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Un
encuentro con el pasado Hace unos días
nos fuimos a Manhattan, luego de una de esas decisiones así de improntus
que a veces tenemos con Rosa, mi compañera de tantas vidas y buscamos el
itinerario para tomar el tren. Lógicamente con este nuevo elemento
cibernético del internet, casi cualquier tipo de información puede acceder
a nuestra vista con el presionar adecuado de las teclas y rápidamente
imprimimos su horario.
El tren ha sido uno de los vehículos que siempre me ha cautivado. Al
pensar en él lo veo en mi subconsciente, reflejado como lo llamaban los
indios nativos americanos: “Un caballo de Acero”, recorriendo con plena
libertad, inmensas distancias entre desiertos, bosque y praderas.
Una de las primeras imágenes que me han quedado grabadas fue el tren que
recorría las haciendas azucareras en Chiclayo. Pomalca era la más cercana
a donde vivía mi abuela materna a quien llamaba “Mamá María”. Una matrona
de tiempos idos, de mirada un tanto triste por el golpe de los años, pero
sabia por lo que aprendió en su trajinar y que a través de su mirada
transmitía.
Aprendí a conocer y querer la “Santa Tierra”, como la llamaba mi padre,
desde muy niño, cuando nos enviaba de vacaciones junto con mis hermanos,
Manuel y Javier; cada fin de época colegial. Recuerdo que me gustaba
escaparme y caminar las dos cuadras que me parecían millas, para llegar a
la avenida pricipal por donde pasaba el tren, cargado de caña de azúcar en
su camino al trapiche para su procesamiento. En mi subconsciente infantil,
después de unas cuantas visitas, era ya un diestro maquinista en aquella
locomotora que parecía ir pujando para poder arrastrar su carga, exhalando
un aliento blanco y espeso, que iba quedando rezagado y desvaneciéndose en
el espacio.
Tomamos el tren en Port Jefferson, un pequeño puerto-ciudad en Long Island
y abordamos los nuevos vagones de dos pisos, con más comodidad y amplitud.
A través de sus ventanas, el paisaje parecía más profundo; había más
perspectiva, los colores nos parecían más vivos, a pesar de que por la
nieve, las tonalidades muchas veces parecen perder color. Este año, las
nevadas han vuelto nuevamente a recrear las calles de New York, con una
escarcha de algodón que hacía varios años no se veía.
Este tren de dos pisos no puede ingresar a Manhattan, pues es demasiado
alto para los túneles, cuya construcción data de hace casi un siglo.
Tuvimos que hacer transbordo en el camino.
A veces en nuestra mente se recrean ciertas etapas idas, accionadas por
cualquier elemento externo. Este transbordo, aun cuando la comparación no
tiene la menor similitud, me recordaba cuando viajaba a Suyo en la sierra
de Piura y luego de recorrer en auto por algún tramo, llegábamos a un
punto en que pasábamos a un camión y teníamos que viajar en la parte alta
encima de la caseta, bien abrigados por el frío de aquellas zonas, aun
cuando por allá la nieve no se ha dejado conocer todavía.
De una zona rural, tranquila como Long Island; llegar a New York City,
Manhattan, la Gran manzana, es una experiencia muy simpática. El punto de
desembarco es Penn Station, donde cual inmenso racimo se entrelazan
infinidad de ramales de otros tantos trenes que se dispersan hacia
diferentes lugares dentro y fuera del estado. Los mismos trenes locales,
conforman una inmensa maraña de rieles que articulan el movimiento de los
habitantes de esta gran metrópoli y así ingresamos en la vorágine del
Estado Imperio, como el hoy su más alto edificio: “Empire State” luego de
aquel fatídico y cobarde atentado contra las “Torres Gemelas”, por unos
pocos fanáticos que anteponen a su Dios, como excusa de su falsa fe.
Y fue otro tren, el que nos llevó hasta la denominada “Zona Cero”. En casi
dos décadas que vivimos en esta ciudad, aquellas inmensas torres se habían
convertido en un símbolo, en un hito en nuestro caminar a través del mundo.
Fue triste no volver a ver aquel punto que seguramente se podría ver
nítido desde las estrellas, por la altura ganada por el hombre en la
conquista del espacio, a través del diseño y construcción de sus edificios.
Más de una vez estuve en muchos de sus pisos por cuestiones de trabajo.
Otras tantas como turista en una ciudad que ya nos había recibido con los
brazos abiertos y permitido alcanzar muchas de nuestras metas. Igualmente,
para festejar algún aconte-cimiento en alguno de sus lujosos restaurantes
y su hotel.
La gente aglomerada tomaba fotos. Nosotros, contagiados con esa rutina,
hicimos lo mismo. Pero no se qué buscábamos enmarcar en nuestras cámaras
de aquel inmenso vacío, que seguramente aun sigue lleno de partículas de
inocentes cuyos sueños volaron al espacio luego de una violenta explosión.
Fue un reencuentro con la realidad, con una cruda verdad que nos muestra,
hasta dónde puede llegar el odio en el hombre. Y reprimimos las lágrimas,
como seguramente muchos lo hicieron; pero no había necesidad. El ambiente
estaba húmedo del llanto general, de quienes aun creemos en la humanidad.
El ruido de los trenes subterráneos, nos sacaron de aquel trance y
volvimos a la rutina. Al caminar presuroso de la gente, al manejar raudo
de los taxistas de Manhattan. Más de uno los compara con los choferes de
las “combis’ y los “tycos” en nuestra querida patria; pero aun no he
tenido oportunidad de ver a ninguno de ellos en acción. Son tantos años
lejos de ella.
Seguimos caminando por el “downtown”, en busca de nuestro próximo tren; el
de retorno. Nuevamente Penn Station. Una ciudad bajo otra. El Sub
Manhattan. Camino en reversa. Un grupo de Jazz compuesto por músicos
chinos. Qué sombro cabe, si en New York, se pueden ver las cosas más
increibles. Ripley o Guinnes, tienen tema para llenar tomos y tomos
durante el transcurso de siglos por venir.
Tomamos nuestro tren de vuelta al barrio. Al salir de esa otra ciudad
sumergida en un mar de acero y ganar la superficie, las gotas de un fuerte
aguacero limpiaban las lunas de las ventanas del tren y nos hacían ver
imágenes difusas del paisaje nocturno. El inmenso caballo de acero,
rediseñado por la tecnología, parecía caminar sin mayor esfuerzo, ya no
exhalaba humo, apenas disparaba una que otra chispa cerca de sus metálicas
ruedas
©
Luis A. Ramírez S.
Editor
Enero 7, 2003
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