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PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

"CORREO DE SALEM"

Colaboración de

EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

"CRONICAS DESDE LIMA"

Colaboración de

JOSE LUIS MEJIA

 

 

 

 

Poemas en Prosa

 

 

AL HEROE

ANHELO

DIVAGACIONES

EL BUEN SENTIDO

EL FINDE UNA VIDA

EL MOMENTO MAS GRANDE DE LA VIDA

HALLAZGO DE UNA VIDA

HAY ALGO

LA CASA

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

LO INMUTABLE

MI CONCIENCIA

MI VIDA Y MI MUERTE

NOMINA DE HUESOS

UNA FAMILIA

VOY A HABLAR DE LA ESPERANZA

 


 

AL HEROE

 

 

Existe un mutilado, no de un combate sino de un abrazo, no de la guerra sino de la paz. Perdió el rostro en el amor y no en el odio. Lo perdió en el curso normal de la vida y no en un accidente. Lo perdió en el orden de la naturaleza y no en el desorden de los hombres. El coronel Piccot, Presidente de "Les gueules cassés", lleva la boca comida por la pólvora de 1914. Este mutilado que conozco, lleva el rostro comido, por el aire inmortal e inmemorial.

 

Rostro muerto sobre el tronco vivo. Rostro yerto y pegado con clavos a la cabeza viva. Este rostro resulta ser el dorso del cráneo, el cráneo del cráneo. Ví una vez un árbol darme la espalda y ví otra vez un camino que me daba la espalda. Un árbol de espaldas, sólo crece en los lugares donde nunca nació ni murió nadie. Un camino de espaldas sólo avanza por los lugares donde ha habido todas las muertes y ningún nacimiento. El mutilado de la paz y del amor, del abrazo y del orden y que lleva el rostro muerto sobre el tronco vivo, nació a la sombra de un árbol de espaldas y su existencia transcurre a lo largo de un camino de espaldas.

 

Como el rostro está yerto y difunto, toda la vida psíquica, toda la expresióón animal de este hombre, se refugia, para traducirse al exterior, en el peludo cráneo, en el tórax y en las extremidades. Los impulsos de su ser profundo, al salir, retroceden del rostro y la respiración, el olfato, la vista, el oído la palabra, el resplandor humano de su ser, funcionan y se expresan por el pecho, por los hombros, por el cabello, por las costillas, por los brazos y las piernas y los pies.

 

Mutilado del rostro, tapado del rostro, cerrado del rostro, este hombre, no obstante, está entero y nada le hace falta, No tiene ojos y ve y llora. No tiene narices y huele y respira. No tiene oídos y escucha. No tiene boca y habla y sonríe. No tiene frente y piensa y se sume en síí mismo. No tiene mentón y quiere y subsiste. Jesús conocía al mutilado de la función, que tenía ojos y no veía y tenía orejas y no oía. Yo conozco al mutilado del órgano, que ve sin ojos y oye sin orejas.

 


 

 

ANHELO

 

 

Cesa el anhelo, rabo al aire. De súbito, la vida se amputa, en seco. Mi propia sangre me salpica en líneas femeninas, y hasta la misma urbe sale a ver esto que se para de improviso.

 

– ¿Qué ocurre aquí, en este hijo del hombre? – clama la urbe, y en una sala del Louvre, un niño llora de terror a la vista del retrato de otro niño.

 

– ¿Qué ocurre aquí, en este hijo de mujer? – clama la urbe, y a una estatua del siglo de los Ludovico, le nace una brizna de yerba en plena palma de la mano. Cesa el anhelo, a la altura de la mano enarbolada. Y yo me escondo detrás de mí mismo, a aguaitarme si paso por lo bajo o merodeo en alto.

 


 

 

DIVAGACIONES

 

 

En el momento en que un tenista lanza magistralmente su bola, le posee una inocencia totalmente animal; en el momento en que el filósofo sorprende una nueva verdad, es una bestia completa.

 

Anatole France afirmaba que el sentimiento religioso es la función de un órgano especial del cuerpo humano, hasta ahora ignorado y se podría decir también, entonces, que, en el momento exacto en que un tal órgano funciona plenamente tan puro de malicia está creyente, que se diría casi un vegetal. ¡Oh alma! ¡Oh pensamientos! ¡Oh Marx! ¡Oh Feüerbach!

 


 

 

EL BUEN SENTIDO

 

 

– Hay madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.

 

Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.

 

La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al retornar. Por eso me dieran tanto sus ojos, justa de mí, infraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas, por pactos consumados.

 

Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí. ¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!

 

Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso. Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui dichoso. Pero más se pone triste; más se pusiera triste.

 

Hijo, ¡cómo estás viejo!

