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FESTIVIDADES RELIGIOSAS

PUNTO DE CONVERGENCIA

Página del editor

 

 

 

 

 

 

Fiesta de la Virgen de la Candelaria

 

Puno

 

 

Puno, departamento peruano situado a orillas del Lago Titicaca, se convierte desde fines de enero, hasta los primeros días de febrero en la capital folclórica de América, integrando las culturas Aymara y Quechua y congregando a más de 200 bandas de músicos y danzantes para venerar a la Virgen de la Candelaria, a quien cariñosamente llaman: Mamacha Candelaria. "La única blanca que hace milagros a los indios", como escribiera en 1620, el cronista fray Antonio de Calancha.

 

La festividad es organizada por los mayordomos, quienes han sido nombrados el año anterior para dirigir los festejos; dentro de lo cual está, el arreglo del templo, sufragio de misas, preparación de banquetes y los emocionantes juegos pirotécnicos.

 

El día 2 de febrero, la imagen de la Virgen es conducida por las calles de la ciudad, en una mística y a la vez colorida procesión; con un fondo de conjuntos musicales y acrobáticos danzantes que bailan por toda la ciudad las más de 200 danzas que allí se practican; especialmente "La danza de los diablos o diablada", que trata de escenificar el supuesto sueño de unos mineros atrapados varios días en el interior de una mina, en el que vieron a un ejército de diablos guiándolos hacia el infierno, a través de un camino de fuego y que en su desesperación, se encomendaron a la Virgen de la Candelaria, quien los habría mantenido vivos hasta su rescate. Es una muy vistosa danza en la que sus participantes "Bailan como pájaros, como demonios y ángeles en el campo y ante el regocijo del Sol"; como lo describiera José María Arguedas.

 

Los danzantes hacen sus ofrendas a la tierra (Pachamama) tocando sus zampoñas, ataviados con disfraces muy vistosos y casi siempre enmascarados; pues es una festividad, relacionada con los ciclos agrarios de épocas prehispánicas de la siembra y la cosecha; igualmente con la actividad metalúrgica de la región y el culto al Lago Titicaca.

 

Finalizando el útimo día, las comparsas se dirigen lentamente hacia el cementerio, donde se rinde culto a los muertos.

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