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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor


"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA


"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA


ISAAC GOLDEMBERG

Escritor - Poeta


SALOMON VALDERRAMA C.

Poeta

 
 

¿Qué tal juegas al fútbol?

 

Hoy se inicia el Mundial de Fútbol en Alemania y estuve recordando que gran parte de mi infancia y juventud, las viví en Pueblo Libre y en la zona donde residía en ese querido barrio, había gran cantidad de muchachos de diferentes edades. Los mayores jugaban fútbol en equipos de la Liga de Pueblo Libre, muchas veces en la Cancha del Cuartel 2 de Artillería a la que comúnmente se conocía como "La Remonta". Había otra cancha en la esquina de Belgrano, J. J. Pasos y Maipú, donde también hacíamos nuestras pichanguitas. La regentaba una señora viuda llamada Juana de apellido Romero, quien tenía 10 hijos. Vivía sola con ellos y los mayores Eleodoro "Lolo" y Julio eran casi de mi edad, y fueron en su época amigos de todas aquellas aventuras propias de los 13 y 15 años, sin mayor malicia que, aparte de estudiar, jugar a las bolitas, jugar a los trompos; cazar pescaditos en los riachuelos y lógicamente, jugar al fútbol.

 

En esta cancha ví jugar muchas veces al negro "Bomba", quien llegaba con su equipo de Breña. También estuve presente cuando este fornido moreno ingresó a la cancha del Estadio Nacional aquel 24 de mayo de 1964, –y tal vez sin quererlo–, motivó la tragedia que aquel día le costó la vida a cientos de hinchas al fútbol; cuando la Selección peruana, se jugaba el pase a las olimpiadas de Tokio contra Argentina.

 

Nos iba ganando la selección albiceleste, cuando llegó el gol del empate, de "Kilo" Lobatón, que fuera anulado por el árbitro uruguayo Angel Eduardo Payos. "Bomba" se metió a la cancha para agredirlo y se le unieron otros tantos inconformes. La policía respondió con bombas lacrimógenas, motivando la estampida desenfrenada de los hinchas, cuando las puertas del estadio estaban cerradas, muriendo muchos aplastados entre ellos mismos.

 

En aquellas épocas, era el fútbol lo que más nos apasionaba. Y cuando no había una pelota adecuada, armábamos la de trapo con las medias de la vieja y muchas veces jugábamos en las pistas, sorteando no sólo los adversarios sino los vehículos que por ella transitaban. Acaso el heladero, el panadero, el frutero, el turronero, un simple ciclista, los taxis y autos particulares, muchos de los cuales paralizaban su andar algunas veces, seguramente cuando veían la inminencia del gol tras un buen articulado "dribling", que les tocaba las fibras deportivas. Otras veces, había que sortear su apurado transitar, cual "manoletina", como si estuviéramos en un ruedo de toros y no una improvisada cancha de fútbol. No todos andaban con el mismo ánimo y muy pocos veían con buenos ojos, el que se jugase en plena vía pública. Nos llamaban "palomillas".

 

En realidad, había sido bastante regular jugando al fútbol y otros deportes. Jugué, en una Liga de Pueblo Libre en el "Defensor Belgrano". Mis canchas de triunfo fueron aquellas pistas aledañas a mi casa en Pueblo Libre; la cancha de mi barrio, de la que hablo líneas arriba; la cancha de la G.U.E. Bartolomé Herrera, donde estudié mi Secundaria y los fines de semana, la cancha que había en la Plaza de la Bandera.

 

Hace unos días, fui con Rosa a saludar a un muy querido amigo por su cumpleaños. Vive a unos 40 minutos de mi casa en Long Island y es uno de los muy contados "patas" con quienes me reuno de vez en cuando. Armando Fernández-Dávila, el susodicho, es natural de la grata tierra de Moquegua, a donde constantemente viaja y desde la cual nos aprovisiona de agradables piscos; en botella, cuando nos los entrega de obsequio y "puesto", cuando como en aquella oportunidad en que celebrando sus 70, nos lo invitó para brindar en su honor.

 

El mismo día, había llegado desde Lima un grato amigo suyo, bastante criollo y jaranero, buen preparador de "Pisco Sour", como eximio guitarrista, quien llenó de criollismo aquella tertulia, brindándonos la evocación de antiguos valses y algunas "zambas" argentinas, en cuyas tierras él había estudiado en años juveniles. No podían faltar en esta reunión ni Cesitar Arrascue con Miryam, ni tampoco Rodolfo Mayor y Carmen, completando nuestro grupo. Ellos también entonaron las notas de muchas de las canciones y mostraban su gracia al ritmo de merengue, cumbia, vals u otro ritmo que se escuchara, de lo cual se encargaba Flor, esposa de Armando, quien hacía de DJ, a su vez asesorada por Julia, de grata simpatía y buen ritmo. Lástima que ella, "Bailara por un Sueño", sí, el de su marido que se quedó dormido, luego de un intenso día de trabajo, perdiéndose los momentos más gratos de la reunión.

 

Bueno, pero por qué inicié este relato hablando de fútbol. Lo que pasa es que en un aparte de la reunión, conversando animadamente con Emilio Olguín, me preguntó qué tal era yo jugándolo. Le contesté que la pregunta sería más apropiada si me la hubiese hecho en tiempo pasado. Con tantos años fuera de "training", poco hidalgo sería presumir. En realidad, hace muchos años que la rutina de este país no me ha pemitido jugar "un partido".

 

El me habló de la posibilidad de volver a "mover la redonda", algo sobre lo que había dialogado a su vez, con otro amigo y para lo cual ya tenían el lugar adecuado: una cancha cerca de su casa en Huntington. A la hora de la despedida, Cesitar me volvió a preguntar si podía avisarme para el gran "re-debut" y recuerdo que le respondí: "...a ver cuántos minutos duro, antes de sacar la lengua".

 

Total, hay que ser realistas, somos más de allá de cuarentones; lógicamente un tanto más pesados, cautelosos, algunos seguramente fatigados, y ya no tan atléticos como hace treinta años, cuando las jugadas y lo pases salían solos, de memoria... como por inercia. Ahora, seguramente hasta las zapatillas o los chimpunes, parecerán de plomo y la torpeza nos fauleará una y otra vez.

 

Empero, tampoco hay que ser pesimistas, tal vez luego del segundo aire, repuestos del arranque inicial, las "paredes dobles", salgan precisas y los goles vuelvan a llevarnos hacia aquellas lejanas canchas, muchas hoy desaparecidas, donde festejábamos en los años ya idos, los goles con que nuestra habilidad juvenil, nos permitió tantas veces, inflar redes y brindar algarabía para nuestros equipos.

 

 

© Luis A. Ramírez S.

9 de Junio, 2006