 

Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido, en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de mí, se entristece de mí. ¿Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ella? ¿Y por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más se aproximan a los padres?

 

¡Mi madre llora porque estoy viejo de mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo!

 

Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres llamas. Le digo entonces hasta que me callo:

 

– Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande.

 

La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales descienden suavemente por mis brazos.

 


 

 

EL FIN DE UNA VIDA

 

 

Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su espalda.

 

Es el huracán. Un castaño del jardín de las Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos, habrán caído, hendiendo, matando.

 

¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los océanos, de qué punto viene este huracán, tan digno de crédito, tan honrado de deuda, derecho a las ventanas del hospital? ¡Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el huracán y esta pena directa de toser o defecar! ¡Ay las direcciones inmutables, que así prenden muerte en las entrañas del hospital y despiertan células clandestinas, a deshora, en los cadáveres!

 

¿Qué pensaría de sí el enfermo de enfrente, ése que está durmiendo, si hubiera percibido el huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en la dosis y le llevarían a enterrar, el vientre roto, ante el cual suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin, pronunciar sus llanas palabras de hombres.

 

La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes regresivas,, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio. La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.

 

Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle ¿Es su hermana? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es simplemente una mujer? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? Porque esta mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto mejor el cuello al enfermo y, ¡cosa verdaderamente asombrosa! no le ha sanado.

 

El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan tierra. La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de novios, del corazón.

 

El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta sus manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las leva a tientas, rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las dosis exactas, del riguroso, análisis de orinas y excrementos. Se rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de números, en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.

 

Sirviendo la causa de la religión, vuela con éxito esta mosca, a lo largo de la sala. Ciertamente la hora de la visita de los cirujanos, sus zumbidos nos perdonan el pecho, pero desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del disparo en las noches tremebundas.

 

¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en tales condiciones, anestesiado totalmente, volteaba mi sensibilidad para adentro! ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias, prójimos de las bases! ¡Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra, aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a las malas, en mi temperatura polvorosa.

 

En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva en que padezco, pero en el mismo plano y cortando la baraja del juego, percute aquí otra risa de contrapunto.

 

En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de espantosa incertidumbre.

 

En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando al regresas, hay discordia bastante para el diálogo.

 

¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de dolor, sí, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?

 

De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan colmadas de tanta plenitud, que llorar por ellas sería poco, y sería ya mucho sonreir.

 

Se atumulta la sangre en el termómetro.

 

¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!

 

¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!

 


 

 

EL MOMENTO MAS GRAVE DE LA VIDA

 

 

Un hombre dijo:

– El hombre más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne, cuando fui herido en el pecho.

 

Otro hombre dijo:

– El hombre más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.

 

Y otro hombre dijo:

–- El hombre más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.

 

Y otro dijo:

– El hombre más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.

 

Y otro dijo:

– El hombre más grave de mi vida fue mi prisióón en una cárcel del Perú.

 

Y otro dijo:

– El hombre más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre.

 

Y el último hombre dijo:

– El hombre más grave de mi vida no ha llegado todavía.

 


 

 

HALLAZGO DE UNA VIDA

 

 

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.

 

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caeríían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie antes mis ojos.

 

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, le diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.

 

Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballeo. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: quién sabe no es piedra y vaya usted a das en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.

 

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí.

 

Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora, avancé paralelamente a la primavera diciéndola: "Si la muerte hubiera sido otra...". Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacrè-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me miró hóndamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias

 

¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.

 


 

 

HAY ALGO

 

 

Algo te identifica con el que se aleja de tí, y es la facultad común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.

 

Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de partir: de ahí tus nimios regocijos.

 

Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como a las colectividades individuales y a los que, simplemente, marcan el paso inmóvil en el borde del mundo.

 

Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto, así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa triste.

 

¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno, de ser malvado?

 

¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras.

 


 

 

LA CASA

 

 

– No vive ya nadie en la casa  –me dices–; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.

 

Y yo te digo: cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Unicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.

 

Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismo. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos, se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersando. Lo que continúa en la casa, es el sujeto del acto.

 


 

 

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

 

 

Todos han muerto. Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

 

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: "¡Buenos días, José! ¡Buenos días, María!"

 

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió, a los ocho días de la madre.

 

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.

 

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

 

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.

 

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

 

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

 

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

 

Murió mi eternidad y estoy velándola.

 


 

 

LO INMUTABLE

 

 

Entre el dolor y el placer median tres criaturas de las cuales la una mira a un muro, la segunda usa de ánimo triste y la tercera avanza de puntillas; pero, entre tú y yo, sólo existen segundas criaturas.

