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Hoy se
inicia
el Mundial de Fútbol en Alemania y estuve recordando que gran parte
de mi infancia y juventud, las viví en Pueblo Libre y en la zona
donde residía en ese querido barrio, había gran cantidad de
muchachos de diferentes edades. Los mayores jugaban fútbol en
equipos de la Liga de Pueblo Libre, muchas veces en la Cancha del
Cuartel 2 de Artillería a la que comúnmente se conocía como "La
Remonta". Había otra cancha en la esquina de Belgrano, J. J. Pasos y
Maipú, donde también hacíamos nuestras pichanguitas. La regentaba
una señora viuda llamada Juana de apellido Romero, quien tenía 10 hijos. Vivía sola con ellos y los mayores Eleodoro "Lolo" y Julio eran casi de mi edad, y fueron en
su época amigos de todas aquellas aventuras propias de los 13 y 15
años, sin mayor malicia que, aparte de estudiar, jugar a las bolitas, jugar a los trompos;
cazar pescaditos en los riachuelos y lógicamente, jugar al fútbol.
En esta
cancha ví jugar muchas veces al negro "Bomba", quien llegaba con su equipo
de Breña. También estuve presente cuando este fornido moreno
ingresó a la cancha del Estadio Nacional aquel 24 de mayo de 1964,
–y tal vez sin quererlo–, motivó la tragedia que aquel día le costó
la vida a cientos de hinchas al fútbol; cuando la Selección peruana, se
jugaba el pase a las olimpiadas de Tokio contra Argentina.
Nos iba
ganando la selección albiceleste, cuando llegó el gol del empate, de
"Kilo" Lobatón, que fuera anulado por el árbitro uruguayo Angel
Eduardo Payos. "Bomba" se metió a la cancha para agredirlo y se le
unieron otros tantos inconformes. La policía respondió con bombas
lacrimógenas, motivando la estampida desenfrenada de los hinchas,
cuando las puertas del estadio estaban cerradas, muriendo muchos
aplastados entre ellos mismos.
En
aquellas épocas, era
el fútbol lo que más nos apasionaba. Y cuando no había una pelota adecuada,
armábamos la de trapo con las medias de la vieja y muchas veces
jugábamos en las pistas, sorteando no sólo los adversarios sino los
vehículos que por ella transitaban. Acaso el heladero, el panadero,
el frutero, el turronero, un simple ciclista, los taxis y autos
particulares, muchos de los cuales paralizaban su andar algunas
veces, seguramente cuando veían la inminencia del gol tras un buen
articulado "dribling", que les tocaba las fibras deportivas. Otras
veces,
había que sortear su apurado transitar, cual "manoletina",
como si estuviéramos en un ruedo de toros y no una
improvisada cancha de fútbol. No todos
andaban con el mismo ánimo y muy pocos veían con buenos ojos, el que
se jugase en plena vía pública. Nos llamaban "palomillas".
En
realidad, había sido bastante regular jugando al fútbol y otros
deportes. Jugué, en una Liga de Pueblo Libre en el "Defensor
Belgrano". Mis canchas de triunfo fueron aquellas pistas
aledañas a mi casa en Pueblo Libre; la cancha de mi barrio, de
la que hablo líneas arriba; la cancha de la G.U.E. Bartolomé
Herrera, donde estudié mi Secundaria y los fines de semana, la
cancha que había en la Plaza de la Bandera.
Hace unos
días, fui con Rosa a saludar a un muy querido amigo por su
cumpleaños. Vive a unos 40 minutos de mi casa en Long Island y es
uno de los muy contados "patas" con quienes me reuno de vez en cuando.
Armando Fernández-Dávila, el susodicho, es natural de la grata
tierra de Moquegua, a donde constantemente viaja y desde la cual nos
aprovisiona de agradables piscos; en botella, cuando nos los entrega
de obsequio y "puesto", cuando como en aquella oportunidad en que
celebrando sus 70, nos lo invitó para brindar en su honor.
El mismo
día, había llegado desde Lima un grato amigo suyo, bastante criollo
y jaranero, buen preparador de "Pisco Sour", como eximio guitarrista,
quien llenó de criollismo aquella tertulia, brindándonos la
evocación de antiguos valses y algunas "zambas" argentinas, en cuyas
tierras él había estudiado en años juveniles. No podían faltar en esta
reunión ni Cesitar Arrascue con Miryam, ni tampoco Rodolfo Mayor y
Carmen, completando nuestro grupo. Ellos también entonaron las notas de
muchas de las canciones y mostraban su gracia al ritmo de merengue,
cumbia, vals u otro ritmo que se escuchara, de lo cual se encargaba
Flor, esposa de Armando, quien hacía de DJ, a su vez asesorada por
Julia, de grata simpatía y buen ritmo. Lástima que ella, "Bailara
por un Sueño", sí, el de su marido que se quedó dormido, luego de un
intenso día de trabajo, perdiéndose los momentos más gratos de la
reunión.
Bueno,
pero por qué inicié este relato hablando de fútbol. Lo que pasa es
que en un aparte de la reunión, conversando animadamente con Emilio
Olguín, me preguntó
qué tal era yo jugándolo. Le contesté que la pregunta sería
más apropiada si me la hubiese hecho en tiempo pasado. Con tantos
años fuera de "training", poco hidalgo sería presumir. En realidad,
hace muchos años que la rutina de este país no me ha pemitido jugar
"un partido".
El me
habló de la posibilidad de volver a "mover la redonda", algo sobre
lo que había dialogado a su vez, con otro amigo y para lo cual ya tenían el
lugar adecuado: una cancha cerca de su casa en Huntington. A la hora
de la despedida, Cesitar me volvió a preguntar si podía avisarme
para el gran "re-debut" y recuerdo que le respondí: "...a ver
cuántos minutos duro, antes de sacar la lengua".
Total,
hay que ser realistas, somos más de allá de cuarentones; lógicamente
un tanto más pesados, cautelosos, algunos seguramente fatigados, y
ya no tan atléticos como hace treinta años, cuando las jugadas y lo
pases salían solos, de memoria... como por inercia. Ahora,
seguramente hasta las zapatillas o los chimpunes, parecerán de plomo
y la torpeza nos fauleará una y otra vez.
Empero,
tampoco hay que ser pesimistas, tal vez luego del segundo aire, repuestos
del arranque inicial, las "paredes dobles", salgan precisas
y los goles vuelvan a llevarnos hacia aquellas lejanas canchas,
muchas hoy desaparecidas, donde festejábamos en los años ya idos,
los goles con que nuestra habilidad juvenil, nos permitió tantas
veces, inflar
redes y brindar algarabía para nuestros equipos.
© Luis A. Ramírez S.
9 de Junio, 2006 |