenido ya por siglos todo un bagaje musical y
cultural que se ha ido legando de padres a hijos y hoy se pasea
internacionalmente, para el deleite y orgullo nuestro, más aun al estar en
un país distante y diferente al nuestro.
Tuve oportunidad de ver a Ronaldo Campos de la Colina, el fundador de
“Perú Negro”, en los primeros años de la década del 70. Trabajaba en el
Restaurante “El Chalán”, donde mi padre era el Maestro de Ceremonias.
Marineras, landós, festejos. Cinturas cimbreantes al ritmo de quijadas,
tarolas, tambores, guitarras y sobre todo cajones. Melodías de ritmo
alegre y motivador a cuyo compás se reanimaba nuestro espíritu, nos
entregaron en esa noche de recuerdos.
Antiguamente se consideraba a estos ritmos negroides como satánicos, por
su desenfreno en el climax de la melodía. Otros los catalogaban como
demasiado sensuales y atrevidos; aun así, lograron cruzar esas barreras
para llegar hasta nuestros días y ser admirados por otras culturas como en
este caso la norteamericana, cuyos integrantes coreaban al igual que los
peruanos asistentes, parte de las canciones interpretadas.
Nos hizo recordar las anécdotas escritas sobre “Taita Cabrito”, personaje
que vivió allá por los 1900s en el criollísimo barrio bajopontino del
Rímac. Dicen que era Sacristán de la Iglesia de Copacabana; que además era
buen jaranista, gran cateador de pisco y calificado bailador a la hora de
ejecutar cualquier ritmo negroide: agua e'nieve, congorito o zamacueca.
Igualmente, interpretaciones del “Clan de los Vásquez”,
Braulio Sancho Dávila, los hermanos Augusto, Elías Ascues y el ritmo del "cajón"
de Eusebio Sirio, el popular “Pititi".
Ricardo Miranda Tarrillo, nos dice que los primeros ritmos que llegaron al
nuevo continente, fueron el cascabelito, “Maicito”, el negrito, la
zanguaraña, don Mateo, el alcatraz, la saña y la zamacueca. Esta última se
convertiría en “Chilena” y luego en la “Marinera”, nombre aportado por el
escritor costumbrista Abelardo Gamarra “El Tunante”, autor de famosas
obras como La Oruga”, “Canto a Luis Pardo”, “Radiante Espiritual”, entre
otros. Además fue coautor, junto con José Alvarado: “Alvaradito”; de la
primera marinera llevada al pentagrama musical, "La Decana", que luego
cambiaría su nombre por el de “Concheperla”.
Según Nicomedes Santa Cruz, La danza original de la cual descienden la
zamacueca y el tondero, es el “lundú”, de Angola. El nombre de este ritmo
se castellanizó por el hablar popular y devino en “lundero”, que luego se
transformó en “tondero”, baile que se cimentó en la zona norte del Perú,
específicamente en Santiago de Miraflores de Saña, allá por el siglo XVII.
En Lima, el “lundero” se convirtió en “zamacueca” y cada uno de estos
ritmos desarrolló su propia mística y original interpretación aun cuando
el ritmo es muy similar.
Herederos de gran parte de estos ritmos, es el grupo “Perú Negro” y una de
su excelentes escenografías es la del “Son de los Diablos”, donde cada
bailarín lleva disfraz y máscara de “diablo”, acompañados en el fondo
musical, por instrumentos de percusión típicos peruano-negroides como la “quijada”,
“la cajita” y el cajón. Este ritmo desciende del “panalivio”, una especie
de canción lamento que era interpretada antiguamente por los esclavos
africanos mientras realizaban sus labores en el campo.
Ronaldo Campos, trabajaba en el Restaurante “El Chalán” en un grupo
formado conjuntamente con Lalo Izquierdo, Víctor Padilla y Rodolfo Arteaga;
este último era hijo de la Valentina. Ellos, serían parte principal de “Perú Negro”. Ronaldo,
anteriormente había
sido integrante del grupo “Cumanana”, fundado por Nicomedes Santa
Cruz y fue un eximio intérprete del “cajón”, creando nuevas técnicas y
variantes sobre cómo sacarle mejor provecho al sonido emitido por tan
novedoso instrumento de percusión, con veloces repiques, síncopas y tresillos.
Precisamente, otra de las escenografías musicales que nos entregó "Perú
Negro", fue lo que podríamos llamar un “Solo de Cajón”, con 7
brillantes jóvenes intérpretes, que hicieron “dialogar” sus cajones, unos
con otros, en una grata secuencia rítmica.
“Perú Negro”, le rindió homenaje a su fundador, en su escenografía
interpretativa de la zamacueca: la Canción de Ronaldo, como tributo al gran
legado que dejó con su brillante trayectoria.
Luego de su deceso en el 2001, su hijo Rony tomó la batuta y siguiendo los
pasos de su padre, pasea orgulloso este energético ritmo negroide peruano
alrededor del mundo.
© Luis A. Ramírez S.
Marzo 7, 2005
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