 

Apoyándose en mi frente, el día conviene en que, de veras, hay mucho de exacto en el espacio; pero, si la dicha, que, al fin, tiene un tamaño, principia, ¡ay! por mi boca, ¿quién me preguntará por mi palabra?

 

Al sentido instantáneo de la eternidad corresponde este encuentro investido de hilo negro, pero a tu despedida temporal, tan sólo corresponde lo inmutable, tu criatura, el alma, mi palabra.

 


 

 

MI CONCIENCIA

 

 

¡Cuatro conciencias simultáneas enrédase en la mía! ¡Si viérais cómo ese movimiento apenas cabe ahora en mi conciencia! ¡Es aplastante! Dentro de una bóveda pueden muy bien adosarse, ya internas o ya externas segundas bóvedas, más nunca cuartas; mejor dicho, sí, mas siempre y, a lo sumo, cual segundas. No puedo concebirlo; es aplastante. Vosotros mismos a quienes inicio en la noción de estas cuatro conciencias simultáneas, enredadas en una sola, apenas os tenéis de pie ante mi cuadrúpedo intensivo. ¡Y yo, que le entrevisto (Estoy seguro)!

 


 

 

MI VIDA Y MI MUERTE

 

 

En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi muerte. Y después de todo, al cabo de la escalonada naturaleza y del gorrión en bloque, me duermo, mano a mano con mi sombra. Y, al descender del acto venerable y del otro gemido, me reposo pensando en la marcha impertérrita del tiempo. ¿Por qué la cuerda, entonces, si el aire es tan sencillo? César Vallejo, el acento con que amas, el verbo con que escribes, el vientecillo con que oyes, sólo saben de tí por tu garganta. César Vallejo, póstrate, por eso, con indistinto orgullo, con tálamo de ornamentales áspides y exagonales ecos. Restitúyete al corpóreo panal, a la beldad; aroma los florecidos corchos, cierra ambas grutas al sañudo antropoide; repara, en fin, tu antipático venado; tente pena. ¡Que no hay cosa más densa que el odio en voz pasiva, ni más mísera ubre que el amor! ¡Que ya no puedo andar, sino en dos harpas! ¡Que ya no me conoces, sino porque te sigo instrumental, prolíjamente! ¡Que ya no doy gusanos, sino breves! ¡Que ya te implico tanto, que medio que te afilas! ¡Que ya llevo unas tímidas legumbres y otras bravas!

 

Pues el afecto que quiébrase de noche en mis bronquios, lo atrajeron de días ocultos deanes y, si amanezco pálido, es por mi obra; y si anochezco rojo, por obrero. Ello explica, igualmente, estos cansancios míos y estos despojos, mis famosos tíos. Ello explica, en fin, esta lágrima que brindo por la dicha de los hombres.

 

¡César Vallejo, parece mentira que así tarden tus parientes, sabiendo que ando cautivo, sabiendo que yaces libre! ¡Vistosa y perra suerte! César Vallejo, ¡te odio con ternura!

 


 

 

NOMINA DE HUESOS

 

 

Se pedía a grandes voces:

– Que muestre las dos manos a la vez, Y ésto no fue posible.

– Que, mientras llora, le tomen la media de sus pasos. Y ésto no fue posible.

– Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero permanece inútil. Y ésto no fue posible.

– Que haga una locura. Y ésto no fue posible.

– Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una muchedumbre de hombres como él. Y ésto no fue posible.

– Que le comparen consigo mismo. Y esto no fue posible.

– Que le llamen, en fin, por su nombre. Y ésto no fue posible

 


 

 

UNA FAMILIA

 

 

Una mujer de senos apacibles, antes los que la lengua de la vaca resulta una glándula violenta. Un hombre de templanza, mandíbular de genio, apto para marchar de a dos con los goznes de los cofres. Un niño está al lado del hombre, llevando por el revés, el derecho animal de la pareja.

 

¡Oh la palabra del hombre, libre de adjetivos y de adverbios, que la mujer declina en su único caso de mujer, aún entre las mil voces de la Capilla Sixtina! ¡Oh la falda de ella, en el punto maternal donde pone el pequeño las manos y juega a los pliegues, haciendo a veces agrandar las pupilas de la madre, como en las sanciones de los confesionarios!

 

Yo tengo mucho gusto de ver así al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, con todos los emblemas e insignias de sus cargos.

 


 

 

VOY A HABLAR DE LA ESPERANZA

 

 

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamáse César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.

 

Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde esta aquello tan importante, que dejase de ser su causa? ¿Nada es su causa, nada ha podido dejar de ser su causa? ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si me hubieran cortado el cuello de raíz, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.

 

Miro el dolor hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre de mi tumba una brizna de yerba al menos. ¡Lo mismo el enamorado! ¡Qué sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!

 

Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia obscura, no